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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba: La empresa privada y la voluntad política

 

Leonardo Padura, para RIA Novosti

 

En los últimos seis años, bajo la batuta del general Raúl Castro, Cuba ha comenzado un proceso de cambios económicos que, bajo el nombre programático de “Actualización del Modelo Económico cubano”, pretende resolver los serios problemas que en esa importante esfera se acumularon en el país a lo largo de cinco décadas y, en especial, en los años que siguieron a la caída del socialismo europeo y la consiguiente pérdida del soporte económico que desde allá recibía la isla.

 

Una de las medidas más comentadas ha sido la de revitalizar el trabajo por cuenta propia (o sea, independiente del Estado) y hasta fomentar las pequeñas empresas privadas y cooperativas obreras. En 1968, mediante la llamada “Ofensiva Revolucionaria” toda la pequeña actividad comercial o productiva privada que aun sobrevivía en el país fue “intervenida” por Estado. Luego, en el fragor de la crisis de los años 1990 (el eufemísticamente llamado “Período Especial”) se reabrió la posibilidad del trabajo privado, aunque con excesivos controles y poca voluntad política de sostenerlo. Ahora, con el gobierno dirigido por Raúl Castro se le ha dado un nuevo impulso a esta opción laboral y productiva, al parecer con una verdadera intención de convertirlo en parte del entramado económico y social cubano.

 

Vuelve la pequeña empresa

 

En el proceso que corre, según se ha declarado, el Estado se propone transferir actividades de servicio, de producción agrícola, incluso de transporte y producción hacia el universo de los particulares y cooperativistas, como forma de ayudar a la solución del grave problema del sobrempleo existente en la isla, de alentar una mejoría en sectores como los servicios y la agricultura (vital para la subsistencia del país) y, de paso, obtener dinero mediante la imposición tributaria, entre otros beneficios.

 

Para los cubanos que por sus capacidades o posibilidades se han decantado por esta opción laboral o económica, el principal atractivo es que pueden ver incrementadas sus ganancias en proporciones considerables, de acuerdo a la actividad a que se dediquen y al éxito que tengan en ella. Aunque no es lo más común ni mucho menos, un dueño de restaurante o de un bar bien ubicados en la ciudad y que se ponga de moda puede llegar a ganar varios miles de dólares mensuales, mientras el salario promedio que paga el Estado anda por los 500 pesos, algo así como 25 dólares…

 

Desde que en 2010 se amplió y flexibilizó la política del trabajo por cuenta propia, la cifra de personas vinculadas a él creció de 157 mil a más de 440 mil, y se espera que siga incrementándose en los próximos años.

 

Pero aunque la política oficial declarada es ampliar esta opción laboral, las estructuras y espacios para el ejercicio de la actividad privada siguen siendo limitados y primitivos y por tanto incapaces de generar riquezas en las proporciones que el país lo requiere. Como dijera un cubano de a pie, con pizzas y croquetas no se hace una economía nacional.

 

El hecho de que el Estado quiera conservar en su poder los renglones económicos estratégicos y de gran importancia (de la minería a la banca, del comercio exterior a la generación de energía) no debería limitar la apertura de una forma productiva que hasta ahora está limitada a una serie de actividades reglamentadas, entre las que se encuentran el “desmochador de palmas”, el “trasquilador” y el “reparador de paraguas”... Al decir de un especialista, lo que debería publicarse es la lista de actividades prohibidas y dejar el resto de los oficios y prácticas productivas a la capacidad y posibilidad de los ciudadanos.

 

Sobrevivir en el intento

 

Uno de los problemas para conseguir la inserción de la pequeña empresa privada en la estructura real de la economía productiva cubana está en las fuentes de financiamiento con que cuentan esos empresarios y la dificultad de expandir sus negocios, en caso de que estos sean exitosos. Con una banca nacional que poco y mal puede hacer préstamos, las fuentes monetarias extranjeras (especialmente de cubanos residentes en el exterior o de extranjeros residentes en Cuba) han actuado bajo el telón como los soportes de muchos negocios. Pero sin una ley de inversión extranjera más amplia y dinámica que la vigente, difícil y riesgoso resulta cualquier inversión en Cuba para esas personas e inhibe la posibilidad de que otros se sumen, con más y mayores capitales. Por otro lado, el empresario cubano exitoso tiene (o tendría) que hacer piruetas legales (o ilegales) para invertir en la multiplicación de su actividad o para incursionar en otras, pues obviamente no se desea una acumulación de capital en manos de privados.

 

A esas complejidades se debe sumar una ley tributaria que cobrará altas tasas a los que acumulen mayores ganancias, la falta de un mercado mayorista, la dificultad para importar equipos y mercancías, o la limitación de derechos de muchos de esos trabajadores que no tienen posibilidad de acceso directo y legal, por ejemplo, a la compra de un automóvil, mucho menos a un equipo especializado que no le sea vendido por el Estado…

 

Hasta el momento, el sector agrícola, el más necesario para la economía nacional, no ha rendido los beneficios que se esperaban con la desestatalización de una parte de las tierras y las producciones. Aunque existen campesinos individuales y cooperativas exitosas, la deuda productiva acumulada por la agricultura de la isla es demasiado grande y las estructuras de distribución y comercialización obsoletas (muchas veces en manos del Estado) siguen siendo el talón de Aquiles de una actividad en la que el tiempo decide la eficiencia de la labor.

 

Con algunas luces y todavía muchas sombras, el trabajo privado comienza a hacerse un espacio en Cuba. El éxito de su reinserción en el panorama económico de la isla depende ahora de la voluntad política de permitir su desarrollo, de abrirle caminos en lugar de cortárselos y de entenderlo como una necesidad para un país cuyo sistema económico estatalizado y centralizado, minado por la ineficiencia, ha sido incapaz de brindarle a los ciudadanos un estado de bienestar, pues ni siquiera a nivel de salarios ha podido cumplir con las expectativas de una población sometida a un cuarto de siglo de carencias y necesidades.