Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

El New York Times y el castrismo

 

Sus editoriales, mezcla rara de conmiseración, desprecio y aires de superioridad, solo persiguen un fin: negocios

 

Miriam Celaya, en Cubanet

 

LA HABANA, Cuba.- La intensa batalla que se ha desatado en torno al tema del Embargo estadounidense, especialmente desde los editoriales del diario New York Times (NYT), demuestra que el castrismo no solo tiene brazos muy largos, sino que cuenta con fuertes aliados para consumar su transmutación de dictadura comunista a monopolio capitalista de Estado, manteniendo la misma oligarquía militar en el poder.

 

En el fragor del combate, parece haberse perdido hasta el sentido común. Si realmente el Embargo es una política obsoleta que no ha cumplido su objetivo de asfixiar a la dictadura cubana y que, en cambio, la legitima, ¿por qué esta clama tanto por su derogación, en particular en la última década? En el año 2008 el propio Presidente, Barack Obama, expresó, razonablemente, que la medida podría constituir un instrumento de presión sobre el gobierno cubano. Lo es, sin dudas, a pesar de todas sus limitaciones e implicaciones.

 

Otro acorde que no suelen tocar los editoriales del NYT es el hecho de que los motivos por los que se estableció el Embargo, esto es, la intervención y expropiación de las propiedades estadounidenses por parte del gobierno de Castro, sin las debidas compensaciones, todavía se mantienen, de manera que una supresión del Embargo deberá pasar antes por numerosas consideraciones, salvo que se quiera legitimar la impunidad de la parte cubana.

 

Desde luego, sería ingenuo y hasta romántico suponer que el NYT haya traicionado con esto algún tipo de principio ético-democrático. En realidad los grandes medios no son los paladines de la democracia que a veces nos gusta imaginar, sino que responden a intereses particulares de importantes grupos de poder político y económico. Como vocero capaz de mover la opinión pública, y obviamente beneficiario de esos intereses, el NYT está apostando duro junto al régimen castrista y seguramente junto a otros actores invisibles, por el levantamiento unilateral del Embargo, no porque sea un diario “socialista”, como suelen afirmar algunos, sino porque cuando se trata de ganancia$ desaparecen los escrúpulos y rigen las relaciones entre poderes. El capital no tiene ideologías.

 

No menos ingenuo resulta imaginar que los grandes medios reflejen las aspiraciones de los lectores o que éstos dicten las pautas. En realidad es exactamente al revés: la prensa influye sobre las masas actuando sobre la opinión de amplios sectores sociales, con tanta mayor fuerza cuanto mayor y más poderosa sea su capacidad de difusión. Los medios conocen al público lector y la manera de movilizarlo por una causa, incluso en sociedades donde existe libre flujo de información. Es en esa capacidad movilizadora donde estriba su poder, que ahora -justo cuando el Embargo podría verdaderamente constituirse en elemento de presión contra la dictadura cubana- parece tener entre sus prioridades más perentorias exigir su levantamiento.

 

Un viejo romance

 

En febrero de 1957, el periodista Herbert Lionel Matthews, del NYT, subió a la Sierra Maestra para entrevistar al joven Fidel Castro, para entonces un guerrillero sin guerrilla que había sobrevivido casi milagrosamente al desembarco -casi naufragio- del yate Granma frente a los manglares surorientales de Cuba, y había logrado reagrupar un puñado de seguidores, núcleo inicial de un “Ejército Rebelde” que apenas un par de años después entraría triunfante en la capital cubana para entronizar en el poder la más larga dictadura que haya conocido este Hemisferio.

 

Dicha entrevista, y la que realizó clandestinamente por esos días al líder estudiantil José Antonio Echeverría, dieron lugar a tres trabajos publicados por Matthews en el propio NYT, y sirvieron para desmentir las declaraciones oficiales de aquella otra dictadura, la de Fulgencio Batista, que negaban la presencia de rebeldes en la Sierra, y para apuntar el rechazo de los cubanos al régimen, en tiempos en que éstos tenían libre acceso a la información.

 

Aunque más tarde Matthews reconoció que en aquella memorable entrevista él ignoraba que el flamante ejército de Castro estaba formado por solo 18 hombres con unos pocos rifles, la divulgación resultó esencial para la consagración de lo que años después devendría mito: la revolución cubana, con amplio respaldo popular, y en particular la figura de Fidel Castro.

 

Vale apuntar que tanto Matthews como sus editores del NYT contaban con las cartas necesarias para el éxito editorial de la noticia: por una parte, se trataba de una innegable primicia; por otra, daba seguimiento a una saga que se había iniciado con el golpe de estado de Fulgencio Batista -sujeto que no contaba con la simpatía del gobierno estadounidense-, y continuaba con el asalto al Cuartel Moncada por parte de un grupo de jóvenes liderados por el propio Fidel Castro, el juicio de los asaltantes, la amnistía que les devolvió la libertad y, por último, el desembarco por Oriente y el establecimiento del foco guerrillero en la Sierra Maestra.

 

Nada tan afín al público norteamericano, culturalmente arraigado en leyendas de superhéroes justicieros, como la imagen de un ídolo aventurero y valiente capaz de asaltar una fortaleza militar, sobrevivir al castigo y a la prisión, regresar desafiando los embates del mar e internarse en un monte remoto, en medio de sacrificios y privaciones, para arremeter con un ejército de hombres justos contra el villano opresor.

 

De esta manera el NYT, quizás sin proponérselo, dio inicio a un largo y controvertido romance mediático que a lo largo de cinco décadas, y tal como correspondería a un viejo matrimonio, ha estado marcado por sucesivos períodos de disputas y reconciliaciones.

 

Ni amor ni odio: negocios

 

Cierto que el NYT apela a la sensiblería más barata cuando finge interés en la mejoría de las condiciones de vida de los cubanos. Es sabido que éstas no dependen directamente del Embargo, sino de la índole represiva y totalitaria del gobierno de la Isla. Tampoco sus editoriales están movidos por el odio, como gritan los más iracundos. Esa rara mezcla de conmiseración, desprecio y aires de superioridad solo persiguen un fin: negocios.

 

En rigor, se puede o no estar de acuerdo con el levantamiento del Embargo. Lo perverso en este caso son los argumentos que presentan los partidarios de su levantamiento incondicional -y quizás esta palabra, “incondicional”, es la clave esencial del asunto-, porque en los últimos años el Embargo no ha hecho más que flexibilizarse en beneficio no solo de los cubanos de ambas orillas, sino con pingües ganancias para el gobierno.

 

Huelgan ejemplos de ajustes al espíritu original de la draconiana medida, como el aumento de las remesas, la compra directa de alimentos a productores estadounidenses, las conversaciones entre ambos gobiernos con la firma de acuerdos en temas relacionados con el control y persecución del tráfico de drogas y humano, correos, los intercambios académicos y hasta la visita de turistas estadounidenses a la Isla.

 

En lo tocante al turismo, el flujo de clientes estadounidenses ha ido aumentando desde aproximadamente cuatro o cinco años atrás a través de vuelos chárter de compañías cuyas oficinas operan tanto en EEUU como en Cuba. De la afluencia de turistas norteños soy testigo puesto que un paquete de ellos utilizó el mismo vuelo que yo -K8 426, Atlantic Airlines, correspondiente a las 10:00 am del domingo 26 de octubre de 2014- para arribar desde Miami hasta La Habana. La compañía se denomina Xael, y se especializa en esos vuelos directos que, dicho sea de paso, aplican a los viajeros cubanos un excesivo impuesto arancelario al más puro estilo castrista.

 

Por su parte, el régimen cubano que siempre ha fomentado una relación tirante con las autoridades estadounidenses, en particular con el NYT y con todos los grandes medios de prensa de ese país, continúa comportándose como la amante despechada que en público -léase en escenarios como la ONU, la OEA, y otros de la política internacional- mantiene un discurso ácido y acusatorio contra el gobierno de EEUU; mientras en privado busca canales secretos para comunicarse con aquel y coquetea con “el enemigo” a espaldas de los gobernados.

 

Y esta es la jugada más pérfida, porque tanto la oligarquía Castro como el lobby anti-embargo pretenden hablar en nombre de los cubanos, quienes jamás han sido convocados para debatir abierta y libremente sobre sus puntos de vista acerca del tema, pese a que han soportado por más de medio siglo el peso del bloqueo impuesto hacia dentro de Cuba por la satrapía verde olivo y que no guarda relación alguna con el Embargo estadounidense.

 

Ahora el NYT considera oportuno “ponerle fin a la era de enemistad con Cuba” y declara que esto “representa la mejor oportunidad para fomentar un futuro más próspero en la isla”. Y no es que los señores editorialistas ignoren la vileza que supone proponer una “prosperidad” en ausencia de libertad; sino que sencillamente no les importa. Lo verdaderamente importante para ellos son “las oportunidades que una expansión del comercio, comunicación y relaciones interpersonales representaría para empresas norteamericanas y cubanos en la isla”.

 

Como “cubanos en la isla” debemos asumir al privilegiado grupo empresarial de Miami que ha manifestado sus intenciones de invertir capital en Cuba, aun a despecho de la exclusión que sufren sus compatriotas de acá, y de las leoninas condiciones de contratación sancionadas en el nuevo Código Laboral, que violan de manera flagrante no solo los derechos laborales de los trabajadores cubanos, sino las propias leyes estadounidenses que condenan el trabajo en condiciones de esclavitud o semi-esclavitud, y que los aspirantes a empresarios estarían violando. Un pequeño detalle que el NYT omite conveniente y discretamente.

 

Pero quizás lo más lamentable de todo este circo Embargo vs. Anti-embargo es que una vez más los temas más raigales que pudieran definir en gran medida el futuro de Cuba y de los cubanos se debate, no en la Isla -pese a que actualmente vive su fiesta “democrática” en otro inservible proceso de Rendición de Cuentas a nivel de vecindario, lejos de los devaneos amorosos del NYT y del Palacio de la Revolución- sino en la lejana redacción de un diario extranjero y en los círculos politiqueros que han comenzado a frotarse las manos, prestas a estrechar las de los Castro.

 

Ahora ya no hay en Cuba héroes barbudos que el NYT pueda entrevistar en las montañas. De hecho, aquí los héroes suelen ser encerrados en lo profundo de las cárceles y la prensa no tiene acceso a ellos. Quizás a ciertos periodistas del NYT les gusta la adrenalina, pero no en exceso, así que es tiempo de buscar ganancias palpables en el mito de la revolución y en sus hacedores. Nada que deba sorprendernos. A fin de cuentas, nada guarda tantas semejanzas entre sí como dos viejos adversarios.