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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

De controles, contralores e incontrolables.

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

Una de las primeras providencias del General R. cuando asumió la investidura de mando (permítanme los lectores halagar la vanidad del benjamín de los Castro) fue la creación de un sistema de contraloría que detectara y pusiera coto a la corrupción galopante que se ha entronizado en el país en todas las esferas y a todos los niveles. Se sospecha que la corrupción es general, pero los controles y auditorías alcanzan solo hasta un punto… Más arriba de éste, podrían provocar peligrosos vértigos.

 

Lo primero (detectar la corrupción) debe ser sumamente fácil. Salta a la vista y sale al paso de cualquiera, sin esforzarse mucho. Lo segundo (ponerle coto), ya es harina de otro costal. Porque el General, claro, inició desde el principio un proceso por arriba –no exactamente “desde arriba” – y hacia abajo, justo donde más se resienten los bolsillos del poder, y desde entonces han rodado muchas ilustres cabezas, incluyendo algunas célebres testas que ya peinan canas o que ni siquiera les quedan canas que peinar, y que solo hasta ayer formaban parte de la corte confiable de sus majestades verdeolivo.

 

Es decir, a los primeros defenestrados de la conocida Banda de los Siete: Otto Rivero, Felipe Pérez Roque, Francisco Soberón, José Luis Rodríguez, Carlos Lage, Carlos Valenciaga y Fernando Remírez Estenoz, que al parecer constituían algún tipo de amenaza para las charreteras más encumbradas del palacio, se han sumado “revolucionarios” de vieja data que hasta hace poco eran conocidos por su probada adhesión al régimen.

 

Al parecer, los efectos de las contralorías están resultando más escandalosos de lo que dicta la prudencia, así que la prensa oficial ha recibido la orientación expresa de callar. Es decir, de callar más aún. Por eso los medios de difusión, fundamentalmente la prensa plana, se dedica con un celo digno de mejores causas a poner bajo el sol el desvío de recursos del administrador de una panadería o de una cooperativa agrícola, pero esconde bajo las alfombras las suciedades de los ministerios y de otros altos funcionarios de títulos más largos que sus nombres.

 

Da la impresión que nadie escapa al escrutinio de la severa contraloría a impulsos de la voluntad purificadora del General. En lo personal, a mí me parece como un arqueo de caja, en el que el cajero entrante procura depurar las cuentas para que no se resientan sus propias ganancias. Porque hasta donde se ha llegado, diríase que los contralores han defecado contra el ventilador de techo, y se han salpicado de heces más cortesanos de los que calculaban sus majestades. Desde ministros, gerentes de firmas (extranjeros y cubanos), directivos de aviación, funcionarios de empresas de diversas magnitudes -incluyendo la flamante y militar ETECSA- y un sin número de comparsas menores que sí han sido públicamente decapitados.

 

Pero lo que no dejan de preguntarse los individuos más curiosos, esos majaderos que todo se lo cuestionan y siempre están cargados de malas intenciones, es quiénes serán los líderes encargados de renovar un modelo que hasta ahora parece generar epidémicamente dirigentes corruptos. ¿Qué garantías habrá de que los que asuman las responsabilidades de los depuestos no terminarán corrompiéndose? ¿Qué posibilidades existen de que un gobierno que no ha sido capaz de crear un relevo moralmente apto para llevar adelante las “elevadas misiones de la revolución” tenga éxito en formar en corto plazo un grupo de dirigentes responsables y honrados? ¿Se crearán escuelas de “líderes emergentes”? ¿Se descubrirá un gen de incorruptibles para clonar nuevos ministros y funcionarios? ¿Podrá confiar el General en alguien menor de 75 años? ¿Podemos confiar nosotros (“¡ahora si!”) en la capacidad de selección del General?

 

Pero, en medio de este mar de corrupciones de los que manejaban apenas una pequeña tajada del poder y del dinero, quizás las preguntas más difíciles de responder son justamente las que parecen más urgentes y lógicas: ¿Son nuestro presidente y sus más cercanos colaboradores los únicos “puros” que nos quedan para llevar el timón en medio de tantas tempestades? ¿Es auditable el General? ¿Quién es el contralor que escruta los manejos financieros de la administración del país?

 

Esperemos sentados la respuesta de la flamante Contralora General de la República.