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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Engáñame bien chaleco…

 

César Reynel Aguilera, El Blog de César Reynel

 

Leer biografías de comunistas es una de las tareas más aburridas que hay. Para encontrar un dato valedero hay que aguantar páginas y páginas de diatribas pseudo-intelectuales, votos de fidelidad a la causa, consignas, golpes de pecho y cuanta palabra se necesite para demostrar que lo inviable pudo existir y la derrota fue victoria. Es como leer vidas de santos, pero sin la dulzura y el consuelo del más allá.

 

De vez en cuando, por suerte, se encuentran excepciones. Una de ellas es el libro “La otra cara del combate”, escrito por Luis C. García Gutiérrez —conocido como Fisín—, un dentista que fue miembro de la Comisión de Habilitación del Partido Socialista Popular y tuvo a su cargo, desde los años cuarenta, una buena parte de los trabajos de enmascaramiento —y cambios de fisionomías— requeridos para mover a la alta jerarquía del P.S.P. dentro y fuera de Cuba.     

 

Uno de los capítulos más hilarantes de ese libro es el que describe la salida clandestina de Cuba, en el año 1957, de Alfredo Guevara. Yo conocía  esa historia; y quizás por eso me hicieron reír tanto las trece páginas de esa entrevista cantinflesca en la que Alfredo, como era su costumbre, lo dice todo para que no se entienda nada. Esa era una de sus artes: la de diseminar sus verdades dentro de una palabrería que obligaba, con paciencia arqueológica, a entresacar frases y oraciones para así poder reconstruir, con un poco de suerte, el sentido real de tanta verborrea.

 

La entrevista con Fisín es un ejemplo de eso. Hay que aguantar trece páginas de “saltapatrás” y “tirayencoges” antes de encontrar las frases que esclarecen la historia. Las más importantes son: “resultaba ridículo que yo aceptara el asilo después de criticar esa costumbre… Y así se determinó hacer una salida riesgosa, pero más digna… ponerme en tus manos, Fisín… Más que cambiar la imagen física se trataba de armarme psicológicamente… En realidad, me enseñaste a caminar distinto… acabaste con el hábito de tener el saco siempre por encima de los hombros… Yo usaba una ridícula raya a la izquierda y me peinaste hacia atrás… Me pusiste, también, unos espejuelos. Es decir me cambiaste, pero sin cambiarme, sin “disfrazarme”.

 

Y yo leyendo y riendo y acordándome de un viejo comunista contando en el comedor de mi casa la historia de aquel “enmascaramiento” de Alfredo. Del saco puesto como se ponen los sacos, de los espejuelos sin aumento, del cambio de peinado y de la orden dura e inapelable: tienes que caminar como un hombre, coño, si caminas como una dama y te meneas como una campana pidiendo su badajo los esbirros del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) te van a identificar antes de que entres en el aeropuerto. Así que ya sabes, macho ahí, y no hay dios que te identifique. Así fue, Alfredo fue macho por unas horas y salió por el aeropuerto de Camagüey sin el más mínimo de los contratiempos. Se exilió digna y heroicamente.

 

Hace unos días murió.

 

Que nadie se llame a engaño, fue un hombre valiente. Aquella salida clandestina fue después de haber sido detenido y torturado… y no habló… y tenía mucha información. Ahora está muerto y el recuerdo de su vida queda dominado por su desempeño como presidente, casi vitalicio, del ICAIC. Un cargo y un recuerdo que opacan, o esconden, al verdadero Alfredo Guevara, una responsabilidad que es consecuencia de lo que podríamos llamar su verdadero talento, o genialidad.

 

Alfredo fue un político extraordinariamente hábil, un líder estudiantil que logró, guiado por Flavio Bravo y ayudado por Lionel Soto, regresar a los jóvenes comunistas de la Universidad de La Habana a aquel esplendor que habían perdido con la muerte de Mella. Al mismo tiempo Alfredo organizó, junto con Soto, todo un sistema de seducción, selección y reclutamiento en los predios de la Universidad. Los jóvenes eran atraídos hacia las organizaciones pantallas del Partido (la más famosa fue la Sociedad Nuestro Tiempo) y a partir de ahí eran “trabajados” con vista a su reclutamiento, ya fuera como miembros públicos o secretos de la organización. El propio Alfredo fue, durante algún tiempo y por órdenes del Partido, un miembro secreto de la Juventud Socialista.

 

Fue gracias a esa condición de miembro secreto que Alfredo pudo hacer uso y desarrollar su extraordinario talento para eso que en el argot de las organizaciones clandestinas se conoce como un “agente apuntador”. Una persona que sin presentarse como miembro de una organización trabaja constantemente en la identificación de objetivos susceptibles de ser reclutados por la misma. Su trabajo es ganar la confianza de esos objetivos y obtener, sin delatarse, toda la información que pueda ayudar al reclutamiento. Alfredo fue un genio haciendo eso, y si miramos con atención podemos darnos cuenta que una buena parte de esa genialidad se debe a la extraordinaria capacidad que tuvo para identificar y “trabajar” a esos talentos que viven rodeados por unos egos gigantescos y enfermizos.   

 

Eso fue Alfredo, un cultivador de egos, un jardinero de megalomanías.

 

La flor más famosa de su jardín fue el propio Fidel Castro, un guajiro bruto e impopular, un aprendiz de revolucionario con un complejo de grandeza tan patológico que sólo atraía burlas y desprecios. Hasta que cayó bajo las artes de Alfredo y fue pasando, poco a poco y sin darse cuenta, de guajiro a habanero, de tira-tiros a revolucionario, de abusador a líder y de tonto memorioso a intelectual. Todo eso sin que su desmesurado ego le permitiera pensar que había tenido un hacedor, un alquimista dulce y femenino que lo fue llevando, con paciencia y discreción, hasta convertirlo en eso que sus ínfulas ya le habían anunciado como un destino inevitable.

 

Después del triunfo de la revuelta castrista Alfredo Guevara, ya con más poder e información, siguió ocupándose de darle “tratamiento” a esos talentos que, a pesar de ser reales e inobjetables, insisten en amplificarse bajo el lente de unas megalomanías insufribles. Cuba, ya sabemos, es un yacimiento infinito de egos desmesurados. No es casual entonces que muchos cineastas, poetas, escritores y artistas plásticos que vivían y viven patológicamente convencidos de sus grandezas, hayan terminado comiendo de la mano de Alfredo Guevara.

 

Un caso muy conocido es el de Silvio Rodríguez, una mezcla de poeta de segunda clase con músico de tercera que —insatisfecho con ser un trovador genial— quiso ser Don Juan, intelectual cuasi filosófico, líder de una estética, conciencia de una generación y revolucionario en busca de una bala que nunca alcanzó a convertirlo en pasquín de camiseta.

 

Alfredo analizó al muchacho, le vio potencial, supo que Papito Serguera no se molestaría mucho con su papel de policía malo, y decidió protegerlo. Se lo llevó para el ICAIC, le puso a Leo de profesor, dejó que grabara sus cosas, y esperó con paciencia a que aprendiera a  vivir como le cuadra a un hombre despierto, o sea, como diputado y empresario.

 

Y ahí está Silvio, como otros más, sin saber —o sin querer saber— cuánto le debe de su grandeza a un hombre que era capaz de mirar a los egos ajenos como miraba Miguel Ángel a sus bloques de mármol.

 

Qué cosa fuera la maza sin cantera.