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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

En un país normal

 

Ariel Hidalgo, en El Nuevo Herald

 

Se supone que si un gobernante denuncia públicamente planes desestabilizadores contra su país y dos días después lanza un operativo para el arresto de los supuestos subversivos, los materiales incautados sean de cierto poder destructivo como armas y explosivos para actos violentos, ya sean atentados o sabotajes. Nadie podría pensar que los peligrosos equipos ocupados sean teléfonos y computadoras personales, y menos, juguetes. En un país normal -sobre todo si afronta serios problemas económicos-, el gobierno agasajaría a los emigrados que envían juguetes de regalo a los infantes de su país de origen, con una recepción en la embajada y hasta condecorándolos, o al menos enviándoles una carta de agradecimiento. Nadie podría temer ser arrestado por regalar un juguete a un niño, y quienes se dedicaran a esta hermosa actividad caritativa, esperarían ser premiados con donaciones o préstamos para que continuaran realizando, más ampliamente, esas actividades humanitarias. ¿En qué país existe una ley que prohíba llevar la felicidad a los niños? Y si no existe, ¿con qué autoridad se procede al arresto y a la incautación de los regalos? En un país normal no se consideraría una desviación ideológica el derecho de los menores a poseer un juguete decente. Un niño no sabe qué es el “neoliberalismo”, pero nadie puede engañarlo acerca de si es bueno o no poder jugar con atractivos juguetes.

 

Se supone que en un país normal se considere bueno que la ciudadanía esté informada de lo que pasa en cualquier lugar del mundo y que procure que cada ciudadano posea una computadora con amplio acceso a internet, y si un extranjero distribuye celulares a toda una comunidad, sea honrado con gratitud en la casa de gobierno, se le entreguen las llaves de la ciudad donde se repartieron y se ponga como ejemplo para ser imitado por otros visitantes, y no acusado de espía, encarcelado y condenado a larga condena. Se supone que si en las estadísticas de los organismos internacionales un país aparece en los primeros lugares de acceso de la población a internet, sea motivo de alegría para el primer magistrado y no de profunda preocupación, y si aparece en los últimos, sea motivo de vergüenza y no de secreta satisfacción.

 

Se supone que en un país normal los activistas de derechos humanos no sean acosados por turbas, ni injuriados, ni arrestados, ni condenados al ostracismo, sino protegidos, elogiados públicamente en la prensa nacional, sus instituciones reconocidas legalmente, aunque fuesen independientes del Estado -como debe ser un verdadero comité de derechos humanos-, las puertas de los centros penales abiertas para ellos, se publiquen sus denuncias en la prensa nacional y demás medios oficiales, e incluso se les condecore y apoye generosamente con estipendios por auxiliar al gobierno a mantener a las máximas autoridades informadas sobre los abusos de poder de funcionarios o agentes contra cualquier ciudadano o residente del país y así poder tomar las medidas pertinentes para la corrección y saneamiento de todas las instituciones públicas. En otras palabras, en un país normal no se encarcelaría al mensajero de los desafueros, sino en todo caso, a quienes dieron motivo para que el mensaje se redactara.

 

Y si no es como se supone que sea un país normal en todos los ejemplos mencionados, entonces algo muy anormal, y más que anormal, muy aberrante debe de estar ocurriendo en ese país.