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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

España sigue siendo un modelo válido de transición para Cuba

 

Una reunión en Madrid juntó a opositores residentes en la Isla y a protagonistas de la transición española.

 

Carlos Alberto Montaner, El Blog de Carlos Alberto Montaner

 

Hace varias semanas, la Asociación de Iberoamericanos por la Libertad (AIL) que preside el Dr. Antonio Guedes, reunió en la Casa de América, en Madrid, a un grupo de cubanos distinguidos de visita en España, casi todos habitualmente radicados dentro de la Isla, para analizar cómo fue la transición española hacia la democracia tras la muerte de Franco.

 

La AIL, una seria y eficaz organización sin fines de lucro, de la que el Dr. Guedes no obtiene otra remuneración que "la segura ingratitud de los hombres" -por utilizar la melancólica frase martiana-, convocó a figuras académicas y políticas de primer rango del mundo español, casi todos actores principales de aquellos hechos, para que les contaran objetivamente a estos notables opositores cubanos (no todos políticos, por cierto), qué había sucedido en España tras la muerte de Franco, y lo que se hizo bien o mal durante aquel vertiginoso proceso.

 

Yo acudí como hispanocubano a relatarles a mis compatriotas mis experiencias durante la Transición. Todos los ponentes españoles, como todos los cubanos que asistieron al seminario, conocían y no ponían en duda las enormes diferencias que separaban la España de fines del 75, cuando muere Franco, y la Cuba del 2014, cuando se va apagando lentamente la Revolución, víctima de la decrepitud de sus dirigentes, y, sobre todo, de la manifiesta y permanente incapacidad para gobernar con eficiencia, lo que no les impide mantenerse en el poder, dada la inexistencia de un régimen verdaderamente democrático donde la ineptitud tenga un costo electoral.

 

A la muerte de Franco, España, producto de las reformas liberales de 1959, pese al autoritarismo que todavía imperaba en el país, llevaba 15 años de crecimiento continuado, tenía el 80% del PIB de la Comunidad Económica Europea, el 80% de los españoles eran dueños de sus viviendas, contaba con pleno empleo, había varios millones de libretas de ahorro, las instituciones funcionaban, el presupuesto nacional estaba balanceado, y era evidente la existencia de una clase media pujante en la que se inscribía la mayor parte del censo nacional. La inconformidad parcial de los españoles era con los aspectos políticos, no con los económicos.

 

Cuba, en cambio, producto de la colectivización iniciada, precisamente, en 1959, y como consecuencia del fin de la propiedad y de la estatización de las empresas privadas, no solo era y es una dictadura cruel: se trata de un país legendariamente improductivo y empobrecido, financieramente quebrado, del que la juventud escapa como puede. Un país que obtiene el grueso de su sustento del producto de las remesas de emigrantes y exiliados, del alquiler de los profesionales en el extranjero, del turismo, y de la mendicidad revolucionaria, hoy satisfecha por Venezuela y antes por la URSS. Un país en el que tres generaciones de cubanos han visto decrecer paulatinamente su nivel de vida, hasta quedar sin esperanzas razonables de que, quienes los han llevado a la catástrofe, sepan sacarlos de ella.

 

En definitiva, ¿hay algo en la transición española que pudiera ser útil en Cuba ante una hipotética transición? Creo que sí y pronto llegaremos al tema, pero supongo que aún estamos lejos del inicio de ese proceso. De la misma manera que en España hubo que esperar a la muerte del Caudillo para iniciar la transición, parece que en Cuba sucederá de la misma manera. Los reformistas dentro de la nomenclatura que desean que haya cambios no se atreverán a alzar sus voces hasta tanto no desaparezcan los hermanos Castro, mientras resulta evidente que, al menos hasta ahora, la heroica oposición no tiene fuerzas para inducir esas necesarias transformaciones actuando en la periferia del engranaje social, que es donde le permiten ejercer cierta influencia.

 

Es un misterio cómo y por qué un par de ancianos, emocionalmente distanciados del pueblo, pueden imponerle a la colectividad una manera absurda de gobernar a toda una sociedad, pero es así y suele repetirse. Lo vimos en la Venezuela de Juan Vicente Gómez, en el Portugal de Antonio de Oliveira Salazar y en la España de Francisco Franco. Desgraciadamente para los cubanos, en Cuba ni siquiera puede hablarse de un dictador, sino de dos, dado que Raúl heredó la autoridad de su hermano "inter vivos", ha tenido tiempo de consolidar su poder, y probablemente haya que esperar al deceso de ambos para que el panorama comience a aclararse.

 

En todo caso, Fidel, aunque ya no gobierna, continúa mandando por la propia inercia de su larga dictadura y por la manera en que influye en su hermano Raúl desde que este era un niño. El General lleva toda una vida obedeciendo y subordinado al Comandante, cinco años mayor, y seguramente no se atreve a tomar ciertas medidas liberalizadoras porque su hermano las desaprobaría. Esas "fuerzas conservadoras que se resisten a los cambios", a las que Raúl suele aludir en conversaciones privadas cuando explica su extraordinaria cautela, no son otras que su propio hermano. El resto de la estructura de poder desearía abandonar rápidamente esta vieja pesadilla de errores y horrores.

 

Sospecho que todavía resuenan en los oídos de Raúl, y de toda la nomenclatura, la irracional frase reiterada por Fidel en varias ocasiones durante la peor época del periodo especial: "primero se hundirá la Isla en el mar antes que abandonar el marxismo-leninismo". Esa infinita terquedad les ha hecho perder a los cubanos otros 25 años. Si los cambios se hubieran hecho en su momento, cuando toda Europa Oriental y Nicaragua modificaron su signo político, ya Cuba estaría, otra vez, entre los países punteros de América Latina, pero es posible que el salto hubiese sido aún más impresionante por el notable capital humano con que cuenta el país. Casi un millón de universitarios en un sistema en el que primen la libertad económica y política pueden hacer milagros.

 

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿hay algo que aprender de la transición española? Al menos, cuatro elementos:

 

Primero, no es verdad que los cubanos solo pueden ser gobernados bajo la bota de los militares. Franco creía eso mismo con relación a España —murió repitiéndolo—, pero su larga dictadura, como sucede en Cuba, paradójicamente generó una sociedad que aborrecía la violencia. En Cuba se ha terminado la perniciosa tradición revolucionaria que tan negativamente afectó al país durante todo el siglo XX. La experiencia ha sido terrible.

 

Segundo, presumo que en Cuba hay muchos Adolfo Suárez esperando su oportunidad de darle un vuelco al país. En España se trataba de enterrar el régimen político. En Cuba hay que hacer eso mismo y agregarle, además, el económico. En 1976, cuando Suárez asume la presidencia de gobierno, había muchos franquistas, compañeros suyos, que le sugerían que modificase el régimen, pero sin demolerlo, estrategia que, afortunadamente, rechazó. Espero que el Adolfo Suárez cubano, como ocurrió en España, no trate de salvar el comunismo, sino que admita que ese sistema, además de cruel, es inviable.

 

Tercero, la transición española fue eficiente y pacífica. Impulsados desde la cúpula, fundamentalmente por Suárez con el respaldo del rey Juan Carlos, los parlamentarios crearon una legislación que les permitió liquidar ordenadamente el régimen instaurado en 1939. No hay razón alguna para que los parlamentarios cubanos, cuya inmensa mayoría no tienen el menor entusiasmo con el marxismo, traten de sostener esa disparatada manera de estabular a la sociedad. El líder que emerja, con un chasquido de los dedos podrá convocarlos al cambio "de la ley a la ley", como se dijo en España. Están deseosos de dar el salto.

 

Cuarto, todo comenzará cuando el poder, quien lo ocupe en ese momento, llame a los opositores y los invite a participar en la vida política. Esto fue lo que ocurrió cuando Suárez llamó al socialista Felipe González y al comunista Santiago Carrillo. Fue lo que sucedió en la URSS cuando Gorbachov llamó a Sajarov o cuando Jaruzelski admitió la legitimidad de Lech Walesa. Es cierto que ese es el principio del fin, pero eso es inevitable. Lo importante es cómo se llega a ese inexorable destino de la mejor manera posible para todos, para que las instituciones no colapsen, sino se transformen. Para lograrlo, existe el mecanismo electoral. A punta de consultas se van moldeando los cambios de una manera legítima e incruenta. Este fue el camino que siempre defendieron Oswaldo Payá y su grupo Movimiento Cristiano de Liberación (MCL).

 

Claro, mediante el uso de la fuerza se puede retrasar sine die la transición, como hizo Castro a principios de los noventa, pero lo que logró, además de mantenerse en el poder e imponer su voluntad, fue retardar la llegada de la libertad y la prosperidad y empobrecer más a los cubanos. En ese periodo, países como Estonia, Polonia, Chequia, Eslovaquia o Eslovenia, le han dado un vuelco a sus economías dentro de un clima de libertad. La propia España, que había prosperado notablemente durante la última etapa del franquismo, lo hizo mucho más con la democracia, como ha sucedido en Chile tras la desaparición de la dictadura de Pinochet.

 

Cuba puede tener un futuro espléndido, si sabe conquistarlo. Mirar a España, pese a los problemas por los que hoy, 40 años después, pasa la Madre Patria, sería una sabia decisión. Ésta es la lección que propició el seminario convocado por AIL.