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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

El dilema de la muerte de Allende

 

Víctor Farias, Especial en El Nuevo Herald

 

Santiago - Solo una sola vez, en mi primera juventud, hacia mis 15 años, pude conocer de cerca a Salvador Allende. Esa primera impresión iba, con todo, a proyectarse en el futuro.

 

Yo había invitado a una niña muy hermosa al cine del domingo y, para asegurarme de que todo resultara bien, me fui a reservar las entradas por anticipado. Me puse con la otra gente en la fila y con paciencia. Cuando llegué a la boletería y era mi turno, antes de poder decirle a la cajera cuántas entradas quería, apareció pasando por encima de las otras personas y dejándome sin opción, elegantísimo y prepotente, el entonces senador socialista Salvador Allende.

 

“¿Están listas mis entradas, señorita?”, preguntó. En el colegio en que estudié la secundaria había aprendido una virtud cívica importante: protestar siempre ante lo injusto. “Perdone, senador, es mi turno y aquí hay una cola”, le dije con tranquilidad, pero dejándome oír.

 

Allende hizo como si no hubiera escuchado nada. “¿En qué quedamos, señorita? No tengo mucho tiempo”. En la fila -como se acostumbra- silencio. La muchachita de la caja, atolondrada, buscaba en los cajones. “Sr. Allende, es mi turno y no el suyo. ¡Háganos el favor!” No se le movió ni un músculo en la cara. “Aquí están, senador”, dijo la joven.

 

Esa temprana experiencia no se me apartó de la mente y la recordé siempre. Particularmente cuando escuché, en Alemania cerca del doctorado, que el personaje iba a ser el primer presidente marxista chileno y que se proponía imponer el socialismo “por la vía pacífica”.

 

La segunda experiencia iba a acontecer muchos años después, ya en medio de la vorágine histórica de los años 1970.

 

Don Clotario

 

Durante mi estadía como docente universitario en Valparaíso, se nos ocurrió instituir un archivo de documentos originales que ilustrara, desde los primeros años de la república hasta 1970, el surgimiento y desarrollo del movimiento obrero chileno. Conocí entonces al más notable y tal vez el único consecuente izquierdista chileno: el fundador de la Central Unica de Trabajadores (CUT) en los años 1950, don Clotario Blest.

 

Era un hombre descendiente de familias ilustres y que, cristiano auténtico, había dejado todo a los pobres, sirvió años como modesto empleado público y fundó los primeros sindicatos chilenos. Su casa era pobrísima, casi tanto como su vestimenta. De vasta cabellera blanca y de hablar duro, pero muy amable. Adorado por los trabajadores, recibía incluso cartas pidiendo muy íntimos consejos.

 

Decidió entregarme su archivo personal que documentaba toda su trayectoria de lucha obrera. Todo Chile lo conocía, y aun lo recuerda. Logró unir a decenas de federaciones obreras y de empleados y poner paños fríos, por un tiempo, a las luchas (a veces armadas) entre comunistas y socialistas en pro de la unidad indispensable. También era un hombre a quien Allende admiraba y conocía mucho.

 

Un día, cuando fotocopiábamos sus cartas y otros documentos, don Clotario llegó apurado y como alterado.

 

“Adivinen, muchachos, de dónde vengo. De La Moneda. El presidente me invitó a hablar con él porque quería saber mi opinión sobre las cosas de hoy. Le dije muchas cosas fuertes. ‘Cómo ve usted las cosas, don Clotario’, me dijo. ‘Muy mal, presidente’, le contesté. ‘No hay leche, ni pollos ni nada. Tengo que hacer cuatro horas de cola para comprar un poco de carne. Y un pueblo que vive en la cola no va a hacer ninguna revolución’, le dije. ‘Pero ¿por qué no me avisó? Le haré mandar lo que necesite’, trató de disculparse. ‘No, Salvador’, le dije, ‘porque parece que para ustedes hay de todo, pero así no funcionan las cosas entre revolucionarios. Cuando mi pueblo no come, yo tampoco. Porque la verdad es que ustedes son todos pijes elegantes, no revolucionarios. Y viven indecisos. Usted no conduce este proceso y no se pone al frente de la lucha. Decídase, el pueblo lo va a ayudar, pero decídase’ ”.

 

“Se molestó, se quedó callado por un momento y me contestó: ‘Mire, don Clotario, yo tengo 30 años de experiencia y ¡sé cómo hacer las cosas!’. Yo también me molesté y lo enfrenté: ‘Yo, Salvador, tengo en cambio, 50 años de lucha y le aseguro que si no se decide a nada, usted no se suicidará, pero terminará en esta misma sala, ¡con las llamas hasta el techo!’ ”

 

Este diálogo tuvo lugar solo meses antes del golpe y es testimonio de la grandeza de un hombre y de la mediocridad del otro.

 

Un político sagaz

 

Allende fue un político sagaz, con muy escasa formación teórica, pero con gran sentido de la oportunidad y con una necesidad de autovaloración extrema. Se cuenta que, durante la defensa de La Moneda, le dijo a uno de sus “compañeros”: “Toca, toca este brazo: es del bronce de las estatuas que hará el pueblo”.

 

Pertenecía a esos sectores de la mediana burguesía profesional, de ese segmento que según Lenin introducía “desde fuera” la ideología de la revolución en los proletarios necesariamente incultos. En todos los países más o menos desarrollados se pueden observar las legiones de intelectuales o profesionales, sociólogos y catedráticos muy bien pagados que combaten a muerte a la sociedad que los mantiene. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, es la divisa de los “progresistas”, una suerte de “departamento crítico” de la sociedad burguesa.

 

Eso era Allende y la casi totalidad de quienes formaban la así llamada Unidad Popular y el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Por ello nunca se sintieron como los responsables de conducir a un pueblo al abismo del más desigual enfrentamiento. Sin conducción política, sin armas, sin responsabilidad.

 

“Cuando no se tiene a la mitad más uno de las masas, ni hemos logrado dividir a la Fuerzas Armadas en nuestro favor, intentar hacer una revolución no es un error, es un crimen”, escribió certeramente Vladimir Lenin, que sabía mucho de estas cosas.

 

Es lo que jamás supieron o quisieron saber los izquierdistas chilenos de entonces. Desde su elegante vida de parlamentario por años, Allende nunca fue un revolucionario de verdad. El desprecio proverbial que por él sentían Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara se ajustaba a los hechos.

 

La autodestrucción

 

Pero en estas circunstancias, atizar al pueblo, abrir las compuertas a la violencia y el odio de clase, al resentimiento visceral y proclamar la inevitabilidad del “enfrentamiento” no sólo era inmoral, sino también dejaba ver caracteres de patológica autodestrucción.

 

Los documentos que he publicado en una colección de casi 6,000 páginas, La izquierda chilena (1969-1973). Documentos para el estudio de su línea estratégica (Santiago, 2000), dejan en claro que la creciente radicalización de los partidos, unos más otros menos, incluía una conciencia de terminar destruidos por las Fuerzas Armadas más eficientes de toda América Latina. Era absolutamente previsible, pero siguieron en “Avanzar sin transar”.

 

Así, es plenamente comprensible que Allende terminara siendo, al final del tiempo, “El Presidente Mártir”. Pese a lo muy oscuro de su muerte, su decisión de parapetarse en La Moneda, un lugar del que solo podía salir muerto, nos indica su vínculo con la muerte como forma de mensaje revolucionario. En lugar de decir “la lucha continúa” y sumergirse en la clandestinidad revolucionaria, Allende se convirtió en “mártir”, en uno cuyo cadáver debía denunciar “la felonía y la traición”.

 

Su hermana Laura, una mujer brillante, enferma de cáncer muy avanzado, se adelantó paradigmáticamente a la muerte suicidándose en La Habana, precisamente. La hija más política y más cercana a Allende, Beatriz, casada con el siniestro Manuel Piñeiro “Barbarroja” cubano, también se suicidó por cierto en Cuba.

 

Con todo, la muerte de Salvador Allende sigue siendo un acontecimiento por demás oscuro y comprometedor que oculta una serie de hechos que no cuadran con las “historias oficiales”.

 

Gabriel García Márquez, con su ingenua buena voluntad, fue la primera víctima de los laberintos y espejismos de la historia. Apelando al mejor realismo mágico, describió en colores el asesinato de Allende por “los fascistas”, con la metralleta en mano, la misma que le había regalado Fidel Castro, acribillado por los soldados que asaltaban La Moneda. En un rito especial estos habrían, escribió García Márquez, uno por uno, descargado sus armas sobre el cadáver del Presidente Mártir.

 

Al poco tiempo, los izquierdistas chilenos lo dejaron en la intemperie y optaron paulatinamente por la historia del “heroico” suicidio. Reconocieron, 25 años más tarde, todos en coro y definitivamente, que Allende se había suicidado

 

¿Por qué esta espera tan prolongada? ¿Por qué vinieron nuevas y muy espectaculares autopsias y siniestras revisiones de huesos y tumbas?

 

Crear un mártir

 

La respuesta simple y fundada es la siguiente: un alto agente de la Seguridad de Cuba denunció haber sido testigo de una confesión del general Patricio de La Guardia, hecha ante varios testigos en un hotel de La Habana, en la época en que él todavía servía a la dictadura castrista.

 

Fidel Castro, personalmente le habría ordenado, aprovechando su rol de director del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), la guardia pretoriana de Allende, ejecutar personalmente al presidente en el caso que éste se propusiera rendirse. “¡No quiero asilados, sino mártires!”, le habría dicho Castro.

 

Cuando cayó el primer cohete en el palacio de gobierno, Allende entró en un descontrolado pánico y ordenó la rendición. Contra la voluntad de los otros miembros de su guardia, ordenó a su secretario personal, Luis Osvaldo Puccio, tomar una sábana blanca y encaminarse al Ministerio de Defensa, ubicado muy cerca de La Moneda. En ese momento, De la Guardia se dirigió a la oficina presidencial y lo ejecutó. En tiempo ulterior, otros miembros de la Seguridad Cubana, todos excombatientes, uno incluso compañero de Guevara en su aventura boliviana, han confirmado la versión dada por Juan Vives.

 

En mis investigaciones en los archivos de la Alemania Comunista encontré un informe de la Stasi más que revelador y coincidente respecto al secretario Puccio y su participación en los hechos: había que cuidar de su vida con esmero porque “los miembros del GAP, asilados también en la RDA, lo han condenado a muerte tras haberse rendido el 11 de septiembre y ello por orden del presidente Allende”.

 

La primera autopsia

 

En esto también yo puedo aportar en algo a oscurecer aun más las cosas. Mi amigo, el Dr. C.M, segunda autoridad del Instituto de Medicina Legal de la época, fue quien recibió inicialmente el cadáver de Salvador Allende. Me relató muy confidencialmente que lo había examinado muy cuidadosamente y que había llegado a la conclusión absoluta de que no podía, en modo alguno, tratarse de un suicidio.

 

“La bala mortífera fue disparada a una distancia de al menos un metro y medio”, me dijo y dejó constancia de ello. Lo comunicó a la autoridad militar, que se dio cuenta de que, de publicarla, iban a responsabilizar al Ejército. Se ordenó otro informe de autopsia, hecho por otro especialista, en que se describió de modo mucho más vago el acontecimiento, pero señalando al final que “los impactos mortales podrían provenir del arma de la víctima”. Podrían…

 

He solicitado, hace algunos días, al Instituto de Medicina Legal que me informaran acerca del reporte inicial del Dr. C.M. La respuesta escueta fue: “La autopsia fue ejecutada externamente”.

 

Queda por averiguar entonces quién la hizo, apartándose de la legalidad institucional. Las muertes de Allende son varias al parecer. Tan ambiguas como su vida, pero tan sin sentido como el sufrimiento que causó, ante todo a sus propios e ingenuos “camaradas” y a todo el pueblo de Chile.

 

Todo esto es lo que puede verse entre las llamas y el humo del Palacio de La Moneda, lo que todo el mundo contempló, consternado, en el 11 de septiembre de 1973, hace 40 años.

 

Víctor Farías es catedrático y filósofo chileno, autor de varios libros sobre el gobierno de Salvador Allende y profesor en la Universidad Andrés Bello.