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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Esclavos de bata blanca

 

Daniel Morcate, El Nuevo Herald

 

Los primeros llegaron sonrientes y agitando con alarde banderas de Cuba y Brasil. Y no es de extrañar. Algunos eran policías disfrazados de médicos. Otros eran médicos con batín y todo –los primeros galenos en la historia que así viajan, cortesía de la falta del sentido del ridículo que caracteriza a la familia Castro– que atrás han dejado la isla del espanto y por delante ven un mar de posibilidades: de vivir con libertades nunca antes disfrutadas, de alimentarse y vestirse mejor, de ayudar a los parientes que se quedaron en Cuba y, si los dioses cariocas les sonríen, puede que hasta de “desertar”. Eran la avanzada de un contingente de 4000 médicos cubanos que en Brasil trabajarán en pueblos remotos, entre gente pobre, desvalida, olvidada; y que a su arribo se dieron de bruces con una polémica nacional que necesitaba ese país.

 

Brasil había postergado durante años una discusión seria sobre cómo superar la escasez de médicos que golpea principalmente a humildes residentes de provincias. El país cuenta con 1.8 médicos por cada millar de habitantes, en comparación con 3.7 en Uruguay, 3.2 en Argentina y 4 en España, que también los está exportando por culpa del paro y la inopia que se ha adueñado de la sociedad española en crisis. La inmensa mayoría de los médicos brasileños atiende a las densas poblaciones urbanas, donde están los mejores recursos y probabilidades de prosperar. Y sucesivos gobiernos han hecho poco por estimular el estudio de la medicina y el ejercicio de tan vital profesión en el campo. Lo que ahora ha disparado las alarmas es la decisión de Dilma Rousseff de afrontar un problema con otro: el uso de médicos cubanos que trabajarán en condiciones de moderna esclavitud, si se me permite el oximorón.

 

En un principio, el gobierno brasileño solo iba a contratar cubanos. Pero protestas del gremio y la oposición lo obligaron a incluir a última hora a millares de portugueses y españoles. Sin embargo, solo a los cubanos no les pagará directamente el sueldo equivalente a $4080 mensuales. El dinero se lo entregará al régimen de los Castro que hace el mismo arreglo amañado con todos los países a los que envía “internacionalistas”, como Venezuela y Bolivia, para explotarlos a su antojo. El ministro de salud brasileño, Alexander Padilha, tiene los bemoles de admitir que no sabe cuánto le pagará La Habana a cada enviado. Y evidentemente tampoco le importa. Como no le importa a su gobierno que el régimen castrista restrinja el movimiento en Brasil de los profesionales cubanos y les exija entregar sus pasaportes a comisarios políticos. Al contrario, Rousseff y sus asesores ven con beneplácito tan arbitraria disposición. Contagiados ya de estalinismo, anunciaron que denegarán cualquier solicitud de asilo que hagan. Y que los deportarán sin contemplaciones a la isla si se atreven a hacerlo.

 

El cinismo con que el gobierno brasileño está manejando el asunto de los médicos cubanos pone en entredicho sus intenciones humanitarias. Líderes de la oposición me aseguran que un objetivo inconfeso de la presidenta Rousseff es apaciguar a la inquieta extrema izquierda –la misma que hostigó a Yoani Sánchez durante su visita a Brasil– tirándole un cabo económico y propagandístico al régimen castrista al que le unen lazos afectivos. “Los contratos de los médicos cubanos”, advierte la Federación Nacional de Médicos brasileños, “tienen características de trabajo esclavo y solo sirven para financiar al gobierno de Cuba”. Acusación que adquiere graves matices cuando el propio abogado general de Brasil, Luis Inacio Adams, amenaza a los cubanos con que “no tendrán derecho a reclamar” porque, si lo hacen, “probablemente serían devueltos” a su país.

 

De esta forma los gobiernos castrista y brasileño se coluden sin escrúpulo para explotar a miles de personas, aprovechando su indefensión y sus anhelos de venderle el cajetín a la isla de los Castro. Solo grupos de derechos humanos, de Brasil y otras partes, podrían impedirlo, vigilando de cerca la situación. Y también Estados Unidos, extendiéndoles a los cubanos el derecho de asilo que ya les otorga a sus colegas que abandonan similares misiones semiesclavas en los “hermanos” países de Venezuela y Bolivia.