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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La Historia es un cilindro

 

José Hugo Fernández

 

LA HABANA, Cuba, diciembre, www.cubanet.org -No han sido inútiles los ríos de tinta que se echaron a correr en busca de explicaciones idóneas sobre el desmoronamiento de una potencia como la URSS. Sin embargo, Albert Camus lo había explicado antes de que ocurriera, con una simple frase: “Quien fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo”.

 

Esta sentencia del eminente escritor francés podría ser también una respuesta para los que hoy creen en la viabilidad del proyecto (dicen que) reformista que trata de llevar adelante el régimen cubano. Y aún más en este caso, pues nuestros perfeccionadores del socialismo ni siquiera se han propuesto en serio conciliar la justicia y la libertad. Se limitan a la exhibición de un remedo de justicia social que les permita seguir coartando a su antojo la libertad de la gente.

 

Cuando los analistas del futuro se sumerjan con el debido distanciamiento en la historia de la revolución cubana, tal vez evalúen en su exacta magnitud el drama que tanto hemos sufrido aquí, por más que todavía hoy sea sublimado por la progresía internacional y por los frívolos medios de información. A saber que nunca, desde los primeros días de su ascenso al poder, esta revolución fue liberadora. Por lo cual es plausible concluir que nunca fue verdaderamente revolucionaria.

 

Tanto Fidel Castro, ayer, como hoy los bolivarianos de Venezuela o Ecuador, entre otros, o como siempre las rancias izquierdas de Europa y Norteamérica, han sido menospreciadores al valorar a las masas populares. Seguros de su presunta incapacidad general para la autosuficiencia y para el ejercicio de la real democracia, se consideran elegidos providenciales para guiarlas con fuetes de acero en las puntas (como diría Hitler), decidiendo en su lugar lo que entienden que más les conviene, que es invariablemente lo que les conviene a ellos.

 

Se trata de un presupuesto profundamente reaccionario, violador del más elemental principio de la justicia natural: no impongas a los otros lo que no quieres para ti. Y es justo así como Fidel Castro, esgrimiendo el sonsonete de conquistar (y luego preservar) la justicia social para el pueblo cubano, partió de la violación de sus propios postulados, convertido en el primer contrarrevolucionario en la historia de su revolución, y hasta un punto en que muy pronto, ya en los tempranos años 60, se cumplía en Cuba aquel irónico apotegma de Francisco Quevedo: “Donde hay poca justicia es un peligro tener la razón”.

 

Por eso, sin ir más lejos, resulta tan históricamente desatinado –y también tan falso- argumentar que el descalabro de lo que aún llaman la revolución cubana se debe en rigor a la caída del campo socialista europeo. Uno y el otro eran proyectos estructurados sobre soportes huecos. De manera que tenían, al nacer, su hora ya marcada. La historia es como esas máquinas apisonadoras que aquí llamamos cilindros. Y temprano o tarde, termina aplastando con sus ruedas todo aquello que no asiente e intenta adulterar sus fundamentos primordiales.

 

Sin libertad no hay justicia social

 

La enrarecida atmósfera (política, social, económica…) que reina en Cuba en estos finales del año 2012, no es sino una mera consecuencia histórica. Se equivocan por igual quienes ven progreso en las reformas timbiricheras del régimen y quienes temen un rápido retorno al capitalismo, atrincherados en la máxima guevarista de condenar, en lo más hondo, cualquier injusticia contra cualquiera.

 

En primer lugar, la injusticia estuvo desde siempre en las simientes de la revolución, y fue siempre dirigida contra cualquiera, porque sin libertad para el individuo, no hay justicia social que valga. Y porque, como previniera Ralph Waldo Emerson, “Una injusticia hecha en perjuicio de uno solo es una advertida amenaza contra todos”. También porque sencillamente es imposible que un gobierno sea justo si pretende dirigir a todo un país como si fuese un cuartel.

 

En cuanto al rumbo que indican las pretendidas reformas de estos días, más que ser -como ahora dicen algunos melindrosos- un giro hacia el capitalismo salvaje, es una derivación natural, así que lógica, del curso histórico de la revolución.

 

No hubo en nuestra historia (después de la etapa colonial) otro sistema tan salvaje como este que a lo largo de más de medio siglo nos ha impuesto el veto al pluralismo político y a los consensos sociales, junto al más feroz irrespeto ante los derechos del individuo. Si de salvajismo se trata, difícilmente hallaremos en el mundo contemporáneo otro sistema que haya establecido, como fría estrategia política, el odio y la separación entre familias, o que aún después de haber llevado el país a la ruina total, continúe aferrado a su monopolio, prolongando la agonía ciudadana a golpe de pura y dura corrupción administrativa.

 

El automatismo ideológico que en tanto tiempo de adoctrinamiento nos vició la sangre, tanto a los partidarios y cómplices del régimen como a la mayoría de sus disidentes, nos inclina en ocasiones a ver mediante el propio prisma manipulador del poder. A veces ocurre sin que lo deseemos, ni lo hagamos consciente. Un ejemplo se da cuando nos angustiarnos profetizando el rumbo hacia el capitalismo salvaje que espera a los cubanos al final de las reformas raulistas.

 

El capitalismo puede ser malo o bueno, depende del lugar y las circunstancias, aunque también del modo en cada cual lo vea y en cómo le vaya a cada cual. Está Guatemala, está Suiza, y están los politólogos para rizarnos el rizo con nombres genéricos. También está el apellido “salvaje”, que utilizan sólo para algunas manifestaciones (realmente salvajes) del capitalismo, porque sería una redundancia agregarlo a sistemas como el de Irán o el de China, o al involucionista caudillismo latinoamericano, base de lo que hoy llaman socialismo del siglo XXI.

 

De todas estas últimas tendencias toma su porción el actual rumbo político y económico del régimen. Pero, como se ha podido apreciar durante el curso de 2012 –probablemente mejor que nunca antes-, no se atiene a ninguna por entero, por un motivo muy simple, el cual, no obstante la simpleza, ha constituido el núcleo de todos sus planeamientos: hoy (como ayer), la estrategia económica y política, en Cuba, es de emergencia, para salir del paso, destinada únicamente a que las fuerzas hegemónicas conserven el poder. Así que cualquier bandazo en que incurran, más que anticipar un fin, ratifica un medio.

 

Ni los defensores ni los adversarios del régimen disponen de argumentos sustanciales para demostrar –en caso de que quisieran hacerlo- que el auge “reformista” que ha tenido lugar este año en la Isla niega los preceptos básicos del fidelismo y sus secuaces, distanciándose esencialmente de los planes dictatoriales.

 

2012: La confirmación del descalabro

 

El hecho de que no se haya cumplido proporcionalmente el objetivo de aumentar los frijoles para el pueblo y el cuero para la oposición, que trazó el régimen para 2012 (amparado, sobre todo, en el apoyo táctico y económico de sus compinches suramericanos), no conduce sino a la confirmación de su inutilidad administrativa y de su ferocidad histórica, las cuales, al tiempo que no les permitieron aumentar los frijoles, con el consecuente abaratamiento de precios, les compulsó a incrementar lo planificado en cuanto a la represión contra opositores.

 

Ni las más “esforzadas” medidas, como la del cooperativismo entre peluqueros, gastronómicos o transportistas al servicio del Estado, o la entrega de tierras en usufructo, o el permiso para que aumenten las dimensiones, el confort y el lujo de establecimientos privados que se dedican al servicio gastronómico (medidas que por lo general han sido superficialmente analizadas y torpemente valoradas en los medios de prensa), se distancian un ápice del proceder histórico del régimen, consistente en mediatizar la aplicación de la justicia, coartando la libertad individual. Sencillamente asistimos al cumplimiento de aquel adagio, según el cual, cambian las circunstancias pero no los sujetos de la historia.

 

La derogación de normas cavernarias que a lo largo de decenios nos impidieron viajar libremente, más que aplauso, merece avergonzamiento. Pues no está inspirada, ya no por el deseo de hacer justicia, ni aun por el bochorno que debiera causarles tamaña incivilidad, sino simplemente porque el régimen le ha cogido el gusto a sostenerse con el dinero de las remesas. Y todavía así, sigue siendo una medida injusta y mezquina, porque está vedada para los médicos (otra de sus fuentes de ingresos, mediante los servicios internacionalistas), y porque contempla la posibilidad legal de no resultar accesible para ciudadanos que el régimen decida castigar, por su actitud política.

 

Por lo demás, la economía sumergida, como mal endémico del fidelismo, es decir, como auxilio para la subsistencia, pero a la vez como lastre para el crecimiento económico del país, no cedió en lo más mínimo durante 2012. Y no sólo no disminuye con las reformas, sino que éstas han propiciado su crecimiento. Casi podría decirse que hoy, en Cuba, la única economía digna de ese nombre es la informal. La burocracia estatal y el miedo a ceder terreno por parte del régimen, continúan paralizando las energías creativas de la gente, de modo que el negocio ilícito, el robo y el “invento” no dejan de ser básicos para la supervivencia.

 

¿Existe acaso otro sistema más salvaje que aquel que corrompe a las personas obligándolas a renunciar a la idea de ganarse la vida con un trabajo decente?

 

El paso hacia el capitalismo salvaje que tanto parece preocuparnos, se ha proyectado mes tras mes, durante 2012, con mucha más salvajada socialista y fidelista que con procedimientos económicos propiamente capitalistas. En el mejor de los casos, podría argumentarse que por mal que nos esté yendo con las “reformas”, al menos nos han alejado una pizca de la inmovilidad económica y de la asfixiante grisura ideológica de tiempos anteriores. Pero es este un consuelo muy flaco, al estilo de aquellos a que nos acostumbró el régimen.

 

En suma, es lo dicho, la historia es un cilindro. Razón por la cual nuestras angustias de hoy, antes de estar motivadas por la incertidumbre de hacia dónde vamos, hacia qué nuevo barranco nos conducen los palos de ciego de esto que llaman la actualización del modelo socialista, más bien debieran afincarse en la certeza de que, viniendo de donde venimos, no podríamos llegar a otro estatus que no sea el caos y la salvajada, con o sin capitalismo. Muchísima razón tenía un gran poeta y humorista -y entrañable amigo- cuando proclamó desde hace tiempo: Los cubanos todavía no sabemos bien el pasado que nos espera.

 

Ahora, eso sí, y es algo que ya se irá viendo en el transcurso de 2013: el período de salvajismo, aunque es inevitable, puede ser sobrepasado con mayor o menor prontitud en la medida en que nuestros caciques demoren en quedarse sin alternativas, que sería la misma medida en que la coyuntura económica (aderezada por la oposición interna y la presión internacional), les obligue a ceder la batuta a quienes estén aptos para hacer que coincidan el progreso, la justicia y la libertad, sin que importe un pito cómo se llame el sistema.