Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

¿Exportar gente o servicios profesionales?

 

Aunque exportar personas ha sido un buen negocio para el Gobierno cubano desde los 60, a largo plazo toda política basada en exportar fuerza de trabajo es un fracaso

 

Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo, en Cubaencuentro

 

Hace ya algunas semanas conocimos, a través de la ministra del Trabajo cubana, un plan para recalificar a los trabajadores despedidos con el objetivo de exportarlos. La idea es sencilla: si sobran acá se pueden exportar a otros países —técnicamente esto se llama una “exportación de servicios”— y con ello se resuelven dos problemas: el desempleo y la escasez crónica de moneda fuerte.

 

Ante todo debo decir que aunque exportar personas ha sido un buen negocio para el Gobierno cubano desde los 60 (exportar descontentos potenciales y ganar tributarios) a largo plazo toda política basada en exportar fuerza de trabajo es un fracaso, pues no hace otra cosa que exportar el capital más valioso de una sociedad: su gente. Balancea el presente, pero embarga el futuro.

 

Pero no creo que la Ministra ande haciendo cálculos complicados. La Ministra no hace otra cosa que reflejar los apuros de los dirigentes cubanos ante los efectos depredadores que tendrá sobre la sociedad el despido de cientos de miles de trabajadores. Y obviamente, su imprescindible efecto político. Un contexto en que la idea de colocar a una parte de ese excedente laboral allende los mares suena a música celestial.

 

No es la primera vez que sucede. Decenas de miles de trabajadores y técnicos cubanos han dado sus servicios laborales en otros países del continente, África y Europa del Este, unos envueltos en el manto consagrado del llamado internacionalismo y otros mediante más prosaicos contratos laborales. La experiencia más reciente ha sido el envío de decenas de miles de profesionales a Venezuela y otros países del Alba, por lo que Cuba recibe, según cifras oficiales, unos 6 mil millones de dólares anuales a cambio de varias decenas de miles de trabajadores. En todos los casos los trabajadores cubanos han dejado sus energías e inteligencias en otros lugares, y regularmente son reconocidos por sus altas cualidades humanas y profesionales, lo cual es digno de destacar. Pero también han estado envueltos en escándalos lamentables, debido a las condiciones en que estos trabajadores han sido enviados a otros países.

 

Obviamente, lo declarado no es fruto de la imaginación de la Ministra, que, si la tiene, sabe que debe guardarla muy bien pues en Cuba los ministros con imaginación duran poco tiempo. Ello aparece explícitamente en los Lineamientos de la Política Económica y Social, en la sección de Comercio Exterior, y llama al establecimiento de una estrategia para la exportación de servicios profesionales, en asociación con el capital extranjero, incluyendo “el envío de fuerza de trabajo individual”, aunque de forma no priorizada. Pero aparece de manera implícita en muchos otros artículos y secciones, como si fuera ese pariente maldito en quien todos piensan pero a quien nadie menciona.

 

La Ministra por tanto, está apegada a los Lineamientos. Y quien lo está, no tiene más remedio que ser tan liviano y chapucero como ellos. El asunto es muy complejo por varias razones. Yo sólo quiero detenerme en dos.

 

La primera es de orden práctico y se refiere a la pregunta de si la fuerza de trabajo —básicamente la profesional— es lo suficientemente competitiva como para abrirse paso en el complejo y exigente mercado mundial. Yo no lo creo. Cuba posee una fuerza de trabajo muy calificada para programar su desarrollo nacional, y eventualmente existen carreras en que los profesionales cubanos son muy estimados, como es el caso de la medicina, cuyo personal suma a sus cualidades técnicas sus condiciones de una ética no comercial. Pero ello no los hace competitivos como para invadir por decenas de miles los mercados más sofisticados que pudieran pagar por el servicio.

 

Los dirigentes cubanos —y sus académicos subsidiarios— confunden la necesidad con la virtud —la coyuntura con la vida— cuando creen que Cuba es una exportadora de servicios profesionales de primer orden, porque exporta médicos a Venezuela o a Bolivia. En esos lugares los cubanos operan en nichos protegidos al margen del mercado mundial de fuerza de trabajo, pues son contratados por razones políticas. No conozco las interioridades de la sociedad venezolana, pero sospecho que sin el compromiso de Chávez con el Gobierno cubano y su megalomanía continental, lo que hacen los médicos cubanos pudieran hacerlo (al menos fundamentalmente) los médicos venezolanos con mejores pagas, lo que implicaría significativos ahorros para el estado venezolano. En consecuencia, desaparecidas las circunstancias políticas, Cuba se verá obligada a seguir exportando fuerza de trabajo a quien no puede pagar.

 

El otro cuestionamiento es ético. Los cubanos que van a Venezuela o a cualquier otro lugar, van en condiciones de sujeción legal ominosa. Realmente cobran muy poco de lo que el Gobierno venezolano paga, les quitan el pasaporte, si deciden quedarse en Venezuela o salir para un tercer país reciben un castigo de separación por muchos años de sus familiares, entre otras aberraciones reñidas con los pactos internacionales sobre derechos humanos, de los que el Gobierno cubano es signatario. Cuba carece de un sistema migratorio libre. Los profesionales emigrados son peones del Estado y sus familiares son rehenes en manos de ese mismo Estado.

 

Con toda seguridad, si en Cuba existiera un régimen migratorio justo, los profesionales y trabajadores cubanos optarían por encontrar esos empleos por su propia cuenta, y residir o no en el país según dicte su propia conveniencia, según es usual en el resto del mundo. O pudieran ser partes de contratos estatales, pero reclamarían mejores condiciones salariales y de trabajo. Pero Cuba posee un régimen migratorio abusivo y expoliador que le permite tratar a sus trabajadores migrantes como siervos de la gleba. Y por eso la exportación cubana de “servicios profesionales” que tan golosamente proclama la Ministra, difícilmente funcionaría sin el sistema político autoritario y opresivo que hay en el país.

 

Sin lugar a dudas Cuba posee en su stock de recursos humanos calificados —y aquí incluyo los significativos aportes que pudiera hacer la diáspora— el principal activo para su desarrollo. Pero como todo activo, éste requiere de políticas de preservación y reproducción que hoy no existen. Y por eso, la sociedad cubana continúa indigestándose con sus propios avances.

 

Obviamente, la solución de este problema no está en los Lineamientos, esa lista de supermercado, mezquina e incompleta, donde lo que falta es más elocuente que lo que está. No será echando manos a estas estratagemas francamente precapitalistas como la nación podrá mirar con optimismo al futuro. Mucho menos exportando gente en una sociedad que, por lo demás, tiene una bajísima tasa de natalidad. De lo que se trata es de una política de incentivo y protección a la pequeña y mediana empresa, de la desestatización (sea privatizando o socializando por la vía cooperativa) de esas inmensas franjas de economía improductiva que hoy están en manos de una burocracia gris y agotada, de establecer medios efectivos de cogestión de los trabajadores en las empresas, entre otras medidas que ayuden justamente a retener esa fuerza de trabajo para que encuentren más atractivo residir y trabajar en el país en que nacieron.