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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La dictadura cubana y la oposición democrática venezolana

 

¿Cómo actuaría cada una de las partes en una hipotética victoria opositora en Venezuela?

 

Eugenio Yáñez, en Cubaencuentro

 

Hay tantos tan interesados en escuchar lo que desean, que cada vez que alguien hace referencia a que una eventual salida de Hugo Chávez del poder -por vía electoral o biológica- crearía un escenario tan inconveniente para la dictadura cubana que resultaría insuperable, sin pensarlo demasiado se lanzan a las calles virtuales a celebrar por anticipado el fin del totalitarismo en la Isla.

 

Sin embargo, aparentemente las cosas no serían tan sencillas. Quienes mejor pueden contribuir a delinear ese escenario desde la perspectiva democrática anti-chavista no parecen tener los mismos criterios que muchos tremendistas de café con leche, arepa y hayacas, o ham and eggs.

 

El programa que va delineando la candidatura de Henrique Capriles Rodonski, líder electo por la oposición venezolana para enfrentar al teniente-coronel golpista en las presidenciales de octubre, está demostrando más sentido común y conceptos de realpolitik que muchos de sus alabarderos y detractores que desde Caracas, La Habana o Miami lo mismo le llaman “cochino” -repitiendo el insulto de Hugo Chávez- que le ven como la gran esperanza blanca frente a la bestia negra del chavismo: como siempre, eso de términos medios no tiene mucho que ver con las culturas caribeñas, no solamente la cubana.

 

Decepcionando a muchos duros que sueñan noches de cuchillos largos en Venezuela al día siguiente de una eventual victoria de Capriles, un asesor suyo, Carlos Romero, acaba de declarar que una nación presidida por el candidato opositor no renunciaría a ayudar a “los países más pobres como Haití, pero no va haber subsidios para países como Cuba o países lejanos como es el caso de Siria”.

 

Lo cual va fijando el programa de Capriles en una imagen de sensibilidad hacia los más desposeídos de su propio país y de la región, pero sin llegar a la demagogia o el populismo de Chávez, recortando o eliminando ventajas otorgadas por condicionamientos ideológicos e intereses políticos, como son los escandalosos convenios con Cuba o la “ayuda solidaria” a la criminal dictadura siria.

 

Según una agencia de prensa extranjera en La Habana, un cubano de a pie, de 72 años de edad, habría dicho: “Estoy erizado. No quiero ni pensar en lo que puede pasar aquí si le sucede algo malo a Chávez. Eso para nosotros sería terrible”. No está claro lo que este señor quiere decir al hablar de “nosotros”, si se refiere a la dictadura o al pueblo cubano. Porque ¿qué sería lo más malo que podría suceder a los cubanos de a pie, que faltara Chávez o que se siga manteniendo en el poder la gerontocracia raulista?

 

Tampoco hay que forjarse ilusiones con las declaraciones del asesor, quien en la misma conversación señala claramente la voluntad de eliminación de subsidios injustificados, pero no niega en ningún momento la posibilidad de relaciones normales con la Isla, criterio que se refuerza, sobre todo, cuando señala, refiriéndose a los convenios de colaboración médica cubana, que “en principio (…) esos programas van a continuar”.

 

Llevando la “solidaridad” a cálculos de relaciones comerciales a precios de mercado, cien mil barriles diarios de petróleo, a cien dólares el barril, son diez millones de dólares diarios, tres mil seiscientos cincuenta millones al año, que el gobierno cubano debería pagar a Venezuela por ese suministro sin subsidios. Si “en principio” van a continuar los programas de colaboración médica cubana en Venezuela, de las obligaciones de la factura petrolera habría que deducir el costo de médicos, dentistas, enfermeras y demás profesionales de la salud, así como de entrenadores deportivos y otros profesionales. Chávez declaró recientemente que son alrededor de 40,000 colaboradores, que si se calculan a un promedio de cien mil dólares anuales, se estaría hablando de cuatro mil millones de dólares, suficiente para pagar por el petróleo.

 

Naturalmente, el escenario sería mucho más complejo, por diferentes razones, desde la posibilidad de que el régimen cubano reduzca su demanda petrolera a niveles más realistas que la demanda actual basada en la “solidaridad” chavista, o que los venezolanos cuestionen el costo de la ayuda médica, hasta el hecho de que no puede saberse el número de colaboradores cubanos que preferirían “quedarse” en una Venezuela sin Chávez o los chavistas, como personas libres y ganando de acuerdo a su trabajo, en vez de mantenerse como funcionarios vigilados y abusivamente mal pagados por el castrismo.

 

Todo ello dependería, además, del espacio y alcance que en esa Venezuela pudieran desarrollar los “compañeros” de los aparatos de seguridad controlando a los “cooperantes” en el país, así como las medidas a tomar en La Habana para enfrentar los recortes financieros por la reducción de los subsidios, desde abrir la mano a las tímidas reformas de mercado hasta apretar las clavijas a niveles de campos de concentración y hacer resurgir con mucha más fuerza el llamado “período especial”, que oficialmente nunca ha terminado ni terminará.

 

Y todo lo anterior estará en dependencia también del estado de salud de los hermanos Castro (cualquiera de los dos), los precios mundiales del petróleo, y la actuación de Estados Unidos.

 

Entonces, ¿qué puede suceder exactamente? No tengo la capacidad de predicción requerida para una respuesta contundente en estos momentos, ni disfruto de momentos de “iluminación” o visión portentosa como tantos tremendistas que de seguro no ven ninguna complejidad en esta situación y ya hace mucho rato que tienen la solución en el bolsillo, por lo que no dudarán en expresar aquí mismo salidas adecuadas, tanto para la oposición democrática venezolana como para el régimen cubano o el chavismo.

 

Yo me conformo, por el momento, con plantearme preguntas coherentes, aunque no tenga las respuestas necesarias. No me interesa para nada tener respuestas antes de saber exactamente cuáles son las preguntas.