Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La medicina cubana y una doctora ofendida

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

A raíz de la publicación del post “La vitrina rota” en este blog, en el que señalaba varias críticas al sistema de salud cubano y a la pérdida de ética profesional por parte de no pocos galenos, un lector tuvo la gentileza de hacerme llegar la carta de una doctora, de apellidos Alemán Matías, que circuló en la web, no a propósito de mi post, sino en respuesta a una nota que fuera publicada algún tiempo atrás en la sección Cartas a la Dirección, un espacio ya habitual cada viernes en el periódico Granma. No obstante, como de alguna manera el tema se relaciona y tengo criterios opuestos a los que esgrime la mencionada doctora, hoy propongo a mis lectores un comentario sobre dicha carta, que transcribo de manera íntegra a continuación, y cuya redacción, ortografía y estilo he respetado sin alterarlos en lo más mínimo. No cito la web de origen porque estoy transcribiendo directamente desde el mensaje de mi lector. Insisto a los lectores, para evitar malos entendidos, que tengan presente que la Dra. Alemán hace referencia a una carta publicada en el Granma y no a mi post del pasado lunes 6 de febrero:

 

¡¿Y la paciencia de los médicos?!

 

El viernes 4 de noviembre de 2011 se publicó otra carta de las muchas que ya se han hecho costumbre publicar, criticando constantemente al personal médico que todavía tiene la dignidad de trabajar en el Sistema Nacional de Salud. La carta en este caso se titula “Paciencia de los pacientes”, no habla de las miles de dificultades a las que se enfrentan diariamente los trabajadores de la salud, sino que critica superficialmente y como se ha hecho tradición, de una manera no constructiva. En otras palabras, el médico no tiene derecho a hablar, en medio de todas sus dificultades tiene que permanecer estoico, y no poder comentarle a su compañero de al lado del desayuno que no pudo ingerir esa mañana porque si no se le iba la guagua y no llegaría temprano a atender a ese paciente que después se siente con todo el derecho de criticarlo, y así un sinnúmero de ejemplos de los que podríamos hablar los médicos y que no cabrían en todas las hojas de un periódico. Ese médico si tiene que tener toda la paciencia de sentarse a esperar una guagua, de llegar a la escuela de su hijo y que le digan que no tiene maestra o que no tiene almuerzo, de llegar a comprar el detergente del mes en CUC, moneda en la cual no cobra su salario, y esperar a que la o el dependiente termine de chismear con el de al lado para que se digne a despacharle lo único que iba a comprar.

 

Paciencia de que vengan a recoger los latones de basura, desbordándose frente a su casa y en cada esquina, los trabajadores de comunales, que de seguro si tienen derecho y tiempo de tener conversaciones amenas para que se les olvide tener limpia de vertederos la ciudad.

 

Hablo como médico, porque si se lo que es que llegue las diez de la mañana en un salón de operación sin haber podido ni desayunar y tener que decirle a tu compañero de al lado ¡que hambre tengo! Y saber que no existe la merienda y que el almuerzo va a llegar a las 2:00 pm y a esa hora es que se va a poder almorzar aunque sea un bocado de lo que le dan a los médicos y demás trabajadores de este sector. Sin embargo ese galeno sigue ahí en pie, brindándole las mejor de las atenciones a ese paciente que se está operando y que después tiene “todo el derecho de criticar a todos los médicos” que aunque conversando, le brindaron una atención medica de calidad, la cual seguimos teniendo todos los médicos cubanos, y de la que debería sentirse orgulloso todo el pueblo de Cuba, que sin embargo nos sigue juzgando sin tener ni la más mínima noción de las condiciones infrahumanas en que trabajamos y que tanto aportamos a la sociedad.

 

Y termino con la misma pregunta ¿Debemos acostumbrarnos a esto?

 

Dra. A. Alemán Matías

Especialista de 1er grado de Anestesiología y Reanimación.

 

Hasta aquí la misiva-catarsis de la doctora. Ahora bien, desde mi perspectiva personal salta a la vista que el mal es más profundo que lo que muchos creíamos. Para empezar, diríase que la Dra. Alemán entiende que los médicos son alguna especie de casta particular que debe colocarse por encima del resto de la humanidad. Es decir, la inmensa mayoría de los cubanos de cualquier profesión, ocupación y oficio pasan por idénticas privaciones materiales y problemas, tienen que esperar el ómnibus por largas horas, con frecuencia no tienen qué desayunar, cobran en moneda nacional y necesitan productos que se venden solo en divisas y, para más remate, se enferman. Ahí estriba nuestra mayor desventaja.

 

Creo que cada paciente está en su justo derecho de exigir el mejor trato y la mejor atención de los médicos, con independencia de que éstos hayan ingerido o no alimentos, sobre todo porque los pacientes no son responsables de las privaciones materiales y los problemas personales de los galenos. La salud es el más preciado de los tesoros, lo que explica la preocupación y angustia de los pacientes cuando se ven obligados a acudir a consultas de las que salen muchas veces sin un diagnóstico, en hospitales donde con frecuencia no existe el equipamiento necesario para realizar exámenes complementarios o no hay reactivos para los análisis de laboratorio. Hemos vivido las experiencias de acudir a laboratorios donde, además, “no tienen” agujas endovenosas, las que aparecen rápidamente en cuanto abrimos la billetera. Es una realidad irrefutable que se constata con una regularidad que se ya ha hecho tradición. Ni qué decir de la escasez de medicamentos.

 

Si el estado del paciente exige hospitalización, entonces la preocupación de éste y sus familiares aumenta exponencialmente. Debe ingresar casi siempre utilizando sus propios recursos, su ropa de cama y sus efectos personales en cada detalle, generalmente debe llevar sus medicamentos de casa y los familiares deberán garantizarle la alimentación para evitar consumir los despojos gastronómicos que son las comidas de hospitales. Las condiciones de las salas de ingresos y los baños sanitarios son otro capítulo de horror: escasez de agua, tupiciones, cucarachas, suciedad, son una constante en la mayoría de los hospitales. Y me refiero solo a los hospitales de la capital, con dos o tres honrosas y raras excepciones. Insto a la Dra. Alemán a que desmienta algo de lo que aquí planteo.

 

Otra de las características del sistema de salud cubano es la impunidad absoluta de los médicos con respecto a los pacientes. Los cubanos no tenemos la menor posibilidad de impugnar un diagnóstico o demandar a médicos y hospitales por malos manejos o por errores fatales. Los ejemplos abundan demasiado para silenciarlos. Hace unos dos años una prima mía falleció en el Hospital Naval, en el Este de La Habana. Tenía sin saberlo un embarazo ectópico y ante el fuerte dolor abdominal que se le presentó súbitamente fue llevada de urgencia al quirófano. De allí, poco después, salió muerta. Tenía 40 años, era una mujer saludable y bella, madre de dos hijos y en cuestión de pocas horas había fallecido. Si fue a consecuencia de los efectos de la anestesia, si ésta estaba vencida o si se presentó alguna otra complicación, nunca se supo. Ella, Ana Margarita Celaya, fue cremada, una familia quedó desolada, pero sus médicos de aquella desventurada intervención quirúrgica siguen ejerciendo sin más. A lo mejor lo que ocurrió ese día, a juzgar por lo que dice la Dra. Alemán, es que no habían desayunado, vaya usted a saber.

 

Mi padre fue diagnosticado de un tumor cerebral por metástasis solo cinco días antes de morir, aunque estuvimos más de seis meses frecuentando consultas y especialistas de diversas ramas de la medicina. El tomógrafo no pudo detectar su mal y solo la resonancia magnética, que logramos “resolver” mi hermano mayor y yo a través de unas amistades, descubrió demasiado tarde la inminencia de su muerte. Hasta ese momento estuvimos deambulando por hospitales, tratando de desentrañar qué raro mal hacía que mi padre perdiese el equilibrio, estuviese tan confundido, olvidara hasta mi número de teléfono, se tornara más y más melancólico, tuviera trastornos del sueño y perdiera el control de sus piernas y hasta del habla. Los médicos decían que era “estrés”, que tenía “ansiedad” y le recetaban un psicofármaco tras otro durante meses. Quizás saber a tiempo qué estaba padeciendo realmente no hubiese cambiado el desenlace, pero al menos hubiese tenido una mayor calidad de vida en sus últimos meses. Nunca perdonaré al sistema de salud -al sistema político, fuente de tantos males- la terrible agonía de mi padre.

 

A mí, personalmente, el 28 de enero pasado me diagnosticaron en el hospital Calixto García una infección renal que nunca tuve. No me hicieron análisis de ningún tipo y me indicaron antibióticos vía oral. Yo, que tenía vómitos, casi me deshidrato. Por supuesto, la culpa fue mía por acudir a una consulta sin “padrinos”, conociendo como conozco lo que es el sistema.

 

La Dra. Alemán debería convencer a Yoani Sánchez de la ética de la doctora que atendió a esta última tras aquella golpiza que le propinaran en un auto cerrado varios esbirros de la policía política. Yo vi las huellas de los golpes y asistí a la dolorosa convalecencia de mi amiga. La doctora, que en un principio reconoció las marcas de golpes y contusiones en el cuerpo de Yoani, se retractó poco después ante la presión de los agentes de los cuerpos represivos. Todo un monumento a la ética médica cubana, diría yo.

 

Si fuese a reseñar aquí todas las anécdotas personales y de mis amigos y conocidos en sus respectivas experiencias como pacientes cubanos de a pie, no me alcanzarían el blog ni la vida entera. Por eso no puedo aceptar que una doctora se sienta particularmente ofendida por las críticas que recibe la salud pública cubana y algunos médicos. Es muy audaz de su parte hablar en nombre de todos los galenos cuando expresa que a los pacientes se les brinda “una atención medica de calidad, la cual seguimos teniendo todos los médicos cubanos”. No es cierto. Me consta que todavía quedan médicos con un excelente trato hacia sus pacientes y con un celo profesional que es cada vez más deficitario en el medio, pero distan mucho de ser “todos”. Recientemente supe de un médico de Centro Habana que ni siquiera toma la presión a las embarazadas en consulta “porque tiene que atender a muchas” y a fin de cuentas hasta le retiraron el estímulo mensual de 25 CUC que cobraba por haber cumplido una “misión” internacionalista. Si eso es ética prefiero reventar enferma en mi propia cama antes de acudir a un doctorcito semejante.

 

Por demás, sugiero a la Dra. Alemán que enfoque su indignación correctamente. Lo más indicado sería que exigiera a sus superiores por las malas condiciones de trabajo, por el bajo salario y por lo pésimo de su alimentación durante la jornada laboral. Que proteste y que se indigne hacia arriba, no hacia abajo. Los pacientes no tienen por qué resolverle sus problemas ni mucho menos sufrir las consecuencias. En todo caso, todos los médicos que alguna vez decidieron estudiar tan humana carrera e hicieron su juramento hipocrático, conocen cuáles son las condiciones cubanas. A ninguno parece disgustarle mucho ir a sacrificarse en Haití o en la más recóndita aldea de cualquier oscuro país, en medio de la podredumbre y las enfermedades y a riesgo de perder la propia salud, a fin de adquirir equipos electrodomésticos, otras pacotillas y un poco más de dinero. No estoy muy convencida de que lo hagan a golpe de puro altruismo, con perdón. Cuando un médico es movilizado para algún remoto destino fuera de Cuba no dice: “No, no debo abandonar a los pacientes de mi consultorio”. En cambio, si lo envían a un perdido pueblecito de Las Tunas o de la Sierra Maestra, pone el grito en el cielo. Y es que en Cuba los valores espirituales se han deteriorado casi irreparablemente frente a las miserias materiales de la vida.

 

No, los cubanos no tenemos en realidad muchos motivos para sentir el orgullo que nos pide la doctora. Muchísimo menos, agradecimiento. En lugar de eso nos sentimos indefensos, vejados y muchas veces humillados. Nos sentimos impotentes porque no tenemos otro remedio que ir a solicitar servicios médicos de dudosa calidad. Asistir a un consultorio al azar en Cuba se ha convertido actualmente en una especie de ruleta rusa: solo si tienes suerte te salvas. Yo no juego.