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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La Habana que Obama no visitará

 

Si el presidente estadounidense quiere conocer La Habana profunda debe romper el protocolo y recorrer barrios que no aparecen en las guías turísticas

 

Iván García, en Diario Las Américas

 

Al sur de La Habana, más allá del antiguo paradero de La Víbora, después de pasar la línea ferroviaria del Café Colón y el crucero La Palma, por la Calzada de Managua rumbo a Mantilla, se encuentran los barrios El Moro, La Lira y Cacucha.

 

En El Moro reside Eduardo ‘el manco’, un tipo locuaz consumido por el alcohol. Un tercio de sus 36 años (aunque aparenta 60) los pasó tras las rejas en prisiones de máxima seguridad.

 

Nunca leyó a García Márquez o Gay Talese. Pero entre tragos de ron pendenciero, te puede detallar de manera gráfica las duras condiciones carcelarias en Cuba.

 

¿Si ahora mismo ve a Obama bajarse de La Bestia que le diría?, le pregunto y sonríe, mostrando su dentadura incompleta: “Me apuesto el otro brazo que me queda sano que por aquí nunca vendrá Obama. La única vez que ví un dirigente por estos lares fue hace ya casi quince años, cuando Pedro Sáez (exprimer secretario del partido en La Habana) inauguró un taller de  pesos convertibles en El Moro”.

 

Su socio Rudy, apodado “la rata”, en chancletas y sin camisa, mostrando su torso tatuado, también se anima a opinar. “Oye, men, estos sitios pobres no cuentan. Aquí lo único que aterriza son carros de policía para aplacar broncas o detener a alguien que cometió un delito. Pa’ver a Obama hay que ir al Vedado, Miramar o la parte limpia de la Habana Vieja”.

 

Osiris, una enfermera residente en La Lira y quien para complementar su insuficiente salario vende a dos pesos coquitos elaborados con azúcar prieta, ni en los mejores sueños se ve estrechando la mano de Obama o conversando sobre la dieta de sus hijos con Michelle, la Primera Dama.

 

“¿Obama en La Lira? Esta gente (el régimen) lo va manichear a su manera. Si no viene Raúl Castro, qué va venir a Obama. Si viniera le doy un besote al mangón (tipo que está bueno) y le digo, mi negro tira algo pa’cá que estamos jodidos”, responde risueña Osiris.

 

Miguel, vive en un reparto llamado Vieja Linda, en Los Pinos, al sureste de La Habana, y piensa asistir al recibimiento de Obama. “Si da algún discurso no me lo voy a perder. ¿Qué le diría a Obama si viniera a Vieja Linda? “Coño, asere, qué yerba tú te fumaste”, dice y cuenta una anécdota:

 

“En un programa de televisión, el cantante Amaury Pérez dijo que nunca había escuchado el nombre de mi reparto. Imagínate, si un habanero de toda la vida no conoce este lugar, cómo se puede pensar que Obama va a darse una vuelta por Vieja Linda. Ni de broma”.

 

Si Obama quiere conocer La Habana profunda debe romper el protocolo y recorrer barrios que no aparecen en las guías turísticas. Cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959, en la capital existían dos barrios insalubres: Las Yaguas y Llega y Pon. Actualmente existen más de veinte asentamientos ilegales y dos decenas de barriadas ruinosas donde la violencia familiar y entre vecinos es cotidiana.

 

En las inmediaciones del antiguo Estadio del Cerro, hoy Latinoamericano, donde el presidente estadounidense asistirá al encuentro de béisbol entre los Tampa Bay Rays y una selección nacional, se encuentra enclavado el hospicio La Edad de Oro, un asilo miserable para personas discapacitadas atendido por esforzadas monjas.

 

Bajando la calle Sarabia, a tiro de piedra del estadio, vive Jazmín, una mulata que se prostituye por diez dólares la noche. La joven reside en una cuartería apuntalada con olor nauseabundo de aguas albañales que brotan por las cañerías rotas. “Ni jugando Obama vendría al solar. No lo van a  permitir, porque él es más popular que la partía de viejos cagalitrosos que nos gobiernan y eso les provocaría envidia”.

 

Marginalidad y condiciones de vida infrahumanas son la otra cara de la moneda de la ciudad que el 21 y 22 de marzo visitará Obama. El inquilino de la Casa Blanca podría preguntarles a sus anfitriones de verde olivo, los mismos que desde hace casi seis décadas aseguran que hicieron una revolución por los humildes y para los humildes, dónde fue que fallaron.

 

Probablemente le echarán la culpa al embargo, a la crisis económica mundial, a la prohibición de usar el dólar como moneda de cambio y la necesidad de más inversiones extranjeras en la Isla. Pero no mencionarán soluciones concretas para eliminar la miseria en El Romerillo o El Fanguito.

 

Si alguien conoce de primera mano el trabajo comunitario es Barack Obama. Gastó las suelas de sus zapatos en distritos complicados de Chicago haciendo labor social.

 

Si se quiere ayudar a los cubanos en sus necesidades básicas, como poca y mala alimentación, viviendas en pésimo estado y sin materializarse la conexión a internet desde los hogares, entre otras carencias, se debe optar por métodos originales.

 

Al menos eso es lo que piensa el ingeniero Jonathan. “En las conversaciones sobre el tema de las compensaciones económicas a Cuba, Estados Unidos podría poner sobre la mesa la opción de invertir ese dinero en barrios pobres del país. Que las autoridades solo pongan la mano de obra. Colocaría al régimen en una encrucijada. Si no aceptan, alegando soberanía y otras boberías, quedarían expuestos y se vería que no desean mejorar el nivel de vida de la población”.

 

Ridel, un joven que maneja un bicitaxi y vive en el barrio de Colón, Habana Vieja, considera que para conocer la ciudad es necesario adentrarse en sus calles, “pues hay dos Habana. Da igual por cuál de las dos Habana pase Obama, todos sabemos quiénes son los culpables de que la capital esté hecha una mierda”, acota sentado en el sillín de su bicicleta a un costado del Palacio Aldama, en el Parque de la Fraternidad.

 

Eduardo ‘el manco’ piensa igual. Pero no se disgustaría si Obama charlara con los vecinos El Moro. “El Negrón haría algo diferente”, apunta.

 

Los habaneros que habitan en los barrios marginales creen improbable que el presidente de la nación más poderosa del mundo recorra sus vecindarios.

 

Saben que no forman parte de La Habana oficial, la de los turistas y las fotos. Saben que no pertenecen a nadie. Pero están ahí. Esperando que un día alguien les atienda y les ayude a resolver sus problemas.