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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Fin del juego a lo Raúl Castro

 

José Azel, en El Nuevo Herald

 

La sucesión de Fidel a Raúl Castro, fue eficiente, efectiva y sin dificultades. Ahora, el general Raúl Castro está orquestando su propia sucesión, pero ésta carece de los elementos de legitimidad histórica de la revolución de 1959.

 

El reciente nombramiento de Miguel Díaz-Canel, un testaferro apparatchik de 52 años de edad, como primer vicepresidente del Consejo de Estado, lo ubica en la línea de sucesión de Raúl Castro en el aparato del Estado. Sin embargo, esto no equivale a ser el número dos en el régimen, como los medios internacionales parecen haber concluido.

 

El artículo 5 de la Constitución cubana deja claro que el Partido Comunista es “la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado”. El Buró Político del Partido Comunista, de 15 miembros, se mantiene encabezado por Raúl Castro como Primer Secretario, y José R. Machado Ventura, de 82 años de edad, como Segundo Secretario.

 

En ocasiones no se entiende que Raúl Castro dirige Cuba no porque sea el presidente del Consejo de Estado, sino porque es el Primer Secretario del Partido Comunista y el hermano de Fidel. Bajo el proyecto de sucesión cubano, los militares que dominan el Buró Político propondrían al próximo líder de Cuba.

 

El esquema de sucesión se complica cuando consideramos que, constitucionalmente, el Presidente del Consejo de Estado es también el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. La historia de Cuba no muestra tradición alguna de subordinación de los militares a la autoridad civil. Sin Raúl Castro es difícil imaginar a viejos comandantes como Ramiro Valdés, y a los generales de tres estrellas del Buró Político, jurando lealtad y subordinación a un burócrata civil como Díaz-Canel. Este comportamiento hacia una incuestionable jefatura civil sobre las fuerzas armadas no está ni en los genes ni en las tradiciones de los cubanos.

 

Cuando pensamos sobre cambios en Cuba es esencial tener en cuenta que la historia de Cuba durante el último medio siglo es la de los hermanos Castro y sus ideas. El círculo íntimo de Raúl Castro no lo conforman demócratas agazapados esperando por el momento oportuno para poner en práctica ideales jeffersonianos. Su mentalidad de gobierno es intrínsecamente inseparable de su ideología. En una relación simbiótica, el autoritarismo engendra una oligarquía corrupta, y esa oligarquía corrupta se beneficia de la continuidad del autoritarismo corrupto.

 

Detrás de la designación de Díaz-Canel (asegurémonos que no llamamos a eso una elección), hay una corrupta trama de maquillaje político.

 

El papel de las fuerzas armadas cubanas en la economía es extenso con la élite gerencial militar controlando más del 60% de la economía. Por consiguiente, desde una perspectiva estratégica la pregunta crítica es: ¿qué vendrá después del final de la era de Raúl Castro, con los generales controlando a la vez el Buró Político y la economía?

 

Cuando las empresas son poseídas y dirigidas por el Estado, los oficiales de las fuerzas armadas devenidos ejecutivos empresariales disfrutan los privilegios de una elite dirigente. Su nivel de vida es superior, se mudan a mejores viviendas, etc. Sin embargo, esos beneficios son minúsculos si se comparan con la posibilidad de enriquecerse significativamente poseyendo las empresas que controlan. La élite militar entiende que dirigir empresas propiedad del gobierno ofrece sólo beneficios limitados, y que poseer las empresas es mucho más lucrativo.

 

En los próximos años la élite militar estará muy motivada para organizar una privatización manipulada de la economía y poder convertir en dinero sus posiciones. Desgraciadamente, esta corrupta pantomima de privatización terminaría con los generales y coroneles posicionados como los nuevos “capitanes de la industria” cubana.

 

Sin embargo, esto requiere el apoyo de la comunidad internacional de inversionistas, y por eso el liderazgo cubano debe aparentar voluntad de hacer cambios en el terreno político: de ahí la designación de Díaz-Canel. Seguramente es capaz, obediente, disciplinado, leal al Partido, y estará al tanto del funesto destino de civiles que le precedieron en posiciones prominentes, como Aldana, Lage, Robaina y Pérez Roque, cuando su lealtad fue cuestionada.

 

En el manicomio cubano el general Castro busca la continuidad del régimen presentando una fachada de legalidad que posibilitará a sus generales y a su familia convertir en dinero su lealtad. Para esto, las fuerzas armadas supervisarán un sistema de partido hegemónico, ofreciendo un barniz de legitimidad política que la comunidad internacional encuentre aceptable.

 

No tienen importancia las caras que ocupen los puestos civiles. Después de todo, el emperador romano Calígula, por locura o perversión, pretendió nombrar cónsul a su caballo favorito, para “demostrar” que un caballo podía cumplir las obligaciones de un senador.