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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

El pregón, una tradición colonial que renace en Cuba

 

Sofia Gómez, AFP

 

La cubana Lyssett Pérez ha encontrado la clave del éxito para vender sus cucuruchos de maní en las calles de La Habana: el pregón, un método tradicional heredado de la colonia que ha reaparecido en Cuba con las reformas económicas de Raúl Castro.

 

“Algunos dicen que soy la única pregonera de La Habana, otros que me he comido el espíritu de Rita Montaner. No sé si será verdad, lo cierto es que mi trabajo lo hago con una sola cosa, amor, que es con lo primero que salgo a la calle”, dice Pérez.

 

Desaparecido en Cuba en 1968 junto con los comerciantes ambulantes, a partir de la llamada “Ofensiva Revolucionaria” de Fidel Castro que terminó con los pequeños negocios privados, el pregón está renaciendo con las reformas económicas del gobernante Raúl Castro y el retorno de los vendedores.

 

El arte de anunciar mercancías en voz alta en lugares públicos, con humor, elegancia y seducción, una tradición que refleja una riqueza poética y musical, según el etnólogo cubano Miguel Barnet, volvió a despertar después de décadas.

 

Pérez, una “negra, gorda y simpática” -como ella misma se define- recurrió a su modulada voz y a la famosa canción popular cubana “El Manisero”, que en los años 1940 inmortalizaron Rita Montaner, Nat King Cole y grandes orquestas.

 

Las altas temperaturas tropicales no afectan el ánimo de Pérez, siempre sonriente cuando algún turista le pide una foto, le pregunta cómo llegar a la Catedral, le solicita que cante mientras graba un video o la detiene simplemente para conversar.

 

“Con este trabajo he tenido mis beneficios: mantengo mi casa, pago mi licencia (de trabajo), hago muchas amistades -de Cuba y del mundo- y le puedo dar algunos gustos a mi madre que es el hijo que nunca tuve”, cuenta esta pregonera de 41 años.

 

Aunque desde hace tres años tiene permiso de “vendedora-elaboradora” de alimentos, llevaba 14 años ofreciendo productos de forma ilegal en las calles.

 

“En ese tiempo pasé mucho trabajo, andábamos siempre escondiéndonos de la policía, porque si nos atrapaban perdíamos la mercancía y nos ponían multas de 1,500 pesos cubanos (unos $62) y si eras reincidente de 4,000” ($166), relata.

 

Raúl Castro amplió el trabajo por “cuenta propia” hace tres años, por lo que ahora hay muchos cubanos vendiendo a pregón como Pérez. Esto la llevó a aprovechar su voz, y los conocimientos de canto adquiridos mientras estudiaba para ser educadora de párvulos, para atraer clientes y vender el maní.

 

Una amiga le propuso que cantara “El manisero”, lo que finalmente se atrevió a hacer un día en la concurrida calle peatonal Obispo de La Habana Vieja.

 

“Pensé que me iban a tirar piedras, pero no fue así, una avalancha de personas fue hacia donde estaba y enseguida vendí todo el maní”, recuerda.

 

Tiempo después Pérez tuvo la suerte de encontrarse con Eusebio Leal, que dirige la oficina del Historiador de La Habana, que ejecuta el millonario programa de preservación de La Habana Vieja.

 

“Fue como una bendición que me cayó del cielo. Él me agradeció por rescatar la tradición centenaria del pregón, pero me recomendó que creara un personaje, que me vistiera como las pregoneras de la época (colonial) y usara pañuelo y cesta”, señala.

 

Ese mismo día tomó todos sus ahorros y mandó a hacerse un traje. Hoy tiene 21 atuendos y el color de cada uno hace alusión a una de las deidades afrocubanas.

 

Por un cucurucho de maní Pérez cobra dos pesos a los cubanos y un dólar (24 pesos) a los extranjeros.

 

“No es lo mismo el salario de un cubano, que el del turista. Trato de ser justa”, explica.

 

Cuando niña Pérez jugaba a ser cantante y aeromoza, anhelos que en parte cree haber cumplido con su trabajo en las calles.

 

“Me paso el día cantando y aunque no me considero famosa, sí soy popular; y por otra parte, siempre que me siento con un extranjero a conversar le pido que me cuente de su tierra: con solo cerrar los ojos ellos me llevan a sus países”, dice.