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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Delito de enfermar

 

Contagiados con cólera y chikungunya deben cargar, además, el peso de la “culpa” por esta epidemia no declarada

 

Miriam Celaya, en Cubanet 

 

LA HABANA, Cuba - Con fecha 5 de agosto de 2014, Cubanet publicó un comentario del periodista independiente Fernando Vázquez divulgado por el programa “Cuba al día” (Radio Martí), acerca de la epidemia de dengue y más de medio millar de casos de cólera, reportados por la prensa oficial de la provincia de Camagüey.

 

El periódico local camagüeyano Adelante, en su versión impresa, reconoció 1200 casos de dengue y 530 de cólera en las poblaciones de Camagüey, Sibanicú y Sierra de Cubitas, lo que hace sospechar que la cifra de enfermos debe ser mucho más elevada, teniendo en cuenta la tendencia oficial de disfrazar la realidad minimizando los hechos negativos y magnificando supuestos logros. Se ignora qué niveles de expansión e intensidad habrá que alcanzar antes de que se declare oficialmente que existen epidemias en Cuba.

 

Lo cierto es que, a contrapelo de los encomios y felicitaciones que comúnmente recibe el gobierno cubano desde la alta dirección de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) por los fabulosos estándares alcanzados en esta materia y por los valiosos servicios de atención médica que prestan nuestros especialistas en los países “más pobres” del mundo, las enfermedades vienen ganando terreno en Cuba, agravando las ya habitualmente malas condiciones de vida de la población.

 

Una nota interesante, aunque no resulta novedosa, la ofrece Vázquez cuando se refiere a las condiciones de reclusión forzosa en que se encuentran los pacientes de dengue y cólera en los centros hospitalarios, donde -asegura- permanecen custodiados por “agentes de la Seguridad del Estado disfrazados de enfermeros”, quienes apelan incluso a la violencia física si los enfermos intentan fugarse.

 

Esta práctica que se fundamenta en concebir a los cubanos como meros medios básicos “inventariables” y manipulables, tiene antecedentes en situaciones tan escandalosas como la reclusión obligatoria de los enfermos de sida en sanatorios alejados de las ciudades, durante los años 90’, en un intento por evitar la propagación del VIH, en flagrante desprecio de los derechos humanos más elementales. Finalmente, ante la presión de la opinión pública internacional, las autoridades se vieron forzadas a liberar a aquellos enfermos, pero en esencia la castrocracia ha seguido aplicando a rajatabla el principio el fin justifica los medios. Así, actualmente enfermar de dengue u otra enfermedad contagiosa en Cuba puede convertirse potencialmente en una condena de privación de libertad, sin juicio previo.

 

Apelando al sentido común, resultaría lógico entender que en casos de epidemias la población enferma debe ser aislada, tanto para recibir cuidados especiales como para evitar la propagación del mal. Históricamente han existido retiros hospitalarios especializados en la atención a enfermos de tuberculosis, lepra y otras dolencias contagiosas, mientras éstas constituyan una amenaza.

 

Sin embargo, en el caso de Cuba el asunto entraña ribetes más retorcidos debido a dos cuestiones fundamentales: en primerísimo lugar porque las autoridades sanitarias no han reconocido en ningún momento la existencia de una epidemia, y en segundo -no menos importante- porque en las instalaciones hospitalarias de la Isla no existen los requerimientos mínimos indispensables para el ingreso, sea por el mal estado constructivo de los centros asistenciales como por cuestiones tan básicas como la alimentación y comodidad del paciente, las condiciones higiénico sanitarias y las carencias de insumos médicos, entre otras.

 

Nosotros, los pecadores

 

Por décadas, la población cubana ha estado sometida a una presión psicológica desde el poder, que ha hecho casi de cada uno de nosotros un sujeto “culpable”, o cuando menos deudor de un estado-gobierno-partido benefactor que pende sobre nuestras vidas como un protoplasma. Así, desde que nacemos, se supone que hemos tenido garantizada “educación gratuita, atención médica y alimentación segura gracias a la revolución”, de manera que quienes actúan en contra de los lineamientos oficiales o al margen de los controles creados para nuestro propio bien, son unos “malagradecidos”, es decir, culpables del peor de los pecados, que es la ingratitud al gobierno.

 

Este principio se cumple en todas las esferas en las que se desarrolla la existencia en la Isla, que obligan a violar constantemente las leyes en una sociedad donde absolutamente todo está reglamentado, pero donde solo es posible la supervivencia al margen de la ley, lo que convierte a cada cubano en un delincuente real o potencial. Pero igualmente actúa sobre la psicología social al primar la simulación en todos los estratos: el gobierno simula que sirve y protege a la población, mientras ésta finge que agradece y acata. Lo peor es que en el caso de la “atención médica”, se ha generalizado la farsa, con la ingenua aceptación de que gozamos de algún privilegio particular sobre el resto de los terrícolas.

 

Un ejemplo lo ofrecen los flamantes programas de vacunación del gobierno. Una generación tras otra han sido formadas en base al sentimiento de rebaño, en virtud del cual hemos sido censados, vacunados en policlínicos y escuelas –y aún en nuestras propias casas, siguiendo programas oficiales que apelan incluso a organizaciones de masas–, sin contar con nuestro consentimiento. Para los padres cubanos es “normal” que su hijo llegue un día de la escuela con fiebre porque le han vacunado contra el tifus, contra la gripe o contra el tétanos, justo como si de un novillo se tratara. Los padres no son consultados sobre el particular ni reciben constancia escrita alguna acerca de sobre qué ha quedado inmunizado su hijo, muchísimo menos del origen, lote, firma farmacéutica y otros datos de la procedencia del producto médico en cuestión. Ni siquiera consta si la vacunación se desarrolló en condiciones higiénicas adecuadas. Las generosas intenciones del gobierno han de ser garantía suficiente, y quien así no lo asumiere pecará de malagradecido: culpable.

 

Lo mismo se aplica a la llamada “campaña anti-vectorial”, también conocida como “batalla contra el aedes aegypti” -porque hacernos sentir en constante estado de guerra, sea contra el imperialismo o contra un insecto, ha sido otra estrategia de la guerra psicológica del gobierno contra la población cubana- lo que incluye un supuesto derecho a la entrada de sujetos desconocidos en cada domicilio cubano a fin de “inspeccionar” los depósitos de agua estancada, potenciales criaderos del mosquito transmisor de enfermedades como el dengue y la fiebre chikungunya (nuestra más reciente adquisición), así como la fumigación con petróleo gasificado. Quien no acepte la entrada de inspectores o fumigadores a su domicilio, si bien no puede ser procesado ante la lay, ya que no existe oficialmente una epidemia, es al menos moralmente “culpable”.

 

Hasta el momento, la guerra contra el mosquito no ha dado resultado. El dengue y otras enfermedades, antes exóticas, continúan enseñoreándose de los cubanos a despecho de los programas y “batallas” oficiales. Cierto que, como aseguran los expertos, la globalización incide en el aumento de los riesgos de propagación de enfermedades a partir de los movimientos de viajeros de unos a otros puntos del planeta, por lo que no han faltado en Cuba los cínicos autorizados que atribuyen las actuales “situaciones epidemiológicas complejas” a un efecto de la globalización. Diríase que existe una fatalidad lastrando nuestro sino: resulta que nos alcanzan los males de la globalización, pero no sus ventajas.

 

Tampoco se menciona en los medios oficiales que de los miles de médicos que regresan a Cuba después de cumplir sus misiones en países donde estas enfermedades son endémicas, ninguno guarda cuarentena, como tampoco lo hacen las decenas de miles de estudiantes extranjeros que constantemente han estado entrando y saliendo de la Isla en los últimos 15-20 años. Nunca se tomaron medidas sanitarias con aquellos pacientes de la “Operación Milagro”, que eran introducidos en los hospitales cubanos para realizarles cirugías oftalmológicas en los años dorados del romance castro-chavista. La globalización latinoamericana o tercermundista parece no portar riesgos.

 

2014: menos turistas y más enfermos

 

Así las cosas, actualmente el gobierno se resiste a declarar las epidemias, en previsión de no afectar el turismo extranjero y evitando erogar los enormes recursos para prestaciones sociales que requeriría el caso. Pese a ello, las cifras oficiales han reconocido una disminución en la afluencia de visitantes foráneos, lo que impedirá se cumplan las expectativas de alcanzar los tres millones a los que aspiraba el gobierno en el presente año.

 

Mientras, entre los cubanos crecen las cifras de infectados de dengue, cólera, chikungunya y otras enfermedades, con riesgo de ser obligados a internarse en los hospitales-cárceles destinados al rebaño. Ellos deben cargar, además, el peso de la “culpa” por esta epidemia no declarada. Cornudos y apaleados, lo que los convierte a la vez en enfermos y en cuasi-convictos por el delito de enfermar. Tal es el precio de la obediencia.