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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La salida humanitaria

 

Fernando Ravsberg, BBC Mundo

 

Cuesta creer que en Washington piensen seriamente que lograrán un perdón para Alan Gross con solo decir que si La Habana quiere “relaciones más cálidas con Estados Unidos” debería liberarlo. Es como si intentaran sembrar esperanzas utilizando la estrategia de la zanahoria invisible.

 

El último episodio de la serie lo protagoniza el exgobernador de Nuevo México, Bill Richardson, quien llegó afirmando que solo se iría de la isla después de hablar con Gross pero un par de días después volvió a la realidad y regresó a su país, lamentando haber sido tan amigo de Cuba.

 

Los medios de prensa titularon “Richardson regresa con las manos vacías” pero lo cierto es que al aterrizar en La Habana tampoco traía nada o, peor aún, habría hecho unas ofertas tan descabelladas que los diplomáticos occidentales no acaban de creerse que provengan de la Casa Blanca.

 

En las recepciones de las embajadas se dice que Bill ofreció reducir la ayuda a la disidencia de 20 a 10 millones de dólares anuales y entregar una parte a los minusválidos y otra a las organizaciones de defensa de la comunidad LGBT. ¿Querrán darle fondos a la hija del presidente?

 

También ofreció borrar a Cuba de la lista de países que favorecen el terrorismo, elaborada por EE.UU. La oferta no puede ser menos tentadora, a La Habana le importa bastante poco ese asunto porque Washington no puede castigarla más de lo que ya la castiga con el Embargo.

 

Además, según la prensa de Miami, pidió la libertad de Gross a cambio de autorizar la salida de territorio estadounidense de René González, el agente cubano que en octubre será excarcelado. El canje de un preso al que le quedan 15 días de cárcel por uno al que le esperan todavía 15 años.

 

Pero parece que esta propuesta no solo era idea de Richardson, apenas unas horas después de su regreso, la jueza Joan Lenard le negó a González la posibilidad de pasar en Cuba los 3 años de libertad supervisada, así que el “peligroso” agente cubano seguirá viviendo en EE.UU., ahora por orden de los tribunales.

 

Repiten una y otra vez que son casos diferentes, que los “5” son espías y Alan es otra cosa, algo distinto que nunca se define muy bien y siempre queda en la nebulosa, igual que su pasado, tal y como si la misión en Cuba hubiera sido el primer trabajo en la vida de este sesentón.

 

Me explica un diplomático occidental que es un caso humanitario y que la esposa del estadounidense le escribió una carta a Raúl Castro que “seguramente le ablandará el corazón porque él también es un hombre de familia y entenderá lo difícil que están pasando los Gross”.

 

La familia realiza dos vigilias en Nueva York y Washington frente a las representaciones diplomáticas de Cuba, algo que parece lógico aunque sorprende que no aprovechen el viaje para hacer otra en el Departamento de Estado porque, al fin y al cabo, fueron ellos quienes lo metieron en “la boca del lobo”.

 

Los medios de Miami vuelven a la carga remarcando que Alan Gross ha adelgazado, lo cual parece convertirse en una razón humanitaria de peso para liberarlo. Siguiendo semejante lógica habría que concluir que los presos que engordan no merecen la más mínima compasión.

 

Los agentes detenidos de uno y otro bando podrían recibir clemencia y volver a estar con sus familias pero difícilmente se logrará esto si Washington y La Habana no se sientan a la mesa de negociación con una reserva de ofertas serias y con la voluntad de ceder para poder ganar.

 

A lo mejor el cambio de roles les haría más realistas. Los cubanos podrían pensar en cuál sería su reacción si descubriesen en la isla una red compuesta por una veintena de espías estadounidenses y a una agente metida en el corazón del servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

 

Tampoco La Casa Blanca se quedaría de brazos cruzados si el FBI capturase a un cubano contrabandeando a EE.UU. medios de comunicación para grupos opositores, financiados con US$20 millones que el gobierno de Cuba les envía cada año para destruir el régimen capitalista de Obama y convertirlo al socialismo.

 

No se trata de definir si los agentes son culpables o no. De eso ya se encargaron los tribunales de Cuba y EE.UU. Sin embargo, estos hombres podrían regresar a sus hogares si ambos gobiernos utilizan las facultades que les otorga la ley para perdonar las ofensas cometidas.

 

La Habana acaba de mostrar ese poder al excarcelar a más de 100 presos políticos y Washington no solo canjeó recientemente a un grupo de espías rusos, además perdonó a Orlando Bosch, un anticastrista condenado por disparar a un barco mercante europeo y acusado de destruir un avión de pasajeros matando 70 personas.

 

Barack Obama y Raúl Castro tienen la oportunidad y la potestad para encontrar una salida humanitaria a estos casos y demostrarles a sus agentes presos que tienen la consideración de sus gobernantes, los mismos que un día les pidieron que se arriesgaran sus vidas en la retaguardia del “enemigo”.