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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

¿La política como continuidad de la guerra?

 

Juan Antonio Blanco, en Infolatam

 

Es de amplia aceptación el axioma de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero quizás estemos próximos a descubrir que la política puede ser la prolongación de la guerra por otros medios.

 

El anuncio conjunto hecho por los presidentes de Cuba, Raúl Castro,  y Estados Unidos, Barack Obama, el pasado 17 de diciembre desató todo tipo de expectativas en los más variados actores. La paz está finalmente al alcance de la mano después de medio siglo, era el tema recurrente de los principales medios de comunicación en aquellos días. La alegría y el optimismo se expandieron como una contagiosa y bienvenida epidemia. Era lógico que así fuese. Y se hacía necesario que el polvo se asentara antes que precipitar juicios sobre lo que se avecinaba.

 

En particular en los sectores más liberales de Estados Unidos el hecho trajo un desbordado optimismo. ¿No era acaso racional esperar que Raúl Castro -con un aliado venezolano próximo a la bancarrota- abrazara “inevitablemente” esta oportunidad histórica para restablecer relaciones diplomáticas con su vecino del Norte, y usara los recursos derivados de la flexibilización del embargo para iniciar reformas de mayor calado que las adoptadas hasta ahora? ¿No constituiría esta política la mejor manera de abortar el resurgimiento de nuevas alianzas cubanas con regímenes antiestadounidenses como Rusia y Corea del Norte?

 

¿No es abrir mercados el mejor modo de propiciar que la isla se acerque a la democracia? ¿No se haría ahora “inevitable” que La Habana contribuyese a moderar el rumbo de Caracas? ¿No servirían también las concesiones unilaterales de Washington para transformar la VII Cumbre de las Américas de coro antiestadounidense en un reconocimiento regional al Presidente Obama? ¿No era todo eso de una racionalidad y lógica impecables?

 

El anuncio conjunto hecho por los presidentes de Cuba, Raul Castro, y Estados Unidos, Barack Obama, el pasado 17 de diciembre desató todo tipo de expectativas en los más variados actores.

 

La mayor parte de la población cubana recibió con enorme alegría la noticia porque supuso que un hasta entonces inesperado tsunami de turistas, comercio e inversiones gringas mejorarían los negocios de unos pocos, pero también la agobiada existencia cotidiana de muchos otros. Hasta un sector del exilio cubano avizoró con entusiasmo que ¡al fin! se abría espacio a una nueva estrategia para alcanzar el cambio democrático en la isla.

 

Estaban ya hartos de esperar la defunción de los hermanos Castro. Los venezolanos festejaron porque dieron por sentado que Raúl Castro -que obviamente no había mantenido a Maduro al tanto de sus conversaciones con Washington- estaría a punto de lanzarlo por la borda para normalizar sus relaciones con el poderoso enemigo de más de cinco décadas.

 

Pero los momentos de felicidad suelen durar poco en política. Pronto se disipan como ilusiones sin fundamento o los viejos retos son remplazados por otros nuevos y no menos inquietantes. A apenas dos semanas de celebrarse la VII Cumbre de las Américas se reinstala la incertidumbre sobre la atmósfera que prevalecerá en Panamá. Y no solo se trata de si los diplomáticos de Obama lograrán su propósito de llegar a ese evento con las relaciones diplomáticas restablecidas con Cuba, lo cual a menudo parece ser más la expresión de una neurosis que de una estrategia. Ahora se trata de si la evolución de la situación venezolana –de la que el deterioro de las relaciones con Washington es apenas un aspecto- no emponzoñará aquel cónclave de forma irremediable.

 

¿Qué ha sucedido aquí? Al parecer ciertos presupuestos claves eran falsos. Veamos.

 

En primer lugar, la forma de entender y ejercer la racionalidad en La Habana no es la misma que en Washington. En la isla no hay ninguna prioridad que se sitúe por encima de la voluntad de mantener el ejercicio eterno y transferible de un poder omnímodo. Todo ministro sabe que la clave para retener su cargo no es fomentar “bienestar”, sino ejercer “control”. Los cambios que allí han tenido lugar no son los deseados sino los imprescindibles para ganar tiempo “arriba” mientras se lo hacen perder a los de “abajo”.

 

Por eso los Castro tienen gran interés en obtener concesiones que les generen acceso a recursos financieros (salir de la lista de gobiernos que apoyan el terrorismo, turismo masivo, comercio e inversiones directas en el sector estatal), pero no agradecen las dirigidas a favorecer el sector no estatal de la economía (únicas posibles mientras exista el embargo). Por lo tanto -razona la elite de poder-, si los cubanos tienen la expectativa de que ahora se les va a permitir desarrollar negocios no estatales que puedan beneficiarse de las nuevas medidas de Obama, hay que bajarles las expectativas. Bajo el sistema actual no se puede permitir el desarrollo de potenciales nuevos actores con poder económico autónomo porque, supuestamente, peligraría el poder de la elite.

 

En segundo lugar, la esencia del problema de la isla es interna, cubana. Se expresa en el conflicto entre el modelo de país al que aspira la población -moderno, tecnológicamente avanzado, próspero, con libertades y derechos humanos, políticamente pluralista y socialmente inclusivo- y el que impone el régimen de gobernabilidad actual. Por propia confesión, los gobernantes no aspiran -por ahora- a otra cosa que no sea “actualizar” el modelo totalitario todavía vigente. El conflicto bilateral con Estados Unidos agrega dificultades indeseadas a ese pulso entre las aspiraciones populares y las de la elite de poder, pero su solución tampoco va a suponer necesariamente alcanzar el país al que la nación aspira y merece.

 

En tercer lugar, el modelo cubano ha logrado controlar o influir de forma considerable en la proyección de otros gobiernos de la región neutralizando o cooptando a líderes claves dentro de sus elites políticas y militares. De ese grupo el más obediente es sin duda el de Venezuela.

 

Los cubanos -que controlan puertos, sistemas de identidad, servicios de inteligencia, mandos militares, y políticas sociales claves para legitimar al gobierno, como las llamadas Misiones- son corresponsables directos de lo que allí ocurre. Ellos son consultados puntualmente por Maduro y sus colaboradores antes de dar cualquier paso de alguna importancia en aquel país. Raúl Castro puede darse el lujo de no consultar al presidente de Venezuela sobre sus negociaciones con Obama porque esa es la naturaleza asimétrica de esas relaciones. Caracas depende hoy más de La Habana que a la inversa.

 

Esto no ocurrió de forma casual ni abrupta. Es recomendable leer el libro El delfín de Fidel escrito por el general venezolano Carlos Peñaloza para entenderlo. Pero precisamente es ese indiscutido control sobre las palancas esenciales del poder en Venezuela lo que hace imposible imaginar que el gobierno cubano sea ajeno, o ignore, la colaboración de Caracas con terroristas, narcotraficantes y mafias internacionales para asuntos de naturaleza criminal los que antes se ocupaba en Cuba el Departamento MC dirigido por el Coronel Tony de la Guardia. Algunas de esas actividades se encuentran entre las ocho categorías contempladas por el “National Security Threat List” (NSTL) de Estados Unidos investigadas por el FBI. Para iniciar una programa de sanciones en Estados Unidos, sean individuales o contra un gobierno, es legalmente indispensable declarar que sus actividades constituyen una amenaza a la seguridad nacional aunque ello represente un regalo a la propaganda de guerra de Caracas y La Habana.

 

Uno de los servicios más preciados que el régimen cubano ha obtenido del mantenimiento del régimen de Caracas es la externalización de riesgos y costos por actividades criminales encubiertas, mientras puede, eventualmente, beneficiarse de sus resultados. La isla, que ha exportado a aquel país no solo sus médicos sino también tecnologías de represión y control, ha practicado también una suerte de “outsourcing” de operaciones sucias que antes tenían lugar en su territorio. 

 

Por todo lo antes dicho, La Habana reconoce hoy en Venezuela la pieza central para su supervivencia. A otros aliados se les puede incluso impulsar a hacer concesiones con tal de salvar a Caracas (como se ha hecho en el caso de las FARC para apaciguar, con las conversaciones de paz en La Habana, la peligrosa tensión entre Colombia y Venezuela). Allí sus aliados locales, ejercen la misma perspectiva que en Cuba. Lo esencial para quienes hoy rigen Venezuela es expandir y preservar su poder y control total, lo que supone la anulación de todo espacio ciudadano autónomo incluyendo los requeridos para el ejercicio de las libertades de pensamiento y expresión.

 

Imaginar que Raúl Castro, en sus actuales negociaciones con Washington, vaya a cambiar su pájaro venezolano en mano por otro americano volando (porque todavía no le ha levantado el embargo) es una fantasía. Es por ello que a los dos gobiernos les urge bajarles las expectativas a cubanos y venezolanos. Si  resulta difícil a La Habana inflar la “inminente agresión” del Tío Sam para continuar la vieja estrategia de culpar a otros de sus fracasos, -sobre todo si llegan a restablecerse las relaciones diplomáticas-, se le infla en Caracas y se declara que “el pueblo cubano” hace suya esa nueva confrontación. Ya ha comenzado una ofensiva de propaganda dirigida a crear la percepción de que las sanciones individuales contra funcionarios venezolanos son solo la antesala de una “invasión gringa”.

 

¿Qué puede entonces esperar el gobierno de Obama?

 

Como era fácil de adivinar, aquellos gobiernos de la región en que se han destapado grandes escándalos de corrupción, lavado de dinero y violaciones de derechos humanos se pronunciaron, con altisonante retorica nacionalista, en defensa de Maduro. Mal precedente ese de que le congelen a un delincuente sus fondos mal habidos y ya no pueda ir con su familia a los parques de Disney en Orlando. Si las barbas del vecino arden es bueno poner las propias en remojo. “¡No pasaran!” fue, más que el mensaje, la actitud de UNASUR y el ALBA.

 

Si Obama pensaba aterrizar en Panamá para recibir el agradecimiento de los gobiernos latinoamericanos por restablecer relaciones con Cuba (si es que finalmente se materializan para esas fechas) fue mal asesorado. Más ilusoria aun era la esperanza de que, restablecidas las relaciones con Cuba, la región en pleno pasaría a apoyar a Estados Unidos en su reclamo de cambios democráticos en la isla. En la VII Cumbre de las Américas, después del obligado saludo por su gesto unilateral hacia La Habana, lo más probable es que muchos, si no todos, le reclamen más concesiones (ya solicitadas por Raúl Castro) y al mismo tiempo lo acusen de albergar planes subversivos contra Venezuela.

 

Por ahora sigue siendo factible el restablecimiento de relaciones diplomáticas de Estados Unidos con Cuba. Ambas partes tienen que dar solución a algunas cuestiones técnicas y otras más delicadas para lograrlo, pero si realmente se empeñan en hacerlo no es imposible alcanzar ese propósito para anunciar el resultado en la VII Cumbre de Panamá. Sin embargo, la plena normalización entre ambos países no asoma siquiera en el horizonte.

 

Si bien Chuck Hagel y John Kerry declararon en su momento que la política exterior de Estados Unidos estaba transitando de un modelo de dominación hacia otro de liderazgo hegemónico, ni La Habana ni Caracas tomaron nota de ello ni han dado señal alguna de que se dispongan a cambiar su propia mentalidad y modelo. Más bien parece que, por ahora, la política será la continuidad de la guerra por otros medios.