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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Entre Nelson Mandela y el apretón de manos

 

No puedo juzgar a Mandela por el juicio que emitió sobre el exilio cubano de Miami durante su visita a la isla

 

Alina Fernández Revuelta, en Diario Las Américas

 

Llevo días leyendo sobre Nelson Mandela para hacerme una idea justa del hombre que acaba de morir. Creo que la grandeza del espíritu se expresa en el refinamiento del carácter. La grandeza de Mandela consistió en entrar a la cárcel como guerrillero rabioso y salir casi 30 años después convertido en un líder unificador y pacifista.

 

Perdida andaba yo en esas consideraciones entre lo humano y lo divino, esperando el funeral, pensando también en esta ocasión tan única en la que el primer presidente negro de Estados Unidos asiste a rendirle tributo al primer presidente negro de Sudáfrica. Ambos son hitos de la historia. Así que estaba inmóvil, hechizada delante de la pantalla. Hasta que aparece al fin el el Presidente Obama. Sube una escalera dando brinquitos, como quien va apurado a una cita feliz. Llega a destino.

 

Anticipo la imagen del presidente sudafricano Jacob Zuma dándole la bienvenida. Zuma es el anfitrión de los ilustres invitados. ¿Y qué pasa? Lo inesperado,¡lo absurdo! Una de esas imágenes que uno piensa que esta soñando: la cara incrédula y enrojecida de Raúl Castro aparece en pantalla. Barack Obama, desde luego, le da la mano. Y desde ese momento, el funeral y el muerto pasaron a otra historia.

 

Resulta que las exequias de Madiba se han visto eclipsadas por la cara achinada del heredero del poder en Cuba y la inclinación, respetuosa, del presidente de Estados Unidos. Tiene que haber uno o varios responsables de un error semejante. ¿Quién se encargó del orden de precedencia entre los invitados? ¿Quién está a cargo del protocolo en la Casa Blanca? ¿Quién organizó el acto en Johannesburgo? ¿Cómo se llama el encargado de relaciones públicas de Obama? No he encontrado respuestas, solo dos voceros jovencitos negando desde el Capitolio que el asunto estuviese preparado.

 

No me lo creo. Algún genio de la táctica política, de esos que deben pulular alrededor de Obama, recomendó y propició que el Presidente saludara explícitamente y en primera instancia a los representantes de Cuba y de Brasil, aunque últimamente este último país solo ha tenido con Estados Unidos ligeras desavenencias relativas al jueguito del espionaje.

 

En una época en que el terrorismo es tecnológico y exquisito, no me creo que no se supiera de antemano hasta el material de las sillas en que reposarían, durante el acto, las nalgas presidenciales. Seguro que muchos perros y detectores de adminículos perniciosos revisaron la famosa silla hasta la saciedad, si no es que un agente la llevó desde el Air Force One minutos antes de que el Presidente le diera la mano al Gran Hermano.

 

Sillas aparte, a alguien se le ocurrió poner a Castro a la cabeza de los dignatarios dolientes, seguido de la señora Russeff, como para aquello de que es mejor matar dos pájaros de un tiro. A lo mejor este consejero en tácticas funerarias es el mismo que recomendó al intérprete que traducía los discursos para los sordos durante la ceremonia: el hombre ha confesado que recibe tratamiento por esquizofrenia y que durante la ceremonia oyó voces.

 

Respeto al presidente Obama. Pero le recomiendo que revise a su personal de apoyo. La humildad no es un juego. Es una condición reactiva. Esto me lleva al tema de inicio, la figura de Nelson Mandela.

 

Si miramos desde los ojos de Mandela, si miramos a Cuba y 1959, contemplamos a los barbudos entrando en la Habana. La Revolución no tenía ni cuatro meses de nacida y ya estaba en proceso de exportación. En 1960 Mandela recorrió su continente buscando ayuda contra el apartheid. No sorprende que cuando decidió “autodefenderse” en el juicio en que lo acusaban de sabotaje y traición, Mandela se inspirara en Fidel Castro y en su discurso “La historia me absolverá”. No obstante el juez Percy Yutar lo condenó a cadena perpetua. Mandela estaba en la cárcel cuando empezó la ocupación cubana en Angola. Debe haber seguido el proceso desde la celda.

 

La Guerra de Angola para nosotros, los cubanos, fue la confirmación del absurdo histórico en el que subsistíamos: una isla hambrienta de 11 millones de habitantes, cuyo prócer predicaba desde la televisión, contra la injerencia imperialista en otros pueblos.

 

Fidel Castro se fue, como Mambrú, a la Guerra… Recién liberado, Cuba fue uno de sus primeros destinos. Estamos ya en 1990. Mandela se baja del avión. Espigado y como ajeno. En su primera conferencia de prensa en la Habana, agradeció a Fidel Castro, casi, la libertad del continente. En eso de que Cuba fue útil especialmente en África, Mandela no se equivocaba. Hay que reconocer la astucia política de Fidel Castro, quien supo apropiarse de la circunstancia histórica para intervenir, de diferentes formas, en todas las guerras y guerrillas independentistas que se gestaron en el siglo XX.

 

Por eso, no puedo juzgar a Mandela por el juicio que emitió sobre el exilio cubano de Miami durante su visita a la isla. Mandela arremetió contra unos cubanos que en 42 años de apartheid en Sudáfrica, según él, no habían hecho ni un gesto en contra del gobierno de Pretoria. Acusó a los exiliados de alinearse con los imperialistas y dejó claro que el exilio de Miami no había luchado contra el racismo en África como lo había hecho Fidel Castro… Pero metió la pata. Dijo que el exilio de Miami se había callado contra el apartheid durante 42 años.

 

No puedo criticar a Mandela por su confusión. Nadie le preguntó, a santo de qué, unos pobres cubanos que lo perdieron todo tenían que reclamar que se hiciera justicia en otro continente. ¿Acaso había él predicado, vivido y actuado por algo que no fuera el apartheid? Las metas que nos ponen a sudar sangre, a decapitar los egos, no se alcanzan con gestos de juguete de cara al público. Vienen de un tremendo trabajo interior que a veces nos deja vencidos a mitad del camino.

 

Espero que la causa de mi país no quede en un apretón de manos en mal momento. Ni en una fecha mal aprendida. Ni en un calificativo hiriente.