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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Jineteras de ocasión

 

Iván García, ESPECIAL DIARIO LAS AMÉRICAS

 

LA HABANA.- Yanaida, 17 años, cursa el duodécimo grado en una escuela al sur de La Habana. Dos veces a la semana alterna sus estudios con la prostitución.

 

“No soy una jinetera profesional. Mi novio trabaja en turismo y me conecta con extranjeros. Me presenta como su sobrina. Mi comportamiento y manera de vestir no delatan que soy jinetera. El plan es sencillo, pasar un rato agradable e intentar ligar a un ‘yuma’ con billete. Funciona. Tengo dos ‘novios’ europeos, en distintos países, cada uno me gira entre 200 y 250 euros mensuales. Con ese dinero he podido arreglar mi cuarto e ir a discotecas de lujo con mi verdadero novio. Mi meta es marcharme definitivamente del país”, confiesa la joven en un bar cercano al malecón.

 

 En La Habana existe una amplia gama de jineteras. Las hay de clase, por divisas, universitarias que hablan hasta dos idiomas, incluso pertenecen a familias de clase media y viven en buenas casas. En el lado opuesto, las marginales, con escaso nivel cultural, que se prostituyen por pesos. Residen en auténticos tugurios con ambientes familiares hostiles.

 

 No pocas vienen huyendo de la miseria y falta de futuro en regiones orientales. Llegan a la capital en tren, ómnibus o camiones de carga. Alquilan habitaciones ruinosas. Todas las noches salen a prostituirse. En el ambiente del jineteo les llaman ‘matadoras de jugadas’. Son las más baratas.

 

 MARGINACIÓN SOCIAL

 

 La mayor parte de ellas son verdaderos casos sociales. Con infancias infernales, maltratadas por sus familiares. Casi todas son hijas de matrimonio disfuncionales. Suelen estar enganchadas a la ‘piedra’, una combinación agresiva de drogas y sustancias químicas que convierte a las personas en guiñapos.

 

 Muchas de estas jineteras trabajan en ‘puticlubes’ ilegales en barrios pobres. Otras, como Yanaida, son ocasionales.

 

 Regina, una joven teñida de rubio, alterna su oficio de dependienta en un café estatal con la prostitución.

 

“Tengo más necesidades materiales que una gitana: soy madre de dos niños pequeños. Y cuando termino mi trabajo, salgo “pa’l fuego”. Trato de no parecer una jinetera. Estudio bien el probable cliente: con dinero, buena pinta y que no sea tacaño. Después que nos acostamos le cuento mi historia. Siempre regreso a casa con 20 o 30 pesos convertibles. Tengo un cliente que me mantiene, como si yo fuera su querida”, dice Regina con una sonrisa forzada.

 

 Odalys, una mulata alta, ya vio pasar sus mejores años. La mala vida, entre el alcohol y la marihuana, comida basura y pocas horas de sueño le han pasado factura. Pese a todo, sigue jineteando.

 

“Limpio el piso en una panadería. Por las tardes me llego a una pocilga de bar que hay en mi barrio y mientras me tomo una cerveza Mayabe elijo al tipo. Aquellos tiempos donde solo me acostaba con extranjeros por no menos de 120 dólares la noche, han quedado atrás. Ya no estoy para que la Policía me levante un acta de advertencia o me sancionen a dos años de cárcel. Tengo que mantener una familia. Entonces opté por jinetear discretamente. No siempre me acuesto por dinero. A veces por cinco libras de frijoles negros, un trozo de carne de cerdo o tres litros de aceite para cocinar. El problema es llegar a casa con algo”, expresa Odalys.

 

 CRISIS DE VALORES

 

 Una socióloga consultada opina que la mentalidad de jinetear ha calado hondo en el alma del cubano. “En algunos barrios marginales las jineteras son mujeres de éxito, heroínas. Lo peor de la prostitución en Cuba no es la degradación que sufre la persona que la ejerce. Es la industria que se ha creado a su alrededor. Y sobre todo la pérdida de valores en familias que ven con buenos ojos que sus hijas sean jineteras. Jinetear se ha convertido en expresión de la cultura nacional. Y es más que prostituirse. Es tener esa mentalidad de engañar al prójimo y ordeñar a un extranjero como si fuese un billete con dos piernas”.

 

La tarde cae en la parte vieja de La Habana. Un aguacero fugaz atenúa el denso calor. Mientras el sol se esconde, Yanaida se maquilla discretamente. Esa noche tiene trabajo.