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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

El último 'percance'

 

Hay quienes prefieren describir el plantón dispensado por Raúl Castro al ministro de Relaciones Exteriores de España como 'percance'.

 

Juan Antonio Blanco, Miami, en Diario de Cuba

 

El lenguaje ofrece fórmulas curiosas que diluyen el significado real de un problema. Al genocidio cometido por los japoneses en la ciudad de Nankín, algunos lo llaman el "incidente" de Nankín. El conflicto entre Cuba y EEUU es suavemente denominado por otros como "diferendo bilateral". Ahora hay quienes prefieren describir el plantón dispensado por Raúl Castro esta semana al ministro de Relaciones Exteriores de España como "percance".

 

Persuadido de que el General Presidente de La Habana es alguien pragmático, el gobierno del Partido Popular -antes látigo del PSOE por su acercamiento a Cuba- decidió asumir una política de continuidad en su relación con la Isla. Madrid, antes con el PSOE y ahora con el PP, ha sido un factor influyente para que la Unión Europea (UE) flexibilice su posición y abriese el diálogo actualmente en marcha entre ese bloque de países y el Gobierno de La Habana. Y no hay nada que sea más tentador en el mundo diplomático que la ilusión de pasar a la historia por haber gestionado la superación de un conflicto de larga data. Bastaba para ello un guiño sugerente, y las nuevas campañas de marketing político de La Habana los dispensan generosamente. 

 

El problema que quizás han confrontado de manera recurrente varios presidentes de EEUU y España pudiera deberse a su excesiva fe en que existe una sola manera de definir el pensamiento racional y pragmático.  Sin embargo, Fidel Castro les habría ofrecido ya suficientes ejemplos extremos de que ese no es el caso. Uno fue cuando en 1962 -temiendo que la URSS retirara sus cohetes nucleares y EEUU aprovechase la coyuntura para invadir la Isla- invitó a Nikita Jruschov  a iniciar una guerra atómica. Otro cuando en 1996 después de caer la Unión Soviética -y en medio de la mayor crisis económica y social que haya sufrido el pueblo cubano- se permitió sabotear los pasos que venía dando el presidente Clinton para impulsar la normalización de las relaciones después de su reelección a fines de ese año.

 

Pero ahora, según cierta lógica optimista, está Raúl Castro al frente del Estado y él es "diferente". Vale. Ciertamente lo es. Pero no necesariamente en su disposición a cambiar la prioridad máxima de esa elite gobernante: mantenerse en el poder. Y eso cohíbe al General de dar cualquier paso "imprudente" que pueda facilitar que el control sobre la sociedad cubana escape de sus manos. En política exterior su visión de Occidente sigue siendo la de Stalin: son gente a quienes se puede eventualmente manipular y en las que nunca se puede confiar.

 

Un escrutinio más cercano de la actitud de La Habana permite corroborar el nivel estratégico que otorgan al desarrollo de sus relaciones con países como Rusia, Venezuela, Corea del Norte y China -cuyas delegaciones reciben tratamiento protocolar de primer nivel- en comparación con el trato dispensado hasta ahora a los representantes de la UE. Por esa impresentable coalición están dispuestos incluso a correr riesgos de seguridad nacional, ofreciéndoles establecer con ellos alianzas militares y de inteligencia, mientras que no dan un solo paso para ratificar los Pactos Internacionales de Naciones Unidas que ya han firmado y que, amigablemente, le sugieren suscribir los miembros de la UE.

 

Tampoco tiene La Habana interés en reincorporarse a la OEA o a cualquier institución de comercio multilateral que suponga someterse realmente a alguna cláusula de monitoreo de la situación de derechos humanos en la Isla. Ni tampoco está claro siquiera que realmente estén interesados esta vez en mejorar sus relaciones con Washington, cuando todavía mantienen al contratista estadounidense Alan Gross en prisión. La Habana lleva décadas proclamando adherirse a una política exterior de paz y distensión con su vecino del norte mientras implementa otra paralela de confrontación permanente que obstaculiza -a veces en el último minuto- cualquier entendimiento estable.

 

No hay que echarle la culpa por el plantón del General Presidente al tono, ya de por sí moderado y cuidadoso, de la presentación que hiciera el ministro Margallo sobre la transición española a los estudiantes de la carrera diplomática. Esa versión, si los funcionarios cubanos la han echado a correr, es un melodrama ridículo. Aquí no hay "percance" ni genuino disgusto por una disertación histórica, sino un nuevo ejemplo del calculado menosprecio por las ofertas occidentales para facilitar nuevos anclajes a la desvencijada economía cubana, a cambio de que el régimen inicie un proceso significativo e irreversible de reformas económicas y políticas. Ni siquiera muestran intención de avanzar hacia el modelo chino o vietnamita, como apenas se aspira en algunas capitales occidentales. Ese camino, sospechan, los conduciría a perder el control de la situación interna. 

 

La depauperación progresiva de la sociedad cubana no es tema de preocupación mientras logren inculcar a todos -dentro y fuera- la percepción de que su poder no tiene alternativas. Son "los otros" quienes deben abandonar unilateralmente su política. Según la óptica de la elite de poder en la Isla el mundo debe adaptarse a ellos y no a la inversa. La racionalidad en La Habana se define por parámetros diferentes a los de Bruselas, Madrid o Washington.