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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba: “La Iglesia no puede callarse y debe hacer más”

 

Entrevista al sacerdote José Conrado Rodríguez, relegado a parroquia rural

 

 Carolina Barros, Ámbito Financiero 

 

El presbítero José Conrado Rodríguez es una de las voces más críticas del castrismo dentro de la Iglesia cubana. Consultado por Ámbito Financiero sobre los precarios entendimientos entre ésta y el régimen, respondió que «la Iglesia no puede dividir su propio bien del bien del pueblo».

 

Entre los discursos más críticos al Gobierno cubano está el del presbítero José Conrado Rodríguez, hasta hoy párroco de la Iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Santiago de Cuba. Por sus homilías descarnadas y por su defensa en voz alta de los derechos humanos y de la libertad y, por sobre todo, de periodistas disidentes, de presos de conciencia y de las Damas de Blanco, José Conrado es una figura pública en la isla y entre el vasto continente de los cubanos exiliados.

 

La jerarquía de la Iglesia Católica de Cuba, acostumbrada a recibir quejas recurrentes desde el régimen sobre Rodríguez, lo envió al extranjero para realizar «estudios» (después de que publicara varias cartas en contra de los Castro). Hace pocas semanas le comunicó su futuro traslado a la parroquia rural de El Cristo, a 15 kilómetros de la ruta que une a Santiago con La Habana.

 

El domingo, después de una semana en que las Damas de Blanco sufrieran una dura represión de parte del castrismo, Ámbito Financiero entrevistó telefónicamente a este sacerdote. Sus respuestas, por momentos cargadas de simbolismo, estuvieron atentas a posibles escuchas en la línea.

 

Periodista: ¿Buscan callarlo con su traslado a una parroquia rural?

 

José Conrado Rodríguez: Es una práctica normal. La lectura que hacen los cubanos del exilio y disidentes en la isla es que me impusieron una manera de callarme. Yo no lo veo así; esto no significa que me hayan neutralizado. Decía el Dante que en el Noveno Círculo estaban los que no se comprometían en tiempos de crisis y conflicto. Soy uno más, pero aunque mi voz sea un murmullo no me voy a callar ni mi voz va a faltar.

 

P.: En mayo 2010, la Iglesia comenzó un diálogo mediador con el Gobierno de Raúl Castro. Más de cien presos políticos fueron liberados. Usted ha dicho que no fueron liberados sino «deportados a España». ¿Cuál es la relación entre el régimen y la Iglesia en Cuba?

 

J.C.R.: La única posición justificable de la Iglesia en relación con los poderes políticos establecidos por los hombres es el respeto a los derechos humanos. Esa es la piedra basal en la que se fundamenta la Iglesia. Hubo un intento de componer una situación de conflicto, luego de los actos (oficialistas) de repudio a las Damas de Blanco. Eso justificó la intervención de la Iglesia: el arzobispo de Santiago de Cuba, Dionisio García, y el cardenal Jaime Ortega (arzobispo de La Habana) buscaron colaborar frente a la represión. Pero la tarea de la Iglesia es que el Gobierno sea consecuente con sus medidas y promesas de reconciliación y respeto.

 

P.: ¿Cree que la Iglesia no hace lo suficiente?

 

J.C.R.: No hay un diferendo entre el Gobierno y la Iglesia. El problema es que hay un Gobierno, un poder, que irrespeta los derechos fundamentales. Aunque en un primer momento el Gobierno reaccionó positivamente y cesó el ataque sobre las Damas de Blanco, y se logró la deportación de presos de conciencia, ese buen propósito llegó a una solución deficiente: no basta con la deportación de disidentes, hay que respetar las diferencias mediante el diálogo. El Gobierno quiere arreglarse con la Iglesia pero sin que eso signifique respetar el problema de base.

 

P.: ¿Cuál es?

 

J.C.R.: Respetar las libertades, lograr un status de derechos humanos. Ese es el reto. Estamos en una situación de limbo. Los gestos de disposición al diálogo de parte del Gobierno no son suficientes y es algo a lo que la Iglesia, por su dimensión profética, anunciar la salvación y el respeto a los seres humanos como hijos de Dios, no puede renunciar. Se requiere actitud de paciencia y de constancia. El problema no es que la Iglesia se entienda con el Gobierno sino que se respeten los derechos humanos. Para nosotros no hay otro camino que la concertación de voluntades, pero también existe el de la denuncia. La Iglesia no puede callarse, cruzarse de brazos.

 

P.: ¿En qué calla la Iglesia respecto de lo que ocurre hoy en Cuba?

 

J.C.R.: En un país con un autoritarismo desde el Estado, la gente teme hablar y el que lo hace se compromete de manera peligrosa. Hoy, la única institución que no teme es la Iglesia. Por eso, callarnos no podemos, la Iglesia no puede callarse. Aunque los obispos reaccionaron, la Iglesia podría hacer aún más, pero allí también está el talante, la manera de ser de cada cual. Estamos llamados a hacer más. La situación de Cuba es tan seria, de tanto temor, es un sistema de represión policial y armada tan fuerte que la gente no quiere comprometerse con el dolor y la violación de los derechos humanos. Los obispos también son gente, son ciudadanos, son seres humanos.

 

P.: Ese principio de concordia entre la Iglesia cubana y el régimen de Raúl, ¿hizo revivir el fervor cristiano en la isla?

 

J.C.R.: La fe aligera la presión de las dimensiones de la vida. Pero la Iglesia no puede dividir el bien de la Iglesia del bien del pueblo. No son separables: si no, tendríamos privilegios y no derechos.

 

P.: ¿Tiene miedo?

 

J.C.R.: Tengo miedo pero a la vez no puedo dejarme paralizar: sería la muerte del espíritu. Un sistema como el de Cuba es amenazador, con un poder muy grande y presente, omnipresente. Con mi traslado a la parroquia rural, psicológicamente es como si me hubieran desterrado, pero estoy cerca y seguiré estándolo de los que me necesitan y de los que necesitan que hable por ellos.