Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Derroche, ¿de qué, de quién?

 

Elías Amor Bravo, Valencia, en Unión Liberal Cubana

 

En las últimas semanas, y en torno al debate sobre los Lineamientos anunciados por Raúl Castro como la tabla de salvación de la economía cubana, en quiebra técnica después de medio siglo de intervencionismo estatal y ausencia de propiedad privada y mercado, se está insistiendo mucho sobre un supuesto derroche en Cuba. En estos términos, ciertamente imprecisos, se ha pronunciado el propio Raúl Castro al declarar en el Consejo de ministros ampliado celebrado días atrás, que “en estos momentos el mayor aporte que podemos hacer a la economía es eliminar el derroche, lo cual no significa dejar de prestar servicios, sino hacerlos más eficientes y con más calidad”.

 

La verdad es que, desde la perspectiva de las cifras macroeconómicas, que casi siempre suelen inducir a errores de interpretación en la economía cubana, lo que le resta credibilidad internacional, y desde la simple observación del desastre patrimonial y productivo que se constata de simplemente pasear por las calles de las ciudades y los campos de Cuba, cuesta mucho asumir un supuesto derroche en la economía cubana.

 

Derroche, ¿de qué? Nos situamos en los niveles más bajos de renta per cápita de América Latina, con salarios medios que alcanzan cifras de escándalo por lo escasos que son. Cierto es que una parte de los bienes y servicios se perciben en términos reales, como sanidad y educación, pero esa es otra forma de mantener un control político sobre una población que se encuentra con niveles de alimentación muy bajos, sobre todo, la que depende de la libreta de racionamiento, y equipamientos domésticos tercermundistas, sobre todo en vivienda y ajuar, donde las inversiones han sido prácticamente nulas en décadas. A ello, se hace preciso añadir el obsoleto aparato productivo, la deficiente red de comunicaciones eléctricas, los consumos de energía, o de suministro de agua a las poblaciones. A la vista de estos datos ¿dónde se encuentra el derroche?

 

La realidad bien cierta es que en Cuba todo, o prácticamente todo, se aprovecha, porque los cubanos han aprendido a hacer de la escasez cotidiana un ensayo permanente de aprendizaje e innovación que ha mostrado ejemplos célebres como aquel camión balsero que abandonaba a toda velocidad las costas de la Isla en busca de la libertad en Estados Unidos. En Cuba, todo, prácticamente todo, se recicla. Desde las botellas de agua que los turistas lanzan a las papeleras, a cualquier colilla que no se haya consumido por el fuego. Los automóviles se hacen eternos porque no existen reemplazos, y en todas partes, el ingenio y el talento afloran no para llegar a fin de mes, sino para simplemente, poder comer una vez al día en condiciones de dignidad.

 

Y Raúl Castro sigue insistiendo ante todos los cuadros del partido único que el problema es el derroche. No hay nada peor para un dirigente político, el que sea, que no conectar con la opinión mayoritaria, o con la situación real de la sociedad. El cubano de a pie que escucha a su dirigente hablar de suprimir el derroche, sólo puede pensar en el derroche de unos pocos, sí, concretamente aquellos que viven afincados en una lealtad a toda prueba a la cúpula dirigente, los que se muestran inamovibles e inasequibles al desaliento. Cada vez menos en número, son el principal obstáculo para cualquier cambio real en Cuba. Y aquí surge precisamente la contradicción, porque es a ellos a quién Raúl Castro parece referirse en todos sus alegatos a favor de suprimir el derroche. Curioso, ¿no?

 

El derroche en Cuba, esencialmente político, tiene su origen en el modelo económico burocrático, de corte estalinista y ajeno a la realidad, que fue instaurado por Fidel Castro para someter al pueblo a su poder y dominio; y que medio siglo después, Raúl Castro no sabe qué hacer con él. Temiendo lo peor, se saca unos lineamientos de debajo de la manga para engañar a una sociedad que está harta de promesas de un futuro mejor que nunca llegan. Por eso, cuando Raúl Castro pide a los dirigentes políticos que mantengan los pies y el oído pegados a la tierra, en alusión a la necesidad de escuchar las opiniones de la población sobre las decisiones que se van implementando, pues son cosas nuevas y por lo tanto debemos prestarles la máxima atención, no podemos menos que llorar de lástima. ¿Es que acaso, no deberían haber escuchado antes a la población para desarrollar las políticas más adecuadas para satisfacer sus necesidades? Es lo mismo de siempre, en el castrismo existe un ente superior que dispone todo lo conveniente para los demás, pero la libertad individual no existe.

 

Toda esta farsa de los lineamientos no va a servir para resolver los principales problemas de la economía cubana, que cualquier economista, cualquier ciudadano, cualquier persona de sentido común, sabe que no están en el derroche, sino en hacer las cosas de otro modo, apostando por la libertad individual, la propiedad privada, la acumulación y reparto de beneficios, la economía de mercado, la ausencia de monopolios y oligopolios, en suma, la liberalización. Moviéndonos en el terreno de corto espacio de las reformas puntuales, la economía cubana no se salva de la quiebra. Es posible que algunos datos puedan ser positivos a corto plazo, pero la solución no es la planteada por el castrismo, y eso lo saben muy bien los cubanos.

 

De lo único que saben estos obsoletos comunistas cubanos es de eliminar los hechos delictivos contra el patrimonio estatal, ante los cuales se destacó que es necesario ser más severos en la aplicación de sanciones penales y administrativas; de las deficiencias en el  transporte de carga, en el que un pequeño ahorro de 40 mil toneladas de combustible parece un hito histórico, o de la eterna improvisación y del no saber hacer las cosas, pues como se ha señalado, no siempre se realizan los estudios de factibilidad, se incumplen sistemáticamente los contratos, y se ha llegado incluso a aprobar el inicio de una inversión sin tener definida la empresa constructora que la ejecutará. En cualquier economía de mercado esto sería imposible.

 

Que sigan perdiendo el tiempo con estas cosas y verán como acaba derrumbándose todo el muro. Es solo cuestión de reloj.