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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

El carnaval de la papa

 

Orlando Freire Santana, La Habana, en Diario de Cuba

 

Revendedores y trabajadores por cuenta propia en la cola de la papa. Y un lector de 'Granma' que pide vigilancia policial sobre las colas.

 

En una economía que mantiene la oferta de gran parte de los productos de primera necesidad mediante una tarjeta de racionamiento, es lógico suponer que, ante la venta liberada de algunos de esos renglones, la primera reacción de los consumidores sea de satisfacción. Esa podría ser una muestra del aumento de los niveles productivos o de la capacidad importadora del país. En el caso específico de la papa, sin embargo, hay evidencias de que no todos los consumidores aprueban su venta liberada.

 

Antes, de un modo ordenado y sin sobresaltos, cada ciudadano recibía determinada ración de ese tubérculo, aun cuando no siempre se aviniera con la demanda. Ahora, tras la salida de la papa del sistema de racionamiento —con un precio oficial máximo de un peso la libra—, es cierto que se puede adquirir la cantidad que uno desee, pero con frecuencia esas compras transcurren de una manera muy accidentada.

 

Muchas personas conocen de antemano el momento aproximado en que llegará la papa a los puntos de venta, y ante el temor de que no alcance para todos, se forman unas colas que pueden durar varias horas. Unas colas que no siempre se caracterizan por el comportamiento civilizado de sus componentes, pues abundan las riñas, las discusiones y otras actitudes deplorables. Y unas colas, en fin, donde podemos apreciar el desenvolvimiento de algunos personajes que pueblan la actual sociedad cubana.

 

Está el consumidor tradicional, a menudo personas de edad avanzada, que acuden con sus jabitas para adquirir las diez libras de papa que venden como máximo, y así agregar algún surtido a su dieta no muy abundante. Estas personas, amantes de la tranquilidad y el sosiego, serían las que más añoren los tiempos en que compraban las papas con su libreta de racionamiento, y en un ambiente ordenado.

 

Vemos también a los trabajadores por cuenta propia, esa emergente figura que hoy sobresale en nuestros campos y ciudades, y que aspiran a incorporar ese versátil alimento en sus más disímiles ofertas. Claro, si estos cuentapropistas contasen con un mercado mayorista o diferenciado adonde acceder para adquirir sus insumos y materias primas, no tendrían que competir en colas como estas con los atribulados consumidores.

 

En estas colas descuellan igualmente los revendedores, quienes han hecho un auténtico negocio con buena parte de los artículos que han ido saliendo del racionamiento. Porque el revendedor —uno de los tantos "luchadores" que se esfuerzan por sobrevivir en las difíciles condiciones de la realidad cubana— es una persona que posee un fino olfato para la especulación, para prever los vaivenes de la oferta y la demanda, y para imaginar el lugar y momento exactos en que su accionar podría reportarles jugosas ganancias. Lo mismo revendiendo frazadas de piso, cartones de huevo, paquetes de chocolatín, entradas para una función de ballet, o capacidades para un recital de Carlos Varela, el revendedor cubano exhibe tanta sagacidad como un corredor de cualquier  mercado bursátil internacional.

 

En estas colas de la papa, el revendedor marca varias veces, y después vende cada jaba —que a él le costaron a 10 pesos cada una— en 25 pesos. Sus clientes serían aquellas personas que no disponen de tiempo para afrontar las colas, o que prefieren pagar altos precios con tal de no mezclarse en un tumulto que a no pocos deprime. Claro, los revendedores cuentan también con otra modalidad de actuación. Consiste en ponerse de acuerdo con algún empleado del punto de venta, y comprar la papa por sacos —comprarla, por supuesto, a escondidas o "por la izquierda"— y así evadir la angustiosa cola.

 

Pero aún no hemos mencionado a todos los arquetipos que se mueven en torno a esta especie de carnaval de la papa. En su edición del pasado viernes 1 de marzo, el periódico Granma publicó la carta de un lector que se queja de los fenómenos que acompañan el proceso de comercialización de la papa. El hombre pretende algo así como retroceder la historia a los años 60 de la pasada centuria, cuando las autoridades se dedicaban a perseguir la más mínima actividad económica no estatal, o enmendar inmediatamente cualquier entuerto que se presentara en este sentido.

 

Sugiere que los gobiernos provinciales y municipales, así como el Ministerio del Comercio Interior, la Oficina Nacional de Administración Tributaria, y la policía, traten de evitar la reventa de la papa por los que califica de "elementos inescrupulosos"; insiste en que la prensa se haga eco de esa batalla, y que descubra a los funcionarios corruptos, quienes desde sus cargos administrativos en los puntos de venta, alientan las anomalías señaladas; e insta a los inspectores estatales a presentarse en los agromercados en el momento de su apertura, y así comprobar que la cantidad de sacos de papa puestos a la venta, se correspondan con las facturas de entada en los establecimientos.

 

Pobre lector de Granma, no se ha enterado de que, en estos tiempos de la denominada actualización del modelo económico, los dirigentes del país parecen no tener tiempo de ocuparse de todo aquel que vaya cayendo en desgracia, y menos aún del lamento de un guevarista trasnochado.