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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

 Equilibrio engañoso

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

A primera vista se diría que en Cuba nada cambia. El sistema parece seguir tranquilamente su marcha inexorable hacia un desplome que, no obstante, tal como el futuro prometido por la revolución difunta, no acaba de llegar. La gente continúa entregada a todo lo relacionado con las tres ocupaciones nacionales de mayor prioridad: la subsistencia, las ilegalidades y la emigración, sumidas en un cauce de apariencia inalterable en el que cada parte trata de alcanzar sus propias metas, como si fueran independientes unas de otras… Como si realmente lo fueran.

 

Durante los últimos cuatro años el gobierno cubano ha establecido el método de ganar tiempo perdiéndolo. Quizás este ha sido el único aporte político del General-Presidente: una fórmula que se basa en la acumulación de experimentos dimanados de un grupo de reformas y contrarreformas destinadas a crear una expectativa de cambios económicos sin llegar a cambiar esencialmente nada, mientras el tiempo transcurre y la situación continúa deteriorándose.

 

Lo más parecido a un programa de gobierno en las últimas décadas quedó refrendado en unos lineamientos en los que pocos creyeron y que ya nadie parece recordar (incluyendo al propio General R. Castro), cuya “implementación” han sido algunos engendros incompletos e insuficientes tales como la entrega de tierras en usufructo a los productores agrícolas, el otorgamiento de licencias a trabajadores por cuenta propia, la aprobación de la compraventa o donación de viviendas y automóviles a particulares y la ampliación del uso de la telefonía móvil, entre otras maromas. El más reciente y espectacular libretazo oficial ha sido, sin dudas, la llamada “reforma migratoria”, una especie de mito que se ha enseñoreado de amplios sectores de la población cubana, ávida de emigrar, truco mediante el cual el gobierno pasó la pelota al terreno opuesto: a partir de enero de 2013 el cubano común que se porte bien podrá viajar sin requerir el humillante permiso de salida, en su lugar solo debe solicitar el carísimo pasaporte. Después, todo dependerá de que el país potencialmente receptor le extienda visa. Habilidad y torpeza combinadas en otro perverso juego por mantener el equilibrio sin dejar el poder.

 

Sin embargo, el vértigo que acaso debería producir semejante cúmulo de “cambios” en un país cuyo signo característico permanente ha sido el inmovilismo, tuvo un efecto apenas momentáneo. Si bien algunos periodistas y visitantes foráneos creen ver en las medidas oficiales y en los numerosos timbiriches y carretillas callejeras una señal de progreso para los cubanos o una apertura que conduzca a la democratización de la Isla, lo cierto es que no se han producido verdaderas transformaciones que redunden en una mejoría de la vida, en el aumento de la capacidad de consumo de la población o en un crecimiento económico palpable, por no mencionar el tema de los derechos. La breve burbuja de esperanza de los proto-empresarios de timbiriche se ha desvanecido ante la realidad: la prosperidad es un delito en Cuba.

 

Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho que la producción agrícola sigue siendo insuficiente por las numerosas trabas que se imponen al campesino (incluidos los impagos de los contratos por parte de las entidades oficiales, o los continuos atrasos en los mismos, los obstáculos burocráticos, la falta de garantías al productor, la escasez de insumos, etc.), mientras la proliferación de vendedores por cuenta propia que se dedican a la comercialización de estos productos, lejos de propiciar un descenso de los precios de los productos del agro –como ocurriría en un mercado saludable y normal–, ha traído una elevación desmesurada de los mismos, contrayendo el poder adquisitivo de la población, en especial la de menos ingresos. La fórmula es bien simple: aproximadamente la misma cantidad de productos y de consumidores, más un aumento del número de vendedores, implica una descontrolada elevación de los precios en un país en que el Estado es incapaz de satisfacer siquiera los mínimos requerimientos de alimentación de la población más frágil y dependiente, mientras los salarios y pensiones son puramente simbólicos.

 

El tema de las compraventas de viviendas resulta uno de los más sensibles debido al estado crítico del fondo habitacional y a que centenares de miles de familias carecen de un hogar propio. Cierto que ahora cada propietario puede vender su casa, pero la dificultad estriba en que pocos cubanos sin techo están en capacidad de adquirir ni siquiera el más modesto apartamento, a pesar de que en comparación con los precios de las viviendas en otros países, los cubanos pueden considerarse mayoritariamente “módicos”.

 

Similar cuadro se presenta en el resto de las actividades “liberadas” en virtud de las llamadas reformas gubernamentales. De hecho, cada “liberalización” trae implícito el encarecimiento de la vida y amplía el sisma entre los nuevos ricos y los más desposeídos, lo que constituye la demostración de que el problema de Cuba radica en la esencia misma del sistema. Nada va a cambiar en tanto no cambien los principios sobre los que se sustenta el poder; en consecuencia, no ha de ser el gobierno quien promueva los cambios que necesita el país porque cambiar lo que debe ser cambiado implicaría la desaparición del régimen.

 

A pesar de que este es un principio lo suficientemente sencillo como para explicar a la vez el fracaso del llamado socialismo cubano, el afianzamiento del capitalismo de Estado establecido por la misma clase y los mismos sujetos “comunistas” artífices del engendro nacional de más de medio siglo, así como  la permanencia y agudización de la crisis socioeconómica, existe una suerte de delicado equilibrio sustentado en ciertos factores clave que han impedido un estallido social, entre los cuales resultan significativos: el estado de pobreza permanente que limita de manera palmaria las expectativas de grandes masas que prefieren el escapismo o la supervivencia antes que asumir los riesgos del enfrentamiento al poder o de –al menos– no hacerle el juego ; la carencia de cultura cívica de la población; la todavía escasa manifestación de grupos de la sociedad civil independiente y su limitada –aunque creciente–  influencia social; el uso de los cuerpos represivos para hostigar toda manifestación de libertad; y el monopolio de los medios de difusión y comunicación por parte del gobierno.

 

No obstante, tal equilibrio en una realidad sobresaturada de frustraciones podría precipitarse en un momento impreciso. Basta que una de las partes exceda los límites para que el panorama de transforme. Sobre todo teniendo en cuenta que el descontento es cada vez mayor y las frustraciones largamente contenidas son una bomba de profundidad en una sociedad sesgada por las fracturas y las desigualdades. No se trata solo del crecimiento constante de la disidencia interna y de otros sectores críticos al gobierno. La emigración, la corrupción, las ilegalidades y todas las manifestaciones de escapismo –incluyendo la apatía y la simulación–, son otras tantas formas de disentir que dominan hoy casi a la totalidad de la población cubana; una realidad que el gobierno conoce y pretende controlar aplicando el rigor de los represores: persecución política a los activistas cívicos a través de los esbirros de la llamada Sección 21; persecución económica a los productores y comerciantes independientes a través de los inspectores corruptos de la Contraloría.

 

La frustración creciente en la Isla es la Hidra de siete cabezas que acecha entre las grietas oscuras de una estructura que se sostiene por estática milagrosa y cuyo equilibrio debería ser ahora mismo la mayor preocupación del General.