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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Gross en el desierto de Nuevo México

 

Miguel Cossío, en El Nuevo Herald

 

Tras un largo almuerzo, que tuvo como tema central el mejoramiento de las relaciones entre Washington y La Habana, Bill Richardson escuchó el recado del anfitrión: no se llevará de Cuba a Alan Gross; tampoco podrá verlo durante su estancia aquí; ni tendrá una reunión con mi jefe, el general Raúl Castro.

 

Vaya postre el que le tenía reservado Bruno Rodríguez Parrilla, el aún canciller de los Castro, debió de pensar el ex gobernador y, quizás, el político demócrata fuera de la administración Obama con mayor acceso al Salón Oval cuando de asuntos cubanos se trata.

 

Richardson había llegado a La Habana casi una semana antes con la ilusión, tal vez bien fundada, de solucionar el caso del contratista estadounidense, condenado a 15 años de cárcel. Pero el colofón de aquel almuerzo deshizo de golpe y porrazo todos los buenos oficios y la promesa a la señora Judy Gross, de que vería a su marido y comprobaría personalmente su verdadero estado de salud. “Me quedé perplejo”, declaró luego el ex gobernador.

 

Definitivamente, Cuba no deseaba una mejoría en las relaciones bilaterales. Los funcionarios cubanos asistentes al almuerzo habían dejado claro que su gobierno estaba dispuesto a esperar la llegada a la Casa Blanca de una nueva administración despues de la presidencia de Barack Obama. Según Richardson, fue Jorge Bolaños, el jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington, con décadas dentro del aparato cubano y con quien llevaba un año tratando el tema, el que dio la señal de luz verde para el viaje tras el fin del proceso judicial contra Alan Gross.

 

Gilbert Gallegos, asesor de Richardson que lo acompañó a Cuba, dijo que durante el período de conversaciones previas tanto Bolaños como su superior, el ministro Rodríguez, no habían dejado dudas respecto a un posible diálogo sobre la excarcelación de Gross.

 

Un político muy cercano al ex gobernador de Nuevo México me contó que, tiempo antes del viaje, Richardson recibió una carta de invitación del gobierno cubano, la cual trasladó al Departamento de Estado y al Consejo de Seguridad Nacional, para su visto bueno.

 

Sin embargo, una vez que llegó a Cuba, el régimen decidió dar marcha atrás. ¿Qué pudo pasar? La cancillería cubana niega haber extendido la invitación y asegura que el caso Gross nunca estuvo sobre la mesa de discusión.

 

La lógica simple indica otra cosa. En Cuba no hay espacio para la política espontánea. Nadie viaja a la isla de los Castro sin una agenda pautada, mucho menos un político estadounidense de la talla del ex gobernador.

 

La pregunta de fondo que deja el viaje de Richardson es quién administra de veras y toma las decisiones últimas de la política exterior de Cuba, una vez desaparecidos los pesos pesados que controlaban su quehacer diario, como Carlos Rafael Rodríguez y Carlos Aldana, y también sin la presencia de los welter ligeros, Robertico Robaina y su sucesor Felipito Pérez Roque.

 

Una hipótesis plausible es que todavía y desde Punto Cero Fidel Castro despierta de tanto en tanto de su letargo; y esta vez haya preguntado sorprendido y con la ceja levantada, ¿qué fue lo que Bolaños y Brunito le prometieron a este señor de Nuevo México?