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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La “transparencia” que propone el General

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

Mientras este domingo en Libia transcurrían horas definitivas de la dictadura de Gaddafi, el diario oficial Juventud Rebelde, en un artículo publicado en su página 7, afirmaba, citando un reporte de Telesur, que “el Gobierno libio desmintió la supuesta salida del país de Muammar al-Gaddafi”. Según este periódico, haciéndose eco del vocero de Gaddafi, Mussa Ibrahim, tales infundios eran parte de una “campaña mediática y guerra psicológica para sembrar pánico en la población”, por parte de la OTAN. El vocero añadió que la población libia respondía a dichas calumnias “con una carcajada porque no creen que el líder libio abandone el país”.

 

Apenas dos días antes (19 de agosto), la página 7 del Granma había asegurado, también citando a Telesur, que “Pese a los continuos bombardeos que han dejado más de 1200 civiles muertos, los libios reunidos en la Plaza Verde ratificaron su disposición a defender a la nación, mientras escuchaban una nueva alocución de audio del líder Muammar al-Gaddafi”. El jueves 18 el propio Granma había omitido referencia alguna a la situación en Libia, mientras el miércoles 17 un titular de su página 4 rezaba así: “OTAN admitió que conflicto en Libia ‘está lejos de acabar’”.

 

A lo largo de los últimos cinco meses la prensa oficial cubana ha respaldado las alucinantes exhortaciones de audio del sátrapa libio -ensoberbecido de arrogancia, como corresponde a un dictador, pero bien resguardado en algún ignoto refugio- llamando a su pueblo a inmolarse por la dictadura, y también nos ha presentado como creíbles sus palabras cuando aseguraba “Habrá un fin de estos, un fin de la oposición, un fin de la derrotada OTAN”. A juzgar por las “noticias” y por los analistas de prensa oficiales, el Gobierno libio contaba (cuenta) con la adhesión incondicional y masiva de su pueblo, y la derrota de los rebeldes y de la OTAN era solo cuestión de trámites. En todos los casos, las “informaciones” para los cubanos han estado tan sesgadas que se han ignorado deliberadamente los reportes de prensa de numerosas agencias extranjeras que han seguido paso a paso el conflicto de ese país del norte africano. La fuente “fidedigna” del periodismo oficial cubano ha sido siempre Telesur; lo cual no es casual, teniendo en cuenta la corriente de simpatía que fluye entre el dueño de dicha televisora, el aprendiz de totalitarismo Hugo Chávez, el déspota libio y el régimen cubano. Los semejantes se atraen.

 

Lo cierto es que, tanto los cables consultados con cierta regularidad en nuestras conexiones a Internet, como nuestro entrenamiento en interpretar la prensa oficial al revés, nos han estado diciendo que en Libia las cosas estaban ocurriendo de otra manera. Era evidente que los rebeldes (“mercenarios y traidores dirigidos por el autodenominado Consejo Nacional de Transición”, dicen despectivamente los medios de Castro), apoyados por la OTAN, estaban cerrando el cerco en torno a Gaddafi. Contrariamente a los falsos triunfalismos de los amigos de Gaddafi, era obvio que el régimen “socialista” libio tenía ya sus días contados.

 

Por eso, y porque durante este domingo 21 de agosto de 2011 he estado recibiendo varios mensajes en mi móvil confirmando entre otras informaciones la marcha de los rebeldes sobre Trípoli, la detención de los hijos de Gaddafi y de un grupo de sus más cercanos colaboradores y la rendición de sus guardias de seguridad, he sintonizado la emisión estelar del noticiero de televisión, esperando la confirmación oficial  de la inminente caída del régimen libio, y me he divertido de lo lindo ante los tartamudeantes y perplejos locutores que no parecían entender la naturaleza de las des-informaciones que les ordenaron leer. En un primer reporte, presentaron una alocución del hijo de Gaddafi declarando que “no levantaría bandera blanca”, en clara alusión a una negativa a rendirse (el mismo hijo que, se dice, fue capturado), y a renglón seguido se mostraron imágenes de multitudes alborotando en la Plaza Verde; la misma plaza en la que poco tiempo atrás, según Telesur y la prensa cubana, “se reunía masivamente el pueblo libio” jurando defender hasta la muerte el gobierno de Gaddafi.

 

La expresión de estupor de los infelices profesionales de los medios cubanos, mientras leían textos incoherentes y contradictorios sobre lo que estaba aconteciendo en Libia, eran la apoteosis del ridículo: “La OTAN es responsable de las muertes que se han producido en Libia. Los guardias de seguridad de Gaddafi se han rendido. Es confuso lo que está ocurriendo en la Plaza Verde. Angola y Zimbabwe han ofrecido asilo político al líder libio”, decían los locutores. En la pantalla, el regocijo popular desmentía la menor posibilidad de “confusión”; allí todo estaba muy claro: Gaddafi había sido derrotado y la gente estaba feliz por ello. Sin embargo, en ningún momento en la emisión del noticiero se reconoció la verdadera situación de Libia.

 

A la vez, por mi memoria circulaban muchas imágenes, viejas y nuevas, entre ellas la de un Gaddafi todavía joven, altanero y orgulloso, muchos años atrás, recibiendo la más alta distinción que otorga el gobierno de Cuba: la Orden José Martí, acaso premiando los muchos crímenes que cometiera contra su pueblo; y más recientemente, apenas en días recientes, la imagen del General-Presidente cubano, Raúl Castro, acogiendo con toda simpatía a un alto representante del Gobierno libio que nunca se nos dijo a qué había venido a Cuba. He recordado también la exhortación del propio General a desarrollar un nuevo periodismo, valiente, honesto y transparente, durante el VI Congreso del PCC, apenas cuatro meses atrás. Si la cobertura de lo que sucede en Libia es una muestra de lo que nuestro General reformista considera transparencia informativa, ya podemos intuir claramente cuánta fe debemos tener en la “renovación” de la prensa y, por transitiva, en la sinceridad de otras empresas mayores.