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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Espías, demagogia y cintas amarillas

 

Hablar de “Los Cinco” para no hablar de bajos salarios o derrumbes

 

Eugenio Yáñez, en Cubaencuentro

 

 La última pirueta propagandística del régimen y sus jenízaros en el extranjero sobre los espías de la Red Avispa condenados en EEUU, que presentan como “héroes antiterroristas”, ha sido un llamado a portar cintas amarillas para reclamar su liberación.

 

Como los cubanos no tienen cintas amarillas -ni de ningún color- el gobierno las suministra, porque los reclamos son parte de un enorme circo con el que se pretende que se olviden escasez de alimentos, bajos salarios, doble moneda, epidemias, falta de viviendas, transporte que no aparece, pérdida de valores morales, fraude, corrupción, y golpizas a opositores.

 

¿Cómo puede quejarse el régimen de la doble moral de los ciudadanos y de que no sean honestos, si miente al llamar a sus espías luchadores antiterroristas. Intentar penetrar instalaciones militares como el Comando Sur y bases aéreas y navales no es espionaje, sino antiterrorismo, solamente en el país de las maravillas de Alicia o en la propaganda elaborada en el Macondo tropical de la finca de los hermanos Castro, llamada también República de Cuba.

 

Por mucho menos que los espías de la Red Avispa, y en ningún caso por actividades violentas ni comparables en intención, acción o resultados con la de los espías, 75 cubanos fueron encarcelados durante la Primavera Negra de 2003, tras juicios sumarísimos sin garantías, que duraban pocas horas, donde fueron condenados a penas de hasta 28 años de prisión por “delitos” tales como tener un equipo de fax o una cámara fotográfica común en su casa. Esa es la justicia del castrismo.

 

¿Qué moral tiene para reclamar la libertad de sus espías capturados, confesos y convictos, el gobierno que durante más de medio siglo ha encarcelado injustamente a miles y miles de cubanos en las peores condiciones penitenciarias? ¿Qué moral para pretender que un país viole sus propias leyes por complacer a un gobierno extranjero que siempre se ha empeñado en hacer el mayor daño posible a Estados Unidos? ¿Qué moral para quejarse de las condiciones carcelarias de sus espías? Si parecen estar en hoteles de cinco estrellas cuando se compara con las prisiones cubanas donde purgan condenas los prisioneros de conciencia del castrismo. El primer espía que cumplía condena, todavía en libertad condicional, recibió dos permisos de las autoridades norteamericanas para visitar Cuba por asuntos familiares. Nunca La Habana ha concedido tal privilegio a nadie.

 

La batalla que el régimen pretende ganar en el plano emocional con demagogia, o con cansinas reiteraciones sobre supuestas arbitrariedades legales, y que siempre encuentran acólitos en el resto del mundo para repetirlas y mantener activa la cantaleta, no tiene futuro práctico, pero se utiliza para entretener a los cubanos de la Isla y desviar su atención de acuciantes problemas que les afectan diariamente, para los cuales el gobierno no tiene soluciones.

 

Es cuestión de realpolitik. En las relaciones entre países, en todo momento y en todas partes, no hay que tener razón -aunque el régimen tampoco la tiene en este caso- sino capacidad para lograr resultados. Para exigir algo a un país es necesario contar con fuerza suficiente para que el otro tenga que ceder, o de lo contrario ofrecerle algo a cambio para que conceda lo que se pide. Un quid pro quo, aunque los guerreros de la brigada castrista digital que entrarán a comentar no sepan el significado de esa frase.

 

La Habana ni tiene fuerza para obligar a Washington a complacerle, ni ofrece nada atractivo para los objetivos americanos. Intentó negociar prisioneros de la Primavera Negra por sus espías, sin resultado. Después detuvo y condenó injustamente a quince años de prisión al norteamericano Alan P Gross para negociarlo, también sin resultados.

 

El régimen no logrará sus caprichos con demagogia, escándalo, canciones y cintas amarillas. Lo que gasta en propaganda y demagogia en este tema podría destinarlo, por ejemplo, para importar leche en polvo. Porque los niños cubanos, aunque cumplan siete años, tienen derecho a tomar leche, como los espías presos en Estados Unidos.

 

Si de verdad al régimen le interesa negociar a sus espías, por las calles de Cuba pasean tranquilamente decenas de delincuentes norteamericanos reclamados por la justicia de Estados Unidos, no por motivos políticos ni por “antiimperialistas”, sino por hechos de sangre y delitos comunes condenables en cualquier lugar del mundo. Podrían ser una oferta interesante a negociar con Estados Unidos alrededor del tema de los cinco espías, (que ya son cuatro en estos momentos).

 

Sin embargo, es difícil que veamos eso. Los espías le convienen más al régimen en cárceles de Estados Unidos que en la calle. Y como hay condenas largas, el gobierno cubano supone que tendrá asegurada propaganda y demagogia por mucho tiempo.

 

Aunque, en realidad, no sería de extrañar que la dictadura termine antes que los espías cumplan sus condenas. Porque en un caso existen hasta dos de cadena perpetua.

 

Y por muy optimistas que sean los Castro y su camarilla, no creerán ser inmortales.