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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

El cementerio de elefantes

 

Alejandro Armengol, en  El Nuevo Herald

 

Cuando el gobierno cubano trata de vender la imagen de Miguel Díaz-Canel como sucesor de Raúl Castro en la presidencia, muestra ante el mundo un partido de póker en que los participantes cuentan con dos barajas diferentes: algunos poseen un tipo de cartas, otros cuentan con otras y los terceros tienen ambos paquetes.

 

Porque en Cuba la transferencia de poder no se lleva a cabo en las urnas y a través de la presidencia, sino en lo fundamental mediante la maquinaria partidista.

 

Junto a Díaz-Canel Bermúdez, de 55 años, que pasaría a desempeñar por ley la presidencia en Cuba en caso de muerte o renuncia de Raúl Castro, está José Ramón Machado Ventura, de 85 años, que sería entonces el primer secretario del partido. Una mezcla singular de lo viejo y lo nuevo, en que ambas figuras tampoco se ajustan a tales definiciones.

 

Raúl Castro domina ambos poderes en la actualidad, como en su tiempo los tuvo su hermano. Pero da la impresión de no estar dispuesto a extender este privilegio.

 

Así que para Díaz-Canel llegar al verdadero poder en Cuba tendría que transitar una larga vía, cuyos pasos aún pendientes son alcanzar la segunda secretaría partidista (abril de este año), luego la presidencia de los Consejos de Estado y de Ministros (febrero de 2018) y por último lograr el cargo de primer secretario del Partido (VIII Congreso, tres años después).

 

Ese proceso ideal guarda poco que ver con la realidad cubana.

 

Si Díaz-Canel es el rostro visible en actos y declaraciones sin mucha importancia, y Machado Ventura figura de vez en cuando y no dice palabra que valga repetirse, hay otros que sí determinan -mediante la actuación y no el discurso- y parecen estar marcados a definir el futuro nacional; no en los términos de Raúl y Fidel Castro, pero tampoco en la comedia de errores de Díaz-Canel y Machado Ventura.

 

Son dos figuras muy cercanas al actual mandatario, pero cuya gestión no se reduce a los beneficios familiares: el coronel Alejandro Castro Espín y el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja.

 

De los posibles cargos que ocupen estos dos militares, que en la actualidad desempeñan labores ajenas al mando directo de tropas, depende en buena medida interpretar al VII Congreso como un acto definitorio o clasificarlo simplemente de juego de abalorios.

 

Porque en Cuba se conjugan tres poderes que con frecuencia se confunden y se han mantenido unidos en las figuras de Fidel y Raúl Castro: el militar, el político-ideológico y el administrativo.

 

El cambio fundamental e inmediato a la salida -por vía biológica o voluntaria- de los hermanos Castro del poder, será la ruptura de esta triada. Entender este camino evita confusiones sobre el traspaso del mando.

 

En Cuba no se producirá ni una herencia del poder, al estilo de Corea del Norte, ni tampoco una transferencia generacional que omita los orígenes.

 

Lo fundamental en esa transición no es detenerse en datos y vericuetos, que intenten vaticinar el papel presente o futuro del coronel Castro Espín en ella -y caer en el viejo esquema del Fidel Castro omnipresente tan afín al exilio de Miami: en este caso con el sobrino desempeñando el papel-, sino comprender que se está estableciendo un nuevo modelo que subordina ideología, política y administración al poder empresarial, solo que en términos cubanos.

 

De esta forma, los militares continúan en el centro de la ecuación, pero ahora transformados en el principal poder económico.

 

Por lo demás, poco cabe esperar de la reunión. Más que llevar a cabo una acción renovadora, el VII Congreso se asemejará a un cementerio de elefantes.