Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

De cómo el socialismo podría imponerse al capitalismo

 

Publicado en el No. 77 de la Revista Temas. (Versión del capítulo V, especialmente preparada para la revista Temas, de un ensayo más amplio intitulado El socialismo post-estalinista).

 

Pedro Campos

 

La sociedad de los capitalistas se impuso a la feudal de los reyes y la nobleza, como ésta se impuso a la de los esclavistas por representar avances generales para el bienestar de la humanidad en todos los sentidos: económico, político y social. En el trasfondo, casi invisible, descasaba una nueva forma de organizar la producción material, una nueva manera de hacer producir a la fuerza de trabajo, un nuevo modo de producción.

 

El trabajo asalariado (capitalista), en comparación con el trabajo siervo (feudal) y, desde luego, respecto al trabajo esclavo, representaba una forma superior de organización de la producción no solo más acorde con el desarrollo de los medios y técnicas de producción, sino también más libre y menos inhumana. El desposeído ahora se beneficiaría también de las conquistas democráticas logradas junto a los burgueses y se le reconocerían derechos antes inimaginables para los siervos o los esclavos.

 

Las revoluciones políticas burguesas ocurrieron cuando ya los capitalistas tenían control de buena parte de la economía, especialmente el capital financiero, controlaban el mercado, la industria y la agricultura y la continuación de las relaciones feudales impedían la expansión de los capitales. Allí donde los reyes y señores feudales se mostraron más complacientes con los poderosos dueños del dinero, los procesos de cambio de poder entre clases fueron menos violentos, o más pacíficos si se quiere, o se desarrollaron en forma compartida. Es lo que explica la permanencia de monarquías en Europa, todavía en el siglo XXI.

 

Ya luego el capitalismo se fue extendiendo por todo el planeta a sangre y fuego, no solo contra los antiguos regimenes feudales, sino imponiendo su control por la fuerza en antiguas colonias, de, otrora, potencias feudales, donde podían encontrar materias primas y mano de obra barata.

 

De hecho, las revoluciones políticas burguesas tuvieron lugar luego de profundos cambios en las relaciones de producción ocurridos en pleno feudalismo, contra el que lucharon burgueses y proletarios unidos, las nuevas clases, para empoderar políticamente a las respectivas burguesías, de manera que éstas pudieran desplegar todos los potenciales del nuevo modo de producción asalariado y convertir al capitalismo en sistema dominante a escala mundial.

 

Esas son enseñanzas de la historia que no deben olvidarse. Los que han pretendido ignorarlas, han terminado fracasando.

 

Los pueblos asumirán el socialismo como sociedad, esa que solo sigue siendo una utopía y que nada tiene que ver con el “socialismo” pretendido desde el estado todo poseedor y decidor,  cuando el nuevo modo de producción en que se sustenta, esté en capacidad de demostrar en la práctica  que es superior al sistema de explotación asalariado en todos los órdenes, algo que se viene realizando poco a poco, en el propio seno de la sociedad capitalista, con la creciente organización productiva de los trabajadores libremente asociados para laborar y convivir, en las diversas formas de tipo cooperativo-autogestionario, las que apenas son perceptibles para muchos.

 

Hoy, está muy claro para buena parte de la humanidad, que el capitalismo, movido únicamente por su ánimo de lucro, es el responsable de la paulatina disminución de lo recursos naturales y de los crecientes desastres ecológicos.  Existen incluso capitalistas filántropos, que reconocen la necesidad de cambiar su sistema de explotación; pero por limitaciones clasistas y debido a toda la confusión que generó el “socialismo real”, no encuentran el camino.

 

Cada día es más evidente que solo una concepción sobre la forma de organizar la producción distinta a la predominante capitalista-asalariada, racional, capaz de integrar los intereses del hombre y la naturaleza, podría preservar los ecosistemas, el medio ambiente  y la vida en la tierra.

 

Algunos anticapitalistas rechazan las cooperativas como forma genérica de la producción socialista, sin comprender que tales empresas cooperativas  funcionan internamente de forma distinta a las empresas capitalistas, de acuerdo con una forma de organización colectiva y democrática, que es la esencia del nuevo modo de producción y porque las  ven como partes del sistema capitalista, sin percatarse de que están obligadas a relacionarse y subsistir en ese medio,  atendiendo a las reglas generales del mercado existente.

 

Estos compañeros, revolucionarios honestos, no me refiero a los oportunistas burócratas que han pretendido  eternizarse en el poder estatal,   siguen sin ver el socialismo en la nueva forma de producción, en la autogestión de los trabajadores que implica el cooperativismo, y lo siguen buscando en  “la propiedad colectiva de todo el pueblo sobre todos los medios de producción”, en el cambio del mercado capitalista por otro monopolizado y determinado por el estado “obrero”, en la planificación general centralizada de la economía que “evite” la crisis capitalista de superproducción y en una “mejor” redistribución centralizada de los medios de consumo de la sociedad.

 

Quienes temen que el mercado capitalista corrompa el cooperativismo, olvidan que las cooperativas se han desarrollado en ese mercado competitivo y que el mismo, como las propias crisis capitalistas y la distribución, dependen del modo en que se produce, de las relaciones de producción y por tanto, de lo que se trata en el socialismo es de tender a la abolición paulatina del trabajo asalariado e ir ampliando las relaciones de producción genéricas del socialismo de tipo cooperativo-autogestionario, hasta hacerlas predominar.

 

Ese predominio será el que transformará las formas de intercambio, el mercado actualmente existente.

 

El mercado, el intercambio de productos, es anterior al capitalismo y seguirá existiendo pero en la medida en que las formas socialistas, asociadas de producción, se vayan ampliando hasta predominar, se irá transformando paulatinamente, en intercambio de equivalentes y en diversas formas solidarias, en la medida en que predominen las formas.

 

Las crisis de superproducción del capitalismo existen por el ánimo de lucro, la competencia y la explotación asalariada, no por la ausencia de un plan general imposible mientras el motor de la producción esté compuesto por esos elementos. Solo un cambio en los métodos y en los objetivos de la producción, hacia el predominio de formas autogestionarias de producción y a la satisfacción de las necesidades racionales de los colectivos laborales y sociales, podrían eliminar las crisis.

 

El llamado “socialismo del siglo XX” que se propuso “conscientemente construir” la nueva sociedad, fracasó  precisamente, porque no fue capaz de generar otra superior, -aunque algunos intentos, transitoriamente, consiguieran superar a las sociedades capitalistas  en algún que otro aspecto científico y social-, pues desestimó el sentido libremente asociado del trabajo en el nuevo modo de producción, capaz de generar un nuevo y mejor sistema de bienestar general y una nueva conciencia social, por lo cual terminó siendo rechazado por los pueblos a los que se pretendió imponer, arbitrariamente, desde posiciones de un estado y un partido hegemónico.

 

El “socialismo de estado” que terminó arruinando las fuerzas productivas creadas por el capitalismo y por él mismo, carenó finalmente en el capitalismo, como única alternativa de desarrollo, por su rechazo a las nuevas formas autogestionarias, solidarias, libremente asociadas, de producción.

 

Mientras el “socialismo de estado” fracasaba, en el seno de las sociedades capitalistas, las nuevas formas de producción genéricas del socialismo se iban desarrollando a partir de las propias contradicciones del sistema imperante y del desarrollo de las fuerzas productivas que iban rompiendo el esquema capital/trabajo, como vías encontradas por los trabajadores para sacudirse el yugo explotador del orden asalariado.

 

Así ha ido ocurriendo con un sinnúmero de cooperativas, pequeñas empresas familiares, y trabajadores individuales que ejercen profesionales, técnicos y laborantes, quienes ofrecen libremente sus servicios y producciones y compiten exitosamente con las empresas capitalistas. El amplio desarrollo de la automatización y las nuevas técnicas de informatización y comunicación, han posibilitado el actual enorme despliegue del trabajo libre individual, familiar y cooperativo en el seno capitalista y romper muchas de sus formas monopólicas de mercado.

 

La evolución positiva y exitosa del trabajo libre asociado en el mundo capitalista ha sido demostrada por economistas que han ganado el premio Novel en años recientes.

 

El fenómeno que Marx describió como la primera forma de descomposición del Capital, las sociedades por acciones, se ha multiplicado y muchas importantes empresas capitalistas, desde la Gran Depresión de 1930, han adoptado la venta de acciones entre sus trabajadores.

 

También el procedimiento moderno de organización de las empresas japonesas concede amplia participación a los trabajadores en acciones, en la administración y en las ganancias, si bien los grandes inversionistas y el estado continúan controlando el grueso de las acciones y ganancias.

 

Los revolucionarios del siglo XXI tendrán que superar los prejuicios, dogmatismos y las banalidades de las experiencias anteriores precedentes y rescatar todos los valores originales de las teorías sociales más progresistas de los siglos XIX y XX, o estarán, igualmente, condenados a repetir los fracasos pasados.

 

En la Contribución a la Crítica de la Economía Política, Carlos Marx expuso resumidamente las conclusiones fundamentales de la filosofía que llevaría su nombre, en la siguiente forma:

 

“En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones que son necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto con las relaciones de producción dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De forma de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social.”

 

Para desgracia del proclamado socialismo que le siguió, el dogmatismo predominante, que proclamó esas verdades, lo hizo de manera que impidió su entendimiento y su materialización práctica. Aquel “socialismo”, que nunca lo fue, jamás se propuso desarrollar nuevas formas de organización de la producción, un nuevo modo de hacer producir a la fuerza de trabajo, en manera distinta a la asalariada capitalista y que fuera capaz de generar un nuevo sistema complejo de pensamiento y de vida superior que pusiera al ser humano en correspondencia con la naturaleza y no contra esta.

 

Aquel llamado “socialismo real” creyó que se trataba de imponer por la fuerza, -“revolucionariamente”-, a costa de expropiar violentamente a la burguesía, un régimen productivista de capitalismo de estado, semi-militarizado que hiciera una “mejor” distribución de la producción. Vieron el “socialismo” en la distribución, no en la forma de organizar la producción. Equivocados en los fines y los medios, no podía terminar de otra manera y no solo fracasaron ellos, sino que estigmatizaron el socialismo con sus violencias y voluntarismos, el cual fue perdiendo credibilidad entre los pueblos del mundo.

 

La batalla que debió darse en el terreno de las relaciones de producción, una vez tomado el poder político, apoyando y ampliando  el desarrollo de las formas autogestionarias existentes y creando otras nuevas hasta hacerlas predominantes, se verificó en el campo político-militar bajo control hegemónico de las elites que, en nombre del socialismo y la clase obrera, pretendieron controlar estados, gobiernos, países y todos sus medios y recursos de producción, para “su causa revolucionaria”, objetivos a los cuales subordinaron el desarrollo económico y científico técnico.

 

El “obrerismo”, que en el capitalismo solo se proponía mejorar las condiciones de los trabajadores asalariados y nunca se propuso convertir a los obreros en dueños efectivos, colectivos y asociados de las empresas, cuando llegó al poder convirtió a los dirigentes políticos en administradores del capital –ahora en manos del “estado obrero”- y los obreros siguieron siendo asalariados, pasando de empleados de los capitalistas a empleados del aparato burocrático del estado.

 

La lucha por el avance de las nuevas formas de producción de tipo cooperativo- autogestionario, la batalla de la nueva clase de los trabajadores libres asociados por desarrollar empresas de nuevo tipo, fue sustituida, en aquella teoría “socialista” por el “desarrollo de la economía”, los medios y técnicas de producción para alcanzar mejores resultados productivos, pero sin proponerse superar las relaciones de producción asalariadas.

 

Para aquel “socialismo” impuesto, todo valía y para garantizar el poder del partido que decía representar los intereses del proletariado, se violaron todos los valores positivos y derechos desarrollados y alcanzados por la humanidad y por las masas trabajadoras a través de luchas durante siglos. Para ello era necesario suplantar la concepción marxista de la extinción del estado, por su fortalecimiento. El burocratismo, con todas sus enfermedades y corrupciones, que acompaña naturalmente a todo estado, se convirtió así en parte inherente de aquel “socialismo…de estado”.

 

El sistema político que, según todas las ideas de los clásicos del socialismo, debía ser más democrático e inclusivo que la democracia burguesa, superior en todos los sentidos se preñó de métodos autoritarios que -lógicamente- terminaron desdeñando y menospreciando valores  éticos que fueron utilizados por las burguesías para imponerse políticamente, en virtud de la pretensión de las elites “comunistas ortodoxas” de controlar a toda costa el “poder político” y regentear los estados y sus economías, sin cambiar las relaciones asalariadas de producción ni los sistemas políticos “democráticos” representativos indirectos de la burguesía.

 

La democracia burguesa perfeccionada por el imperialismo, generó valores y derechos humanos, que el “socialismo de estado”, tratando de superar arbitrariamente, no solo deformó sino que en muchas partes hasta eliminó, por su “origen reaccionario”, lo que convirtió al nuevo sistema político estado-céntrico y totalitario del viejo socialismo en todo lo contrario de lo que se proponían los fundadores del socialismo: el reino de la emancipación plena del hombre.

 

Derechos que enarboló la Revolución Francesa, como la libertad, que defendieron todos los pueblos y que respondían a los intereses de todas las clases anti feudales, fueron considerados “burgueses”, por los “comunistas obreristas en el poder”.

 

Los intentos igualitaristas de generalizar amplios beneficios sociales bajo control de elites paternalistas a las que habría que rendir honores eternos por su dedicación a la “causa del proletariado”, degeneraron en formas aberrantes de control social vertical y clientelista, confundidas con idolatrías de tipo religioso.

 

El viejo socialismo, mantuvo el sistema asalariado deformado con pretensiones distributivas superiores desde un estado paternalista y terminó siempre reproduciendo el sistema político estatal burgués, absorbido por la superioridad tecnológica, competitiva y la organización política del capitalismo desarrollado; pero en transición inevitable al socialismo.

 

Fue así como se establecieron estados, controlados por “partidos centralizados” que esencialmente reprodujeron el aparato burocrático del anterior estado, con sus policías, sus leyes, sus cárceles, sus ministerios, sus gobiernos, sus parlamentos controlados y demás ingredientes que garantizaran el poder de las nuevas elites burocráticas que sustituyeron a las burguesías.

 

La historia enseña que las nuevas relaciones de producción surgen y se desarrollan en el régimen anterior y que una vez maduradas, cuando alcanzan una superioridad económica, política y social relativa, comienzan a desplazar las viejas relaciones de producción y a sus clases respectivas no solo de los espacios de intercambio, sino también de los enclaves políticos.

 

Que lo hagan en forma más o menos pacífica, depende de los grados de democracia y libertad alcanzados por cada sociedad en particular y por la propia fuerza, el peso económico y social, alcanzado por el movimiento cooperativo y autogestionario. El socialismo, por humanista, estará por principio contra la violencia.

 

Los propugnadores de la revolución social impuesta por una minoría que dirigiría a las masas hacia los fines socialistas, por medio de una “dictadura del proletariado” en sentido lato, fracasaron y solo lograron el amplio rechazo de los trabajadores y los pueblos.

 

Ese error no debe repetirse.

 

El socialismo, desde luego, será siempre buscado por los partidarios de la utopía; pero su acción consciente, antes, durante y después de la revolución política, deberá estar encaminada a completar la revolución social, al desarrollo predominante de las formas autogestionarias, cooperativas, de producción y la toma del poder político, democrático de las mayorías trabajadoras, tendrá sentido socialista en la medida en que avance en esa dirección hacia la abolición del trabajo asalariado.

 

En cada país capitalista, las formas autogestionarias y cooperativas se irán desarrollando de acuerdo con sus capacidades, la idiosincrasia de cada región, el nivel de libertad y democracia alcanzadas y deberán ir desarrollar formas de intercambios entre ellas, como vía para irse fortaleciendo internacionalmente, al margen del mercado capitalista, hacia un mercado común cooperativo, sin pretender suplantar el capitalista existente, hasta que las condiciones lo permitan.

 

Cuando los partidarios del socialismo autogestionario, vayan llegando a participar en los órganos de poder capitalista, o logren controlar las principales palancas del poder político, no deberán actuar violentamente contra el capital. Su triunfo tendrá que ser por vía de la superioridad económica y social.

 

El predominio mundial de las formas autogestionarias y cooperativas, será la revolución social mundial socialista.