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REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Dialéctica entre revolución y reforma

 

Las reformas son cambios que se proponen o ejecutan sobre algo ya existente. Se realizan para la innovación y mejora, y también para rectificar políticas o senderos equivocados

 

Eugenio R. Balari, Mérida, en Cubaencuentro

 

La sociedad humana y hasta la propia naturaleza se encuentran de forma permanente sujeta a cambios, la ciencia tiene bien definido que los elementos que las componen se manifiestan en constantes movimientos.

 

Si reconocemos que los seres humanos, animales y plantas, así como otros elementos terráqueos, nacen, se desarrollan y mueren, y ese es un ciclo permanente y reiterativo en los ambientes natural y social, debemos entonces apreciar y utilizar el desarrollo de un pensamiento coherente y dialéctico.

 

Si, además, hacemos nuestra la valoración de la ciencia socio-natural y de lo más avanzado del pensamiento filosófico moderno, estaremos en mejores condiciones para realizar los más versátiles, flexibles, inmediatos o estratégicos análisis políticos, económicos, sociales, científicos, culturales o de cualquier otra naturaleza que quepa en la mente humana.

 

El pensamiento dialéctico es un arma eficaz, imprescindible para el razonamiento y sus constantes derivaciones y movimientos; para diagnosticar o incluso pronosticar, a su vez, las diferentes situaciones a la que los seres humanos nos tenemos que enfrentar en la cotidianidad y a lo largo de la vida.

 

Sin un pensamiento dialéctico de coherencia y solidez los individuos empobrecen su capacidad de análisis sobre la percepción del mundo en que viven y la sociedad donde se desarrollan. Se colocan en posiciones ajenas a la forma real en que se desenvuelve la vida y la misma naturaleza; adquieren formas rígidas que les impiden ver y analizar con frescura los acontecimientos que ocurren o pueden ocurrir a su alrededor, mucho menos percatarse de las dinámicas de cambios e interrelaciones constantes que se suscitan en su proximidad.

 

Más que en épocas anteriores, los tiempos modernos con su enorme versatilidad de desarrollo exigen un pensamiento dialéctico, que deviene en una necesidad fundamental, porque de lo contrario siempre se crearán dudas o rechazos ante todo y se reducirán y detendrán las mejores formas de pensar de los seres humanos.

 

Es conocido como a ciertos individuos se les obstaculiza comprender lo nuevo, lo cambiante o transformador y hasta los avances que ocurren en la ciencia y las tecnologías contemporáneas.

 

Por ello considero que no resulta ocioso valorar las características de los términos de revolución y reforma, pues en los tiempos que corren unos los estigmatizan y repudian, otros los subliman y no faltan los que los creen contradictorios. De ahí que pueda resultar conveniente ofrecer algunos comentarios sobre los factores de interrelación que se suceden entre ambos.

 

Cualquier nuevo proceso social o económico, transita inevitablemente por éxitos y fracasos, es la lógica natural del desarrollo que se expresa a través de la experimentación y los cambios que se efectúan. Surgen así las convenientes medidas de ajustes que requiere la sociedad y que no expresan más que circunstancias de acomodación que garantizan la continuidad del desarrollo.

 

Las acciones de reformas que se emprenden surgen porque constituyen necesidades objetivas; de hecho, sus aciertos y soluciones se convierten en factores dinámicos o revolucionarios.

 

Nadie tiene derecho a tratar de erigirse en sapiente de una u otra definición, por lo que estos simples comentarios no van orientados a ese propósito y sólo pretenden argumentar en otra dirección a la que se escucha con frecuencia, porque a mi juicio, ambos términos no son excluyentes, sino más bien se encuentran interrelacionados y son elementos de continuidad.

 

Los ciudadanos, cualquiera sea su visión o posición filosófico-política sobre la sociedad y sus acontecimientos, deben esforzarse por comprender e identificar uno y otro aspecto y la utilización manipulada o no que en la actualidad se hace de los mismos.

 

La mayoría de las definiciones teóricas y las experiencias prácticas más conocidas, nos inclinan a pensar que con el manido término revolución se logra, por lo general, identificar a las acciones humanas que poseen un carácter más radicalmente transformador o de cambios sustanciales dentro de una sociedad o en cualquier otro orden de cosas. Ellas se originan y desarrollan cuando existen razones materiales y condiciones subjetivas para ello.

 

Las revoluciones son procesos que modifican o tienden a alterar el orden reinante, el statu quo o las reglas establecidas en una sociedad y, en ocasiones, hacen surgir nuevas etapas históricas.

 

Por lo general se caracterizan por acudir a métodos extremos o violentos para alcanzar sus objetivos y revertir la situación política o social existente con la intención de mejorar las cosas.

 

Una vez alcanzado el poder y de acuerdo al grado de radicalidad con que han actuado y sus coyunturas específicas, se origina el proceso más complejo para estas, porque al alterar los sistemas vigentes o más conocidos, las transformaciones realizadas las colocan ante situaciones novedosas, las más de las veces desconocidas, que les hacen correr riesgos de fracasos.

 

Los fuertes liderazgos han caracterizado a las revoluciones, también la ausencia de un pensamiento colegiado y científico en el seno de sus direcciones. Ello ha impedido que dichos procesos se desarrollaran sobre la base de una dirección científica de la sociedad, con métodos de análisis y decisiones de rigor y toma de acuerdos por consensos.

 

Lo anterior, sin lugar a dudas, hubiera disminuido los excesos y desaciertos en la adopción de caminos equivocados, puesto en su debido lugar las necesarias utopías e impedido los erráticos voluntarismos, así como los métodos vulgares y contraproducentes de ordeno y mando que, en ocasiones, las han dividido y han debilitado su pujanza.

 

Por su parte las reformas se distinguen por aquellos cambios que se proponen o ejecutan sobre algo ya existente, se ponen en marcha para innovar y mejorar, así como para rectificar políticas o senderos equivocados.

 

Sencillamente tienen por objeto corregir o mejorar alguna cosa o situación existente y es, en ese sentido, que devienen en progresistas y revolucionarias.

 

El término reforma también se puede identificar como rehacer, corregir, arreglar, reparar o restaurar una determinada situación, elementos, o un proceso aún más versátil y complejo.

 

Vimos que el movimiento constante de por sí te cambia, te transforma, te modifica y por tanto te reforma.

 

Cualquier análisis de rigor permite apreciar mejor los términos de revolución y reforma, si además, nos identificamos con el concepto científico-dialéctico, entonces podemos arribar a la conclusión —no obstante matices similares y diferenciadores— de que, por lógica del desenvolvimiento de la sociedad y los individuos, estos dos elementos semánticos guardan una estrecha interrelación de causa-efecto y continuidad en los proceso sociales o de cualquier otra naturaleza.

 

Considerar que lo que existe y funciona porque beneficia a una parte del conglomerado social, aun cuando exprese ineficiencias y desequilibrios, se debe quedar así porque, además, es lo que se conoce y resuelve, sin analizar otras posibilidades más eficientes, indica una posición conservadora, anti dialéctica, rígida, ingenua u oportunista, fosilizada en el sentido intelectual.

 

Hasta en el uso de los términos y las expresiones idiomáticas resulta conveniente la posición dialéctica.

 

El inmovilismo en política se aparta de las realidades económicas y de exigencias sociales, de los intereses de la vida de las personas; se distancia de lo revolucionario y se transforma en algo conservador; o peor aún, llega a adquirir la categoría de reaccionario en determinadas circunstancias.

 

En las circunstancias que nos ha tocado vivir, esto se traduce en quietismo, donde comienza a predominar el dogma, repitiéndose argumentos manidos y pasados de tiempo como si fueran verdades absolutas y eternas.

 

La historia paradójicamente nos revela a diferentes personajes que, con una buena retórica, nos han alertado sobre determinados peligros. Sin embargo, en la práctica, no han sido los mejores ejemplos con relación a sus propias prédicas.

 

También la historia recoge las innumerables ocasiones en que el ser humano ha sido víctima de sus propias ideas, muchas veces sin llegar a tomar plena conciencia sobre ello.

 

Es frustrante apreciar en alguien que no es consecuente con lo que dice y lo que hace. Como el maestro de escuela que le dice al alumno que no fume por los daños que ocasiona a la salud y después aparece fumando.

 

Los acontecimientos que ocurren dentro de la sociedad en general, donde ritmos o nuevas coyunturas acelerados y cambiantes aparecen con frecuencia, exigen de pensamientos frescos, análisis exhaustivos, nada encasillados en vetustos moldes o patrones de ideas.

 

Cuando por circunstancias políticas adversas, limitada formación política, disposición sectaria, aferramientos a ideas, al poder, o por la propia biología, se pierde la frescura intelectual y los análisis se enmarcan en viejos criterios socorridos o diversos dogmas, quizás “válidos para otras épocas”, es el momento de colgar los guantes y salirse del ring. La historia así lo muestra y nadie ha sido invulnerable a ello.

 

Hasta en las sociedades más ricas, donde muchos dirigentes se han privilegiado, éstos han aprovechado los cambios en el mundo y la dinámica contemporánea para actuar con sabiduría, enmendar errores y esforzarse por ajustar los desequilibrios más marcados o dañinos dentro del sistema que desarrollan y defienden.

 

Por ello durante años me ha asaltado la siguiente interrogante.

 

¿Qué ha impedido a los nuevos modelos de desarrollo social, que por lógica de su carácter y atipicidad debieron ser más experimentales y prácticos, actuar con un mayor sentido de urgencia en la solución de problemas y proceder con mayor flexibilidad para rectificar o desechar lo que no sirve o funciona?

 

En cualquier situación es inaceptable retardar los cambios o reformas, y menos aún tratar de justificarlo. Las revoluciones también dejan de serlo en determinadas circunstancias históricas y, por lógica, deben dar paso a nuevas experiencias, exitosas unas y otras no, en su desarrollo.

 

Dilatar la puesta en práctica de renovaciones en una sociedad comporta riesgos y tiene un elevado precio político. Muestra además una aberrante negación de principios teóricos y de la dialéctica, lo que al final solo traerá consigo derrotas, muchas de ellas de alcance estratégico.

 

¿De dónde salió ese virus que contaminó a tanta gente e impactó a personas e instituciones en todo el mundo, impidiéndole proceder con objetividad y de una manera más experimental, abierta y, sobre todo, flexible en el tratamiento de los asuntos sociales contemporáneos?

 

Rediseños, modificaciones, ajustes, cambios, remodelaciones, etcétera, revoluciones o reformas; todos estos términos pueden guardar relación entre sí, existe un hilo conductor entre ellos. No son tampoco patrimonio de ningún sistema social.

 

Identifican medidas que son necesarias adoptar y muestran las diferentes acciones que los hombres deben efectuar en función de lo organizado o lo que está por organizar.

 

Las revoluciones son más radicales, inician nuevas épocas y generalmente provocan fuertes rupturas que hacen surgir nuevos sistemas de valores o circunstancias socioeconómicas. Llegado un momento se agotan sus posibilidades, se estancan y requieren también de importantes cambios o, de lo contrario, fracasan y desaparecen.

 

No se puede perder de vista que desde la aparición del hombre en la tierra, este siempre ha utilizado los recursos de la naturaleza para su beneficio y constante mejoramiento.

 

Como consecuencia de ello y de los avances de las tecnologías y las ciencias, la especie humana ha ido gradualmente modificando las formas de organización social.

 

Lo interesante actualmente es que mientras unas fracasan, otras abren caminos exitosos.

 

Países cuyos patrones de producción y consumo no han sido típicamente los de economías de mercado, sino que más bien se proyectaron en marcos de aspiraciones sociales más amplias, ahora se han rediseñados hacia modelos con metas diferentes, que buscan armonizar o hacer coexistir la planificación y el mercado, la inversión extranjera con la nacional, la propiedad privada y la personal, formas de propiedad cooperativas y estatales, sin abandonar, al parecer, sus propósitos políticos y sociales.

 

Esos países han tenido probablemente más sabiduría, paciencia y sobre todo una conducción del desarrollo de los procesos socioeconómicos más científica y flexible.

 

Se reconoce que ello les ha permitido avanzar y desarrollarse a través de procesos reformistas, que les han permitido colocarse en lugares cimeros dentro de la economía mundial.

 

A partir de reformas pacientes, plurales y sólidas, estas naciones se encuentran haciendo una importante contribución económica y social contemporánea a los sistemas vigentes.

 

Hasta donde se conoce han hecho crecer sus economías y a pesar de que existe una crisis global, no sucumbieron a ella ni entraron en recesión. Por lo que se aprecia, siguen proyectados hacia la necesidad del mejoramiento humano y, aunque con serios cuestionamientos democráticos de parte de occidente, defienden y enfrentan con voluntad e inteligencia los retos que les acechan en sus políticas de reformas.

 

Avanzan en la creación de la base material y técnica que saben imprescindible para la construcción de la sociedad a que aspiran.

 

De esa manera, el mundo observa cómo estas auto tituladas sociedades socialistas asiáticas se encuentran reformando y en disposición de enfrentar las complejas situaciones que el desarrollo y las realidades objetivas de estos tiempos les imponen.

 

Lo absurdo, en cualquier dirección que se trate, es que se defiendan ideas o procedimientos fracasados, se detenga el desarrollo y los avances alcanzados en una sociedad involucionen.

 

No existen mejores enseñanzas que las experiencias fracasadas por no ajustarse a las realidades objetivas y subjetivas en que debían desarrollarse; ya fuera porque fueran impuestas en determinadas circunstancias históricas, porque las vías elegidas no fueron las idóneas, o porque las reformas, siempre necesarias, llegaron tardíamente, cuando el mal ya había hecho metástasis.

 

¿Si los políticos y líderes saben todo eso, por qué se aferran a ideas y conceptos caducados, que tuvieron momentos para demostrar su validez, y fueron superados o suspendidos por la vida?

 

¿Acaso desconfianza de las mismas ideas que dicen defender o aferramiento al poder?

 

¿Debilidad o limitaciones ante las posibilidades del enemigo que se le opone y cuestiona?

 

Desde el punto de vista social, sin embargo, nada permite justificar o dilatar las soluciones necesarias para transformar los problemas que gravitan en el seno de una sociedad.

 

Reformar es una acción permanente, imprescindible, dialéctica y revolucionaria.

 

Tampoco es aceptable rechazar o demonizar el término.