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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba y su diáspora: el desafío de facilitar un reencuentro

 

Carlos Saladrigas, en Espacio Laical Digital

 

Debemos partir de la base de que existe un problema de fondo cuando un país no genera la capacidad económica, o el clima político, para retener a su población sin que ésta enfrente presiones o anhelos migratorios. Los países prósperos, lejos de padecer emigración, se encuentran con el buen problema de controlar la inmigración.

 

Aunque a corto plazo, la emigración cubana se ha convertido en una de las fuentes más importantes de remesas y divisas a la Isla, de cara al futuro la continuación de la emigración presenta un problema agudo, ya que somos el único país de América con una población decreciente. En la mayoría de los países donde se emigra, generalmente la emigración proviene de los sectores más pobres y de escasa educación. En el caso cubano se trata de personas educadas y capacitadas, producto de una enorme inversión nacional en este ámbito, pero que carecen de las oportunidades necesarias para proveerles a sus familias un futuro mejor.

 

La diáspora cubana, aunque extendida por muchos países, tiene una concentración particular en el sur de Florida, donde ha demostrado características marcadamente distintas a todas las olas migratorias que han formado parte de lo que es hoy Estados Unidos. Es notable el poder económico y político que han adquirido en pocos años los cubanos en el sur de Florida.

 

No obstante, ésta ola migratoria desde Cuba, que no ha decaído aun, representa, además, un reto y un gran activo estratégico para el futuro de Cuba. La diáspora del sur de Florida es una verdadera caldera de pasiones, dolor, tendencias políticas, extremismos, añoranzas y sueños. Pero algo que casi todos comparten, es que, aun en los jóvenes que ni siquiera la conocen, no han olvidado a Cuba, ni dejan de hablar de ella.

 

Si bien está decir que para que Cuba cambie todos los cubanos tenemos que cambiar, la diáspora cubana ya comenzó su jornada. Mientras algunos de nosotros hablamos de Cuba, muchos se están integrando a Cuba a través de los nexos familiares y afectivos que mantienen. Este gran sector de la diáspora está ya transitando, y de forma muy directa está teniendo un impacto enorme en la Isla. Más de 300 mil personas viajaron a Cuba el año pasado, remitieron varios miles de millones de dólares, van cargados de suministros para sus familiares, tanto para el uso personal como para la reventa, y contribuyen con insumos y capitales a las miles de pequeñas empresas que están brotando en toda la Isla. Estos, que son mayoritariamente los emigrados más recientes, están reunificando al país, persona a persona, familia a familia. Pero quedan muchos otros sectores de la diáspora, los más políticos, los que llegaron hace muchos años, y la clase empresarial, que aún están por comenzar su proceso de reunificación y de reintegración a Cuba.

 

En estos sectores radica una gran parte del potencial de la diáspora, que va desde la disponibilidad de capital hasta la llave para la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Ahí radica el reto y el activo estratégico. El activo consiste en una clase exitosa y capacitada en el manejo de los mercados, en una fuente importante de capital, y en la capacidad de ayudar a legitimar los difíciles procesos de cambio que enfrenta Cuba hoy y que enfrentará, aun más, en el porvenir.

 

El reto consiste en saber evolucionar desde una posición de obstáculo a una de activo transicional. Para esto se hace necesario tener la sabiduría, sobre todo en los años venideros, de no usar su poder político para dañar la soberanía de Cuba, sino para fortalecerla. Tenemos que aceptar la realidad de que la relación de Cuba con Estados Unidos siempre será asimétrica, pero una diáspora integrada, fuerte y poderosa, tendrá la capacidad de balancearla favorablemente en bien de Cuba.

 

Lograr esa integración, tan necesaria para la nación, exige que todos cambiemos. Cuba tiene que abrirse a su diáspora y su diáspora a Cuba. Cuba tiene que respetar los derechos de todos sus hijos, incluyendo a los que vivimos fuera. Somos cubanos, al igual que los de allá, con derechos y deberes. Es menester que se nos respete el derecho de regresar, algo tan humano como legítimo. Por nuestra parte, habrá en la diáspora aquellos a quien la historia dejará a un lado, porque no supieron, o no quisieron, tomar el paso de la reunificación. Pero quien sí añore y desee dar ese paso, debe adoptar actitudes facilitadoras y habilitantes.

 

Entre esas actitudes, la más importante es la humildad. Quizás tengamos más riquezas que los de allá, pero eso no nos hace más ricos. Hay muchos tipos de riquezas. Quizás tengamos algunos conocimientos que en la Isla se carece, pero hay muchas experiencias, vivencias y conocimientos que los de la Isla nos pueden enseñar. No tenemos un monopolio sobre el dolor, víctimas somos todos, muchas veces de nosotros mismos. Somos cubanos, al igual que todos, y solo con el corazón en la mano podremos superar el abismo de la separación y del tiempo.

 

En segundo lugar está la actitud de facilitar la reconciliación y la reunificación. Siempre van a existir problemas; pero ninguno debe alejarnos de la meta. Usando las palabras del cardenal Jaime Ortega, los materiales para construir puentes y murallas son los mismos. Es nuestra decisión cómo utilizarlos. Primero hay que remover obstáculos y derrumbar los muchos muros que a través de los años hemos erigidos en ambas costas. Después, tenemos que construir los puentes. La confianza y el respeto son esenciales para el entendimiento y la reconciliación.

 

Tercero, es esencial que haya una disposición al diálogo y una preferencia a escuchar antes de hablar. El diálogo, para que sea exitoso, requiere transparencia y respeto. Por necesidad tiene que preceder a la reintegración, ya que después de tantos años hemos de aprender a conocernos y a entendernos, reconociendo, apreciando y valorando nuestras diferencias.

 

En cuarto lugar, es importante contar con una visión enfocada hacia el futuro. Aunque la historia contiene importantes lecciones, a corto y mediano plazo, el pasado enloda y divide, mientras que el futuro conlleva el potencial de unirnos y de lograr algo conjuntamente. Claro está que el futuro se edifica sobre el presente, por lo que hay que salvar lo que se debe salvar, y desechar lo que se debe desechar.

 

Quinto, pero muy importante, es una actitud de valentía, sin miedo. Lo desconocido y lo incierto siempre nos atemoriza. Hace muchos años que nos tenemos miedo, unos a otros. Debemos sobreponernos al miedo y estrecharnos las manos. Hace tiempo que no nos vemos, pero somos hermanos. Es cierto que no sabemos qué traerá el futuro, pero éste tiene el potencial de ser mejor que el presente y el pasado. Debemos enfrentarnos a él con valentía, optimismo y esperanza.

 

Sexto, hay que saber soñar. La capacidad de soñar es contagiosa y poderosa. El sueño nos permite ver las cosas como deben ser, o como pueden ser. Soñar nos deja ver el futuro, nos contagia de optimismo y de colaboración, nos permite obviar nuestras fallas y ver solo lo bueno y agradable. El sueño nos puede unir como nación.

 

Por último, y lo más importante, es el amor. El amor que nos debemos como hermanos, y el amor que se nos da como cristianos. El amor todo lo puede. Es capaz de sobreponerse a la mayor de las dificultades y al mayor de los obstáculos. El amor puede más que el rencor, que el odio y que el miedo. Es lo que más necesita Cuba ahora y lo que necesitará mañana, y es lo que somos capaces de dar y recibir a plenitud. Esa es la actitud que nos humaniza, y que por sí sola es capaz de reunir todas las actitudes que nos hacen cubanos y compatriotas. Ha de ser el cemento con el que edificaremos entre todos la Cuba del mañana.

 

Han sido muchas décadas de separación y éxodos. Cuba tiene que volver a la normalidad, reinsertarse plenamente en la institucionalidad internacional y encontrar su espacio en una economía global cada vez más competitiva. Para lograrlo necesita la reunificación y la reconciliación con la diáspora que ahora, más que nunca, resultan posibles, aunque no fáciles. Para lograrlas hay que propiciar un ambiente de inclusión y crear oportunidades y espacios de diálogo y de encuentro. Esta es una responsabilidad compartida entre los de afuera y los de adentro.

 

Cuba enfrenta grandes retos y problemas, en un momento en el cual el mundo entero está sumido en una enorme crisis económica, en peligros geopolíticos, retos ambientales, crecientes desigualdades y, en no pocos países, extrema pobreza. La economía mundial y los avances tecnológicos imponen una competitividad intensa y una capacidad de cambio rápida y constante. La Cuba de hoy está lejos de hallarse preparada para enfrentar estos retos.

 

Los procesos de cambio, que tanta falta hacen, también ofrecen peligros desde el precipicio del consumismo desenfrenado que deshumaniza, el crecimiento económico disparejo capaz de dejar a grandes sectores de la población hundidos en la pobreza, hasta la corrupción endémica que aflige a la región y desemboca en Estados “fallidos” donde las mafias, los oligarcas y los hampones operan con impunidad.

 

Es por eso que en ambas orillas aquellas generaciones que contribuyeron a crear los problemas o la nuestra, que los acrecentó, debemos compartir una obligación especial orientada a buscar las soluciones que Cuba necesita para encaminarla en una dirección que aproveche el capital humano de nuestro pueblo y las ventajas estratégicas con las que cuenta. Muy fácil sería posponer las soluciones para las nuevas generaciones, pero el deber nos hace un llamado distinto. Todos hemos cometido errores que han dañado a la Patria, por lo que a todos nos concierne la tarea de rectificarlos.