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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

En Cuba no puede haber primaveras

 

Los intríngulis de la preparación de un congreso del partido en Cuba

 

Eugenio Yáñez, en Cubaencuentro

 

Dentro de algo más de un par de meses se celebrará el séptimo congreso-circo del partido comunista cubano.

 

En vez de especular o tratar de adivinar sobre lo que podría suceder, podemos remitirnos a experiencias anteriores, perfectamente documentadas. Y para eso nada mejor que el libro “En Cuba no hay primavera (diez años infructuosos pro-reformas)”, del cubano exiliado en España Manuel García Díaz, PhD en Ciencias Económicas, profesor en la Universidad de La Habana (1962-68 y 1986-91) y en la de Granada, España (1991-2010).

 

“Manolo” García hace más de cuarenta años formó parte de un selecto grupo de jóvenes economistas altamente calificados, conocido como “el Grupo de Humberto” (Pérez), que reportando directamente a Raúl Castro trabajó desde 1974 en la conceptualización, análisis y elaboración de documentos de reforma política y económica que deberían ser presentados al Primer Congreso del Partido Comunista. No se refiere a fuentes ajenas,  lecturas de documentos extraños o escucha de anécdotas imprecisas, sino a lo que él mismo vivió, disfrutó y sufrió mientras trabajó en ese “Grupo de Humberto”.

 

Años después tuve el honor de conocer a Manolo García y a muchos otros integrantes de ese selecto grupo, y disfrutar de trabajar juntos o de conversaciones con ellos donde era evidente la sólida formación y preparación de ese equipo. No abogaban por el regreso al capitalismo en la isla ni eran defensores de la economía de mercado o los principios de la democracia liberal, y no señalo esto como reproche sino como descripción. Buscaban cambios, como escribe Manolo, “en los marcos del socialismo, para crear una sociedad socialista más humana y democrática”.  Querían, de buena fe y con profundo entusiasmo y esfuerzo, transformar el anquilosado modelo económico soviético del posteriormente llamado “socialismo real”, ineficiente de por sí, y mucho peor de la forma que funcionaba en Cuba bajo los caprichos, megalomanía, improvisaciones y demagogia de Fidel Castro, que ya a esa altura acumulaba en su record, entre otros desastres, la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar, el Cordón de La Habana, la “ofensiva revolucionaria”, y las promesas de alcanzar 12 millones de cabezas de ganado vacuno en el país, medio millón de toneladas anuales de pescado, producir más leche y queso que Holanda, y construir más de cien mil viviendas por año.

 

Entre los documentos elaborados por el “Grupo de Humberto” se encontraba la propuesta de un nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE) que implicaba una profunda reforma de la política económica y un cambio sustancial en la política hacia los campesinos, todo fundamentado en una acentuada transformación del concepto de “propiedad” sobre los factores de producción. Vinculadas a estas innovaciones, que serían esenciales, estarían la creación de un nuevo modelo de organización de los órganos centrales, territoriales y locales de gobierno (Poder Popular), una nueva división político-administrativa del país (que pasaría de 6 a 14 provincias) y la reorganización de los organismos de la Administración Central del Estado (ministerios, comités estatales e institutos). El Grupo tendría que ver también con los aspectos del Informe Central vinculados a la economía, los fracasos económicos anteriores y las nuevas propuestas.

 

Otros temas a presentar al congreso del partido, como estatutos y vida interna de la organización, “trabajo político”, políticas sociales, y partes de la llamada plataforma programática no relacionadas con la economía, se trabajaron por otros equipos, independientes del grupo de economistas a que me refiero.

 

Contra reloj y a todas horas, el “Grupo de Humberto” trabajó sin descanso en oficinas del ministerio de las fuerzas armadas (MINFAR) analizando e intercambiando criterios, buscando consenso entre especialistas, y elaborando documentos que, tras ser aceptados en principio por Humberto Pérez, se sometían a Raúl Castro para aprobación. El hermano menor expresaba criterios, ajustes y cambios, y el producto era enviado al Comandante en Jefe, quien opinaba, recomendaba, rechazaba, modificaba, y era el encargado de su aprobación final.

 

Manolo García narra en detalle esos agotadores y creativos procesos durante meses donde los “brain storming”, encontronazos de opiniones y consultas, iban perfilando ideas y definiendo consensos que terminarían plasmados en documentos que, al final del camino, serían sometidos a los delegados al congreso del partido para su supuesta “aprobación”, aunque en realidad ya estarían aprobados por los hermanos Castro, como sucede siempre, y lo que se esperaba de los delegados, pura pantomima, era que unánimemente levantaran sus brazos para “aprobarlos”.

 

Y nos narra también la influencia perniciosa y actitud de retranca contra esas propuestas de reformas que encarnaba Fidel Castro con su desmedido ego y su patológica necesidad de controlarlo todo. Así, por ejemplo, la propuesta de que los cargos de Presidente del Consejo de Estado y Presidente del Consejo de Ministros no fueran ocupados por la misma persona ni siquiera se elevó al Comandante y fue rechazada por Raúl Castro, alegando que su hermano representaba “la revolución” y que ambos cargos en sus manos serían garantía de una conducción acertada.

 

Nos cuenta también cómo, por aquí y por allá, Fidel Castro torpedeaba propuestas, rechazándolas abiertamente o atiborrándolas de comentarios y “preocupaciones” para no sentirse comprometido con sus posibles resultados. O en último caso presentándose como ajeno a la propuesta para poder entorpecerla a su antojo posteriormente.

 

Los documentos elaborados fueron finalmente aprobados en diciembre de 1975 y debían ponerse en marcha de inmediato. Sin embargo, en el mismo acto de clausura del congreso Fidel Castro montó el show del “internacionalismo proletario” y la intervención militar cubana en Angola. De manera que, desde el comienzo, todo lo aprobado en el congreso se subordinaba a la tarea del “internacionalismo”, convertida en prioritaria.

 

Durante 1976 se establecieron los órganos del Poder Popular, la nueva División Político-Administrativa del país y la reorganización de la Administración Central del Estado, y comenzaría a establecerse y aplicarse el Sistema de Dirección y Planificación de la Economía. Humberto Pérez fue designado Presidente de la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), y varios de sus colaboradores en el grupo, entre ellos Manolo García, Vicepresidentes de la misma, o en cargos clave en otros organismos económicos. Como si, por fin, la economía fuera a ser tomada en serio por “la revolución”.

 

Sin embargo, no sería el final del comienzo, sino el comienzo del fin. Porque Fidel Castro era enemigo acérrimo de las reformas aprobadas, que a la larga limitarían su poder omnímodo y su estilo caótico y confrontacional. Como no le era conveniente oponerse públicamente, hizo como si estuviera de acuerdo y se “apartó” sibilinamente de las decisiones económicas, aunque continuamente ponía trabas y más trabas a su aplicación, mucho más a partir de 1980, como narra Manolo García. Ese proceso alocado y cavernícola terminó desatándose abiertamente en 1986 durante el embrutecedor “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”, que echó abajo lo establecido desde el primer congreso partidista y arruinó al país, mucho antes de la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. El aquelarre fue coronado con el absurdo slogan de “Ahora sí vamos a construir el socialismo”.

 

Fidel Castro acusó a los integrantes del equipo de Humberto Pérez de ser “…un grupo de tecnócratas, enemigos personales míos, que hundieron al país y no se pegan un tiro”. Era mentira, naturalmente, que hubieran hundido al país: intentaron salvarlo. Y si de pegarse un tiro por hundir el país se trataba, los dos primeros inmolados debieron haber sido los hermanos Castro.

 

Aunque algunos piensen que “En Cuba no hay primavera” trata lejanos eventos pasados y resultaría análisis forense, en realidad esta obra de Manolo García permite comprender perfectamente los intríngulis de la preparación del próximo séptimo congreso del partido, tener un punto de comparación para cuando se haga público ese documento-bodrio que llaman “Conceptualización del Modelo Económico Social Cubano de Desarrollo Socialista”, y definir con un poco más de precisión lo que pretende la pandilla gobernante con la “actualización del modelo”.

 

Y eso tenemos que agradecérselo a Manuel García Díaz y su elaborado recuento sobre aquellos “diez años infructuosos pro-reformas”.

 

Esta crónica se la debía a Manolo hace tiempo, desde que amablemente me envió su libro deseando que sirviera para reforzar mis “criterios sobre el monumental engaño que ya dura casi sesenta años”. Ahora es un magnífico momento para considerar estos temas, y que las trampas que preparan para el próximo congreso-circo, incluida una aparición casi cadavérica del Comandante, no nos sorprendan con cantos de sirenas o nos agarren desprevenidos.

 

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Manuel García Díaz: “En Cuba no hay primavera. 10 años infructuosos pro-reformas”. (2014). 356 páginas. Alexandria Library Publishing House, Miami. ISBN: 978-1495443091.