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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Las FAR: ante los retos de una nueva realidad nacional

 

Roberto Veiga González, Espacio Laical Digital

 

I

 

Cuba vive un proceso de transformación de sus imaginarios sociales, económicos y políticos, que gradualmente modificará la institucionalidad en todos los ámbitos. Esa nueva estructura, pública y privada, de seguro estará signada por la pluralidad ideológica y política, por la multiplicidad de intereses y proyectos. Ello, como es lógico, demandará la concreción de mecanismos para que toda esa diversidad pueda expresarse de manera efectiva, sea capaz de compartir el país y lo construya mancomunadamente. Esto no será una tarea fácil, pues es significativa nuestra fragilidad cívica y política. Tal empeño exigirá una labor responsable e intensa, así como mucha comprensión y paciencia.

 

Desde hace tiempo el equipo de la revista Espacio Laical ha expresado que pueden facilitar este camino: las iglesias, en tanto poseen la misión de elevar la espiritualidad de la sociedad y promover la fraternidad entre sus miembros; los intelectuales, quienes tienen la tarea de ayudar al pueblo a soñar un país mejor; el Estado, si logra moverse de una posición de parte a una postura de moderador y garante de toda la diversidad; los países del mundo, en la medida que consigan una relación con la Isla encaminada a constituirse en amigos que nos acompañen a salir de la crisis y no en jueces que nos condenen; así como las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que -teniendo en cuenta nuestra cultura socio-política y la actual debilidad institucional y jurídica- ha de ser uno de los pilares fundamentales que garantice los cimientos del orden nacional.

 

II

 

En Cuba, como en muchos otros países, las fuerzas castrenses han tenido un peso significativo en el proceso de construcción de la nación, en tanto muchas veces han sido decisivas en las luchas por la independencia, por la libertad social y personal, por la búsqueda de un régimen justo. Podemos citar como ejemplos: el Ejército Libertador, durante nuestras tres guerras independentistas; el controvertido papel del Ejército Nacional durante la llamada Revolución del 30; y el Ejército Rebelde que derrocó al gobierno ilegitimo del general Fulgencio Batista y aseguró la instauración de un nuevo sistema socio-político que -sobre todo en sus inicios- disfrutó del apoyo entusiasta de la inmensa mayoría de la población.

 

En el nuevo momento histórico que ahora vivimos, pero sobre todo durante el desarrollo y cauce de los eventos socio-políticos que ocurrirán en el futuro inmediato, o mediato, al ejército le corresponderá nuevamente desempeñar un rol importante, sino decisivo. Y pienso que puede llegar a asumir ese quehacer, con éxito. Las FAR constituyen la institución más fuerte, cohesionada y profesional del actual sistema, no está directamente comprometida con vejaciones, goza del respeto de muchos ciudadanos, es nacionalista y se siente -según tengo entendido- muy comprometida con el desarrollo armónico de la nación.

 

III

 

Esto no implica que deba sustituir a la ciudadanía, a la sociedad, al Estado o al gobierno. Tampoco que ha de inmiscuirse en la protección de las relaciones entre personas, entre personas y grupos, entre grupos, o entre personas o grupos con el Estado. Esta tarea, y sólo cuando se altera el modo de relación civilizado y legal, le corresponde a las fuerzas policiales, ya sean dedicadas al orden o a la seguridad, según cada caso.

 

No obstante, las fuerzas armadas en cada país aseguran la estabilidad de los cimientos del conjunto de las relaciones sociales, que suelen estar formulados en la constitución política de toda nación. Dicha responsabilidad casi nunca implica acciones sistemáticas, concretas y directas; sino únicamente el conocimiento general de que el Ejército -con la fuerza de las armas- no se parcializa a favor de ninguna persona o grupo, se dispone a reconocer todos los principios políticos y sociales que por voluntad general se vayan asumiendo en la Ley Fundamental, y está dispuesto -en caso de que falle el resto de las instituciones dedicadas a preservar el orden- a garantizar la armonía necesaria para que no colapse la vida civil de la sociedad y se restablezcan cuanto antes las mencionadas entidades.

 

IV

 

Para consolidar dicha legitimidad y autoridad, y por tanto la posibilidad de realizar tan importante misión, las FAR deben procurar el afianzamiento de todo el espectro nacional. Sin renunciar a su compromiso con los sectores revolucionarios, ha de apoyar además la institucionalización de proyectos patrióticos que expresan los nuevos imaginarios de la nación, así como la vigorización de un proceso de reformas constitucionales capaz de lograr una síntesis donde pueda identificarse toda la diversidad nacional.

 

No es posible aportar a la estabilidad y al desarrollo de la nación de espaldas a su pluralidad, a sus nuevos anhelos, al país que la generalidad ansía construir. Quienes, desde diversas posiciones, sean capaces de discernir este nuevo abanico de deseos, serán los más aptos para conducir la nación. Y las FAR tienen la responsabilidad de apoyar esta demanda de la realidad nacional brindando la seguridad que otorga contar con el respaldo de quienes portan la fuerza de las armas.

 

V

 

Algunos dudan que las FAR puedan enfrentarse a este desafío, que exige determinada neutralidad política, pues hay oficiales que están muy vinculados a la dirección del Partido Comunista de Cuba (PCC) y a cargos importantes en el Estado y en el gobierno. Igualmente preocupa que la institución posea un amplio poder económico que puede crearle una madeja de intereses particulares y ofrecerle una influencia desmedida, muy por encima de la sociedad civil y de los poderes públicos.

 

Es cierto que los jefes más importantes de las FAR son miembros del Buró Político o del Comité Central del PCC, así como diputados a la Asamblea Nacional o miembros de su Consejo de Estado. Sin embargo, cuando actúan en estas entidades partidistas y estatales no lo hacen portando los intereses y los criterios de los mandos y de los soldados del Ejército. También es real que aumenta la cifra de oficiales que ocupan responsabilidades gubernamentales y administrativas. No obstante, la generalidad de ellos, al pasar a estas responsabilidades, se desmoviliza de la vida militar y deja de responder a los mandos castrenses; lo cual manifiesta la necesidad del nuevo primer mandatario de contar, en esos aparatos, con personas de confianza y de cierta experiencia.

 

Evidentemente, esto no constituye un escenario ideal para promover una democracia civil que controle la influencia y el poder de los militares. Por lo tanto, se hace necesario trabajar con la perspectiva de desarrollar funcionarios civiles que sean profesionales y efectivos, así como una clase política diversa y una sólida cultura ciudadana. Además, será imprescindible estudiar la mejor manera de relacionarse los militares con las fuerzas políticas y con las ramas del Estado.

 

Asimismo, se hace forzoso aceptar que el gran poder económico de las FAR puede atentar en contra del equilibrio entre el poder militar y los poderes públicos, entre el poder militar y la soberanía ciudadana. Sin embargo, también resulta imprescindible sostener que si la institución ha logrado cohesión e institucionalidad, profesionalidad y autonomía, ha sido en buena medida gracias a su sustentabilidad económica. Privarla de esta facultad, en nuestro futuro inmediato y mediato, sería colocar estas capacidades a merced de intereses particulares y hasta de prejuicios, que podrían despojarla de sus posibilidades para desempeñar el papel de garante último del orden en el imprescindible camino de reajuste nacional que estamos obligados a transitar.

 

Un Ejército sin poder económico y bajo el control total de los poderes civiles resulta un ideal que hemos de conseguir. No obstante, ahora el bienestar de la nación reclama que mantenga una relativa autonomía y cierta autosuficiencia económica, así como influjo social. Esto, como es lógico, puede resultar peligroso para el futuro de la nación. Sin embargo, hemos de asumir el riesgo y ayudar a las FAR para que utilice todo su poder en función de cumplir esta nueva encomienda de la patria.

 

VI

 

Es imposible desconocer este rol, que constituye un desafío para las FAR. Resulta insostenible preferir que dicha institución no juegue, o no pueda jugar, ese papel. Ello debilitaría la armonía de cualquier proceso gradual y efectivo de ajuste nacional que es, según parece, la metodología de cambios anhelada por la inmensa mayoría de la población residente en la Isla.

 

Ojalá todos los sujetos que mencioné en el primer acápite como posibles facilitadores puedan desempeñar esa labor, cada uno -por supuesto- desde su naturaleza institucional. Esto ayudaría a promover en Cuba un rico tejido económico, civil y político, muy diverso pero también fraterno, que realice los más altos ideales de libertad y de justicia.