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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

¡Eso sí que no!

 

Miriam Celaya, SinEVAsión 

 

El pasado martes 12 de junio fue para mí un día de gestiones personales bajo el tórrido sol habanero, el denso smog de las avenidas y la habitual suciedad de las calles. Uno de esos días que resultan doblemente agotadores debido a la lentitud del ritmo en que se mueve la vida en la Isla, lo pedestre de cualquier trámite y la irritación de la gente bajo el verano abrasador que nos hace desear no haber salido de casa, así que me sentí punto menos que bendecida cuando a la caída de la tarde logré abordar un almendrón repleto, de regreso a mi refugio doméstico.

 

Como es aquí costumbre y folklore, los pasajeros venían haciendo su catarsis cotidiana con las quejas sobre multitud de pequeños y grandes males: el pésimo servicio del transporte público, el sofocante calor, el costo de la vida, la mala cosecha de papas, que “en este país no hay quien viva”, etc. Nuestro chofer, sin embargo, parecía decidido a mantener un buen talante y ante cada queja tenía una respuesta optimista y comprensiva.

 

Era un hombre de unos 50 años y parecía saberlo todo, como si poseyera el don de la filosofía universal. ¿Calor? “Pero señora, deberíamos sentirnos felices por este clima. ¿Usted no sabe que hay países en que la gente se muere por olas de calor o, al contrario, por olas de frío?”. ¿Malo el transporte? “Sí mi amigo, pero siempre en caso de apuro aparecen por lo menos 10 pesitos para coger un carro, ¿verdad?”. ¿Las papas? “Sí hay, lo que pasa es que las están guardando en los frigoríficos para que no se pudran en el campo con la temporada de lluvias”. ¿Los precios altos? “Bueno, ahora están haciendo un estudio para subir los salarios, ¿sabe?”. ¿El país? “Es el mejor del mundo. Aquí cualquiera le tiende a uno la mano y la gente te ayuda. En los demás países te puedes morir y no hay quien te tire un cabo”. Parecía que aquel chofer, además de filósofo, era un connotado viajero y experto conocedor del mundo.

 

Pero en definitiva me asombraba la capacidad infinita de aquel hombre para apaciguar los ánimos exaltados y tratar de extender un clima positivo en el interior de su vehículo. Creo que yo en el fondo hasta lo justificaba; debe ser terrible pasarse toda la jornada escuchando gratuitamente las quejas y las inconformidades de todo el mundo, por muy rentable que sea el trabajo de un chofer de almendrón.

 

Y así seguimos, en un equilibrio entre los contrariados y el pacificador, hasta que llegamos a la Esquina de Tejas y la luz roja del semáforo nos detuvo. Entonces el chofer detectó en un portal cercano un cortejo de perros callejeros: una perrita en celo y una cohorte de pretendientes olisqueándola ansiosos, mientras un perro macho se entretenía a su vez en olisquear a los otros perros, ignorando olímpicamente a la hembra. Inesperadamente el chofer estalló y comenzó a gritarle al perro en cuestión: “¡A la hembra, so maricón, a la hembra!”, y volviéndose hacia los atónitos pasajeros, rojo de rabia, casi nos gritó a nosotros: “¡Ahora resulta que la mariconería se ha puesto de moda y hasta los perros están en eso! ¡Y eso sí que no lo aguanto yo! ¿A dónde vamos a parar en este país?”. Resoplaba lleno de furia auténtica y aceleró violentamente cuando el semáforo cambió a verde.

 

Había desaparecido de un golpe el sosegado filósofo y emergía un homófobo iracundo capaz de tolerar cualquiera de los múltiples problemas que aquejan la vida del cubano común, pero no el derecho de las personas (ni de los perros, obviamente) a elegir su propia sexualidad. Felizmente ninguno de los pasajeros apoyó su discurso y un pesado silencio se instauró en el carro hasta que, llena de infinito alivio, yo me bajé en la esquina de Infanta y Carlos III. No me despedí.

 

Créanme, amables lectores, que este es un testimonio fielmente tomado de la vida real.