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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Juanito el Antiguo sueña con un amarillo

 

Amado del Pino, Cuba Contemporánea

 

Mucho reímos a finales del siglo pasado con aquel serial argentino. Dentro de los varios personajes que asumía el cómico Franchela estaba Enrique el Antiguo. Peinado, pantalones campana, melenita que entonces fue rebelde y gustos musicales casi olvidados, componían los elementos de la graciosa caracterización.

 

A Juan Pérez Rodríguez -el personaje supuesto y tan probable que me desvela hace varios días- lo acaban de acusar de antiguo. Un compañero del preuniversitario donde trabaja como profesor le comentaba que en un reciente congreso se dijo algo así como que “los sindicatos no estaban para conseguir plazas de hoteles a los mejores trabajadores, sino para reclamar que ganen el salario que les permita pagar sus vacaciones con su familia”.

 

Juanito -aunque está a punto de cumplir 60 años, arrastra entre contento y resignado el cariñoso diminutivo- está de acuerdo con la idea. Lo que pasa es que la subida de sueldo ni está ni se le espera. Y mientras tanto, no vendría mal para dentro de unos meses que le tocara en suerte una semanita en una casa en la playa.

 

Las que dan por la sección sindical suelen estar despintadas, con agua goteando y piezas de menos en el baño, pero eso no se echa a ver. Está el mar cerquita, dan diez productos de comer baratos en el papel que se convierten en cinco cuando llegas al lugar de distribución, pero todo dentro del área de su maltrecho bolsillo.

 

Como profe de Historia nuestro personaje -que ahora ha salido del Instituto y camina por la muy concurrida calle Amistad- está bastante al tanto de los cambios de los últimos meses.

 

De diez lugares en los que ha trabajado en estos casi 40 años en ocho por lo menos los dirigentes sindicales han sido como unos segundos administradores; los tres o cuatro “cuadros” de base, algo así como una imitación o duplicado del núcleo del Partido. Le preocupa que antes de levantar la voz para por fin discrepar, reclamar derechos, defender realmente al trabajador, le quiten a la gente de fila las muy pocas cosas que podían aliviar la vida cotidiana.

 

Una lógica parecida -piensa con disgusto Juanito, y por entretenido está a punto de ser arrollado por un bicitaxi- parece imponerse en lo de las casas. Nunca estuvo entre los que al menos podían soñar con que le asignaran una vivienda, pero alguna gente resolvía por esa vía tras años de sacrificio, lealtad y en algunos casos siendo muy oportunos en la relación con los jefes. Parece que ahora el Estado se lava las manos con que pueden comprarse y venderse libremente.

 

¿Con qué dinero? -se pregunta Juanito a la altura del Parque de la Fraternidad que podría evocarle la Revolución francesa, uno de sus temas preferidos cuando está frente a los alumnos-. ¿Quién puede comprarse un apartamento?

 

De los carros no quiere ni hablar. Ha dejado de visitar por un tiempo a su único hermano por lo obsesivo y amargo que se pone con ese tema. Es médico, ha estado trabajando en varios países africanos y tenía las cuatro ruedas al alcance de la mano. Su hermano no podría llevarlo ahora hasta su barrio de Alamar. La idea que tenía era venderlo a uno de los prósperos comerciantes de la nueva Cuba y reparar con el dinero de la venta su casa repleta de familia en la Habana Vieja.

 

Ahora el “maceta” -palabra despectiva para los adinerados que se supone entrará en desuso con los nuevos tiempos- se lo compra directamente al gobierno. Debe reconocer que es más simple el trámite.

 

Juanito se acerca a la repleta parada de la guagua y está claro que vivienda y coche privado son cosas que quedan lejos de sus expectativas. Unos treinta años atrás recibió su apartamento de microbrigada en el que han crecido sus hijos. Dio después los clásicos tumbos del divorciado habanero y ya lleva una década de vuelta al barrio obrero, ahora en casa de su mujer y sus suegros. Pronto vendrá un niño -cosa casi rara por estos días en un país que envejece-, pues la hija de su mujer anda “inflamada de amor”, como diría aquel profe de Literatura que fue su amigo de juventud.

 

Tal vez -revisa nuestro hombre bajo la invasión sonora de un joven que grita la oferta de máquinas de alquiler- debió aprovechar aquel tiempo de trabajo en la construcción y haber derivado su vida como plomero o electricista. Pudo más su vocación de enseñar y durante años se levantó de madrugada para pasar una hora en aquella guagua de asientos plásticos y trabajar en las escuelas en el campo.

 

Ahora está en la ciudad pero su bolsillo averiado no le permite esta tarde apretarse en uno de esos vehículos que cobran por lo menos diez pesos. Su hija de 20 años y estudiante universitaria pasó ayer llena, en iguales proporciones, de entusiasmo y apetito. Estaban buenas las pizzas en el bulevar de San Rafael. Y cada uno devoró entre la multitud una de 35 pesos. Más dos refrescos de latica para no atragantarse… casi cien pesos. El sueldo mensual de Juanito es de 500.

 

Se dice -y no importa que lo sigan llamando antiguo- que sería bueno que apareciera un “amarillo”, aquellos inspectores que de vez en cuando lograban que un dirigente o un chofer de las empresas estatales montara y llevara hasta cerca de su casa al menos a algunos de los que esperan durante tanto rato en la parada. Un primo de Ciego de Ávila le dice que siguen existiendo por allá, pero casi nunca les hacen caso.

 

Nuestro hombre prefiere recordar una televonovela en la que el actor Frank González interpretaba con mucha gracia a uno de esos “amarillos” condenados a ni pasar a la Historia. Por cierto (el cubano y su ingenio), como todo era un poco edulcorado en el solar o ciudadela donde se desarrollaba la trama la gente le puso “Si me pudieras creer”. Juanito sonríe mientras recuerda, y con esa media risa en los labios corre hacia una guagua que se ha detenido a unos metros de sus casi seis décadas de afán y magisterio.