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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La reconciliación entre cubanos: difícil pero necesaria

 

Uva de Aragón, Diario Las Américas

 

Durante sus últimos años, mi madre me pedía todos los meses que la ayudara a reconciliar su cuenta bancaria. Es decir, revisar créditos y débitos, y asegurarnos que el balance del estado de cuenta y su chequera coincidían. Si encontrábamos algún error en sus sumas y restas, ella con gran cuidado lo enmendaba. Si la discrepancia no era mucha y no hallábamos la falta, le aconsejaba ajustar el balance de su chequera. En resumen: juntas cuadrábamos sus cuentas. Ella me lo agradecía como si yo fuera tan sabia como Pitágoras.

 

La anécdota viene al caso porque en fechas recientes se ha hablado mucho de la reconciliación en Cuba. Para quienes la apoyan, no hacen falta explicaciones. Los que la combaten suelen utilizar tres argumentos principales: 1) que es una frase de moda, salida más bien del gobierno cubano; 2) que ellos nunca se reconciliarán con el gobierno cubano; y 3) que con el pueblo cubano no necesitan hacerlo, porque nunca han estado peleados con él.  Naturalmente que cada uno tiene derecho a pensar y actuar libremente, pero creo importante tener en cuenta lo que sea mejor para Cuba.

 

En primer lugar, lejos de ponerla de moda, el gobierno cubano no se siente muy a gusto con la palabra reconciliación; pero en todo caso, las palabras no son de nadie y no hay que permitir que se las roben a uno. Cuando hablo de mis “compañeros” de clase, el vocablo tiene una carga afectiva para mí que no se cancela porque haya sido usada y abusada en las primeras décadas del comunismo en Cuba.

 

Al abogar por la reconciliación nadie espera que cada cubano se reúna con Fidel y Raúl Castro ni con ningún alto dirigente, discutan sus diferencias y se abracen luego como si nada. Sin embargo, los cubanos del exilio, especialmente quienes como yo llevamos muchos años fuera de la Isla, tenemos en algún momento que asumir la historia de Cuba, de 1959 al presente, como parte de nuestra historia. Yo así lo he hecho, como igual tienen que hacerlo con respecto a la diáspora los que viven en Cuba.  Lo primero que hay que conciliar es la historia. Se está haciendo ya hace varios años con respecto al período de la República, tan maltratado en la Isla anteriormente, y que se ha ido rescatando y analizando con visiones alternativas. Tardará quizás otro medio siglo para que los historiadores puedan hacer un balance objetivo de los anales cubanos a partir de la Revolución de enero, pero al menos debemos aceptar ya de ambos lados el derecho a que existan narrativas diversas.

 

Como el Estado ha controlado tantos aspectos de la vida en Cuba, hay muchos renglones en los que es posible y necesario revisar las cuentas. Y no me refiero solo, entre el Estado cubano y la diáspora, sino también entre el Estado y los ciudadanos en la Isla. Esto incluye, entre muchísimas otras cosas, el reintegrar al patrimonio cultural figuras y obras antes (y todavía) vedadas, sin esperar necesariamente a que mueran. (Por mi parte, trato de ponerme al día, aunque no pueda del todo, sobre lo mucho que se ha creado en Cuba en estas décadas en literatura, artes plásticas, etc.)  No basta con que se publique en Cuba un libro de cierto autor del exilio; es necesario que se incluyan todos en diccionarios, enciclopedias, libros de textos, cursos universitarios. (Insisto en los temas literarios porque es mi campo, pero también porque creo que la literatura revela mucho de la historia y la identidad de los pueblos.) Comprendo que no puede hacerse todo de un día para otro. Tanto es así que precisamente en estas fechas se han publicado en “El País” varios artículos sobre los escritores exiliados españoles, como parte de un esfuerzo aún vigente en España de recuperar la memoria histórica. Ver http://cultura.elpais.com/cultura/2012/06/06/actualidad/) La integración de una cultura cubana escindida es un ejemplo de muchos otros posibles, que se resumen en una verdad de Pero Grullo: todos somos cubanos y nadie puede robarle al otro su porción ineludible de Patria.

 

El temario para un seminario de resolución de conflictos sería largo, y tendría que incluir sin duda la violencia empleada principalmente por el Estado, aunque también por la Oposición.  Sería el asunto más difícil. Observo, sin embargo, que muchas de las víctimas que más han sufrido –como presos políticos y las Damas de Blanco– son las más prestas a abogar por un futuro de paz, quizás porque el dolor enaltece, y me atrevo a pensar porque no desean que otros pasen el mismo calvario de ellos. Aspiran—como lo hago yo– a una Cuba mejor para todos, donde los únicos desterrados sean la intransigencia y la violencia.

 

Cuando hablamos del gobierno cubano no se trata de algo abstracto, sino de personas de carne y hueso, con padres y madres que envejecen y mueren, amores y desamores, hijos y nietos, ilusiones y desilusiones, errores y aciertos. Quizás como reza el título de un lúcido ensayo de Guillermo de Zéndegui, “todos somos culpables” de la victoria de la Revolución, pero el grado de responsabilidad de lo acontecido después en ambas orillas no puede repartirse parejo. Por muchos años, absolutamente todos los cubanos estaban obligados a trabajar para el Estado. ¿No era entonces cada cubano parte del gobierno? ¿Los hace ello cómplices del gobierno? Muchos se fueron en algún momento y son hoy en día parte de la diáspora. En la actualidad a menudo se recibe con aplausos a los cubanos — incluso los que han ocupado altos cargos– una vez que dejan el País y hacen un Mea Culpa, como si las aguas del Golfo les lavaran todos los pecados. ¿Por qué es mejor el que llega y proclama haberse equivocado que el que se queda por razones tan disímiles como cuidar a una madre enferma, no conseguir permiso de salida, no cometer la temeridad de montarse en una balsa o, sencillamente, por querer vivir y morir en su País a pesar de las dificultades? Tampoco todos los cubanos del  exilio han estado de acuerdo con políticas de violencia u odio hacia los de la Isla. No debe juzgarse a ningún cubano por su lugar de residencia. La realidad es mucho más compleja que dividir a los seres humanos en buenos y malos.

 

Tampoco me parece válido el argumento de que no es necesario reconciliarse entre cubanos. Para empezar, por más de cincuenta años hemos vivido realidades muy distintas, a veces encontradas. Creo que como hacíamos mi madre y yo para balancear las cuentas del banco, hay que sentarse juntos con mucho amor a Cuba para repasar las diferencias. De ello hablaremos más en el próximo artículo.