Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

De huelgas y de causas: reflexiones en torno a un conflicto

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

Recientemente intercambiaba con un colega cubano residente en el exterior sobre la conveniencia o no de las huelgas de hambre como método para enfrentar a la dictadura. El tema, por supuesto, estaba motivado por la huelga que iniciara Jorge Luis Artiles (Bebo) el 9 de mayo pasado en la ciudad de Santa Clara y que asumiera desde el viernes 3 de junio Guillermo (Coco) Fariñas, fecha en que Bebo depuso la suya ante el peligro de graves consecuencias para su salud, demasiado deteriorada para someterse a una abstinencia prolongada de alimentos y agua; es decir, ante los imperativos lógicos que se derivan de la acción que voluntariamente había elegido. Mi colega, que siente una gran admiración y afecto por Coco, es sin embargo –como yo misma– contrario a las huelgas de hambre. Su posición es que a las dictaduras hay que combatirlas con vida. Yo coincido plenamente con él.

 

La actual huelga de Fariñas, más allá de sus reclamos cuya justicia no me cuestiono y que también considero míos, pone nuevamente sobre el tapete una cuestión que va más allá de los aspectos particulares del hecho: la pertinencia o no del método en cada caso. A riesgo de molestar a los más sensibles, pienso que los disidentes que vivimos inmersos en regímenes totalitarios debemos ser más racionales que pasionales a la hora de encarar al gobierno, aunque ello implique –como diría el amigo Orlando Luis– añadir una pizca de cinismo a nuestros análisis. Hay que considerar en primer lugar las posibilidades reales de obtener un avance significativo como resultado de la acción que se emprende, de manera que verdaderamente amerite el sacrificio. La salud y la vida constituyen un precio demasiado elevado, con todo respeto.

 

Es por eso que, aunque en las huelgas de hambre hay, sin dudas, una enorme cuota de altruismo, y una voluntad individual a toda prueba, tal como quedó demostrado en la que protagonizara Coco entre el 24 de febrero y el 8 de julio de 2010 y que influyó en la liberación de decenas de prisioneros políticos y de conciencia, implantar el método como recurso habitual puede resultar contraproducente y restarle eficacia. Es así que si cada demanda que tenemos contra el gobierno, por muy justa que sea, requiere del sacrificio extremo de un opositor, en poco tiempo lograríamos nosotros mismos la extinción de la disidencia, para beneplácito de los dictadores.

 

Es sabido que el sacrificio que implica una huelga de hambre y la voluntad que supone por parte del huelguista sobreponerse a las exigencias de su propio cuerpo, utilizado como arma al servicio de su causa, con independencia de que se cumplan o no los reclamos que la motivan, encierra una dosis de triunfo, habida cuenta que incluso la muerte del plantado constituiría una acusación contra el sistema. No obstante, eventualmente esa muerte no sería una garantía de que el gobierno acceda a los reclamos de la huelga. A la vez, en la difícil coyuntura actual de Cuba se precisa de mucho más que de éxitos morales. Un líder opositor dentro de la Isla es mucho más útil vivo que muerto.

 

Tampoco hay que desdeñar otras consideraciones colaterales, como las circunstancias en que se desarrollan los acontecimientos. Muchos factores de presión externos y la existencia de fuerzas internas impulsaron la favorable solución de la crisis en torno a los prisioneros y el exitoso fin de la huelga de Fariñas el pasado año. Algunos de esos factores internos fueron más significativos al concurrir simultáneamente en el escenario nacional e internacional: la muerte en prisión de Orlando Zapata Tamayo, después de una prolongada huelga de hambre, que desatara el inicio de la huelga de Fariñas; la agudización de la crisis general al interior de Cuba, acentuada por el escándalo del fallecimiento de más de dos decenas de pacientes del Hospital Psiquiátrico de La Habana; la fuerza y visibilidad alcanzada por el movimiento de las Damas de Blanco y la solidaridad que se estableció entre numerosos grupos de la sociedad civil alternativa a favor de dicho movimiento y su causa influyeron también en el desenlace. Los medios extranjeros, por su parte, cubrieron los acontecimientos que se estaban produciendo en la Isla, ampliando con ello las posibilidades de que la presión de la opinión pública internacional forzara al gobierno a buscar una solución. A su vez, el gobierno estaba urgido de ofrecer al mundo un gesto de buena voluntad –recordemos el cabildeo con el señor Moratinos para tratar de que se levantara la Posición Común–, así que el General consideró oportuno demostrar benevolencia con los que siempre ha calificado como traidores y mercenarios. Hubo así un entendimiento en el cual todas las partes sacaron provecho, como se sobreentiende deben ser los pactos.

 

El panorama actual, empero, es bastante diferente de aquel; no porque se haya superado la aguda crisis sociopolítica y económica de Cuba, sino porque el cuadro internacional resulta extremadamente complejo y se están produciendo acontecimientos que vienen marcando hitos definitorios a nivel global. Algunos de esos hechos son la ola de levantamientos del medio oriente y el norte de África que están dibujando un nuevo escenario político en la región; la crisis de Libia, con la renuencia de Gadafi a abandonar el poder, la presencia de fuerzas rebeldes y los bombardeos de la OTAN; y las manifestaciones en países de Europa –como España y Grecia– en demanda de nuevas políticas y estrategias económicas para remontar sus respectivas crisis, son algunos de los hechos más relevantes. En medio de este entorno, la demanda de justicia por la muerte de un opositor cubano y la exigencia a la dictadura de que cese de golpear a los que se manifiestan pacíficamente en nuestras calles se acercan más a lo quimérico que a lo posible. Sobre todo porque ambas demandas pasan por cotas muy altas que significarían la retractación del gobierno en el caso de la primera (negando lo que publicara en nota oficial acerca de que no hubo golpiza alguna contra Juan Wilfredo Soto), y la claudicación respecto a la segunda, habida cuenta que supondría aceptar públicamente el riesgo de que las calles se llenen de manifestaciones disidentes, a contrapelo del llamado que hiciera el General a defender las calles “como espacios de los revolucionarios” en la clausura del VI Congreso del PCC. En otro orden, un compromiso público de tal naturaleza por parte del gobierno equivaldría implícitamente al reconocimiento de que en Cuba –paradigma del respeto a los derechos humanos en la prédica oficial– se reprime violentamente a los que piensan diferente. Conste que si el gobierno se retractara o claudicara, yo sería la primera en celebrar el milagro.

 

También ocurre que, sin proponérselo, un huelguista de hambre pone una presión adicional sobre sus compañeros de ruta, que caen involuntariamente en el conflicto ético de solidarizarse con él aun reprobando la huelga, lo que supone apoyar las demandas y a la vez desaprobar los métodos para lograrlas. La huelga impone además un compromiso moral que destierra a un segundo plano todo aspecto que no se relacione con los reclamos del huelguista, lo que puede incidir en programas y actividades de otros grupos, quizás no menos importantes. Es decir, a pesar de ser una acción individual en defensa de intereses colectivos, compromete espacios y redes sociales, forzando las prioridades.  Tengo la certeza de que no faltarán detractores que aprovecharán la oportunidad para atacarme por lo que sé calificarán como falta de apoyo a Fariñas. Nada más lejano de la realidad. Precisamente porque me solidarizo con él y comparto sus demandas, porque lo estimo y lo respeto, deseo de corazón que abandone la práctica de las huelgas de hambre: los que no aceptamos esos métodos somos también quienes lo queremos vivo y aquí para ayudar a la Cuba que soñamos; necesitamos cubanos de su honestidad y su valía para estos tiempos y para los que vendrán.

 

Hasta el momento, todo indica que el gobierno no va a ceder espacios de democracia, así pues, urge encontrar nuevas soluciones para conquistarlos, más allá de las que impliquen el martirio voluntario de cubanos demócratas. Retomo la frase de mi colega, que incluso sufrió prisión política en los tiempos terribles y solitarios de la década de los 60’, para proponer que nos opongamos a la dictadura con VIDA. Despertar a la vida cada día y proponernos un futuro individual y colectivo, es en sí mismo un triunfo sobre el régimen, porque la vida es la primera condición para la esperanza.