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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba, Estados Unidos y la Unión Europea, ¿hacia un nuevo paradigma?

 

 Antonio J. Vázquez Cortés, en Passim

 

Una guerra global de casi cincuenta años, que definió la configuración y el reparto del poder internacional concentrándolo en dos grandes polos de influencia política, militar y económica, no podía terminarse en el tiempo que se tarda en derribar un muro de 45 kilómetros. La Guerra Fría dejó una estela tan densa que aún hoy puede verse en el cielo de los países del actual sistema multipolar, y la situación que estamos viviendo en Ucrania, con la península de Crimea como tablero donde Rusia cultiva su influencia a las puertas de Europa, es un claro ejemplo del surco que el conflicto entre Estados Unidos la antigua URSS y sus respectivas órbitas ha dejado en el mundo de hoy.

 

Pero Europa no fue el único escenario. El telón se abrió y cerró con la misma frecuencia al otro lado del Atlántico, concretamente en Cuba, donde incluso llegó a representarse una de las más grandes y famosas funciones de suspense (y casi drama) de la historia. Y ello, obviamente, dejó una profunda huella en la sociedad cubana. La condición de frontera entre los dos mundos, de vivir a 90 millas del enemigo, ha marcado como pocas cosas la vida de los cubanos, y como no, las relaciones de su país con el resto de Estados y regiones. Unas relaciones que desde que Thomas Jefferson dijera en 1820 que la isla era “the most interesting addition which could ever be made to our system of States“ han atravesado por multitud de escenarios, situaciones y circunstancias.

 

Desde que Raúl Castro se hiciera cargo de la presidencia del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros de Cuba en 2008, las relaciones con Estados Unidos, Europa y los Estados de Latinoamérica y el Caribe entraron en una nueva fase. Las medidas de apertura económica adoptadas desde ese momento no solo fueron un acicate para una sociedad deseosa de cambios y mayores libertades, sino un guiño hacia el exterior, del que depende inevitablemente la economía cubana en todos los sentidos. La normalización del nuevo contexto social, marcado por la proliferación de pequeñas transacciones monetarias y generación de nuevos negocios a escala microeconómica, y el desarrollo de nuevas relaciones económicas protagonizadas por un mayor desbloqueo a la inversión exterior, ha facilitado la gestación una nueva visión exterior sobre el país. Este nuevo contexto, de llegar a concretarse a través de la puesta en marcha de políticas de acercamiento y acuerdo, marcará, sin lugar a dudas, un punto de inflexión en la definición de Cuba en el mundo, y en el desarrollo y bienestar de la sociedad cubana.

 

Cuba y EEUU

 

La V Cumbre de las Américas de Puerto España (Trinidad y Tobago) dejó, como una de sus herencias más importantes, un cambio en el discurso que mantenían mutuamente Cuba y EEUU. La idea de Barack Obama era comenzar un “nuevo capítulo” en las relaciones bilaterales con la isla, que estuviera marcado por la superación de la desconfianza y el diálogo sobre temas que era tabú hasta este momento, como el bloqueo económico y comercial o la situación de los presos políticos. Por su parte, la influyente colectividad de emigrantes y exiliados cubanos de Miami cambió en buena medida su discurso radical hacia uno más tolerante y conciliador. La evidencia del fracaso de las agresivas políticas de aislamiento, como las Cuban Democracy Act y Helms-Burton Act, marcó la necesidad de mantener una actitud más cercana y dialogante, sin perder ni un ápice la contundencia en la condena al gobierno de Raúl Castro. La situación, con inevitables altibajos, ha ido evolucionando en los últimos años, hasta llegar a nuestros días, cuando parece inevitable el inicio de una nueva narrativa.

 

Estados Unidos vio en la celebración a finales de enero de la Cumbre de la CELAC en La Habana una oportunidad única para impulsar un nuevo acercamiento. La OEA y su secretario general José Miguel Insulza serían los intermediarios perfectos. Con ello, Estados Unidos buscaba reforzar a esta organización y su influencia en Latinoamérica frente a una CELAC que la había relegado a un papel secundario en la región; y al mismo tiempo, dar un espaldarazo a un duramente criticado y cuestionado Insulza. El día 10 de diciembre, durante los funerales de Nelson Mandela en Johannesburgo, fuimos testigos un gesto clave para el inicio de este nuevo tiempo: el saludo de Barack Obama y Raúl Castro. Pero, los días 17 y 18 de enero se produjeron dos maniobras clave. Por un lado, y en relación con lo anterior, en el marco de la celebración de la cumbre de la CELAC en La Habana, José Miguel Insulza tomó rumbo a La Habana en viaje oficial, lo que suponía la primera visita de un Secretario General de la OEA a Cuba en más de 50 años. En 2015 se celebrará una cumbre de la OEA en Panamá, y posiblemente sea entonces cuando la organización panamericana acabe aceptando el reingreso de Cuba en la misma. Por otra parte, el político estadounidense Bob Graham, exsenador y exgobernador de Florida, también viajó a La Habana en el marco de una reunión sobre prevención de vertidos de Petróleo en el Golfo de México organizada por el Council on Foreign Relations, pero acabó despachando con las autoridades cubanas sobre asuntos como los Derechos Humanos o el caso de Alan Gross. Éste último será pieza clave en la evolución de las relaciones, más aún tras la reciente liberación de Fernando González, uno de los cinco espías cubanos presos en Estados Unidos. No sería de extrañar, y supondría un paso muy importante, que Cuba liberase en breve al contratista norteamericana. La visita, que fue duramente criticada por los sectores más duros de la oposición, supuso un gesto de “perfil bajo” de los acaban teniendo más repercusión e importancia de la que parece.

 

Poco antes de esto, se hacía pública una reunión de funcionarios estadounidenses y cubanos en La Habana para seguir dialogando sobre política migratoria, en unas conversaciones que se habían iniciado en julio de 2013 y que, en esta ocasión coincidían curiosamente con el primer aniversario de la reforma migratoria cubana, que flexibilizó la salida al extranjero de los cubanos. Los casos de los cinco espías cubanos y el de Alan Gross siempre estuvieron en el tapete como moneda de cambio para una mayor apertura. Con toda seguridad, en los próximos meses se irán dando pasos hacia la normalización de las relaciones entre ambos países. Pasos que permitirá, por ejemplo, el reencuentro de familias que llevan años separadas por obsoleto e inmisericorde muro ideológico; o, de manera más anecdótica, la disputa de partidos de béisbol con equipos de uno y otro lado del estrecho. La cercanía familiar y cultural de ambas sociedades es, en mi opinión, la pieza más importante de este puzle. Si algún día llega a encajar, con la voluntad de ambos gobiernos mediante, es posible que veamos una Cuba libre, independiente y más próspera.

 

Cuba y la UE

 

El interés de la Unión Europea por Cuba siempre fue escaso, debido seguramente a la deuda que, más allá de lo económico, el viejo continente ha mantenido con Estados Unidos. Sin embargo, para ser honestos, hay que reconocer que fueron las autoridades de la UE quienes, con más desgana que interés, tendieron la mano al gobierno de La Habana para ofrecerles ser partícipes de las ayudas económicas que se destinaban a los países de África, Caribe y Pacifico en forma de cooperación al desarrollo; ayuda que era negada sistemáticamente tanto por el gobierno cubano como por los Estados miembros de la UE más exigentes con el respeto a los Derechos Humanos. Así y todo, Cuba aparecía como una pequeña mota de polvo muy alejada en la distancia a la que no había que prestar demasiada atención.

 

Pero en 1996 la indiferencia mutua tornó en beligerancia. Estados Unidos sabía que en buena medida era España quien lideraba la interlocución diplomática de Europa con la isla, y aprovechó la llegada de José María Aznar a La Moncloa para, mediante argucias diplomáticas, lograr que la UE endureciera la política hacia Cuba. Aznar, que ya desde una temprana presidencia pretendía fortalecer los lazos con los Estados Unidos, se puso manos a la obra para promover en Bruselas que el Consejo Europeo adoptara una postura común y única que sirviera de base y pauta para marcar las relaciones de éstos con Cuba. No hizo falta convencer a los jefes de Estado y de Gobierno, pues en diciembre del mismo año 1996 la Posición Común, uno de los gestos de política exterior común más injustos y vergonzosos de la historia de Europa, quedaba aprobada. La UE, que mantenía relaciones de todo tipo con democracias ejemplares como el Egipto de Mubarak, el Túnez de Ben-Ali, la Libia de Gadafi, o la Arabia Saudí del rey Fahd, condicionaba las relaciones comerciales y de cooperación al desarrollo con Cuba a sus “mejoras en el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales”. Un ejemplo más de incoherencia, hipocresía y fariseísmo en el seno de una organización de tan altas aspiraciones y tan virtuosos objetivos.

 

A pesar de los frustrados intentos por parte del ministro socialista Miguel Ángel Moratinos para poner fin a la Posición Común, ésta ha seguido marcando hasta hoy la agenda de las relaciones bilaterales entre Cuba y la UE, y sobre todo en lo referido a relaciones comerciales. Pero no sería de justicia no hacer mención a los fondos que, aun siendo muy escasos, la UE ha destinado a cooperación al desarrollo a lo largo de toda la geografía cubana. Unos fondos que han contribuido, junto con el gran trabajo (aunque mejorable) de la AECID, a la mejora de vida de muchos ciudadanos y comunidades. Ello, junto con las reformas económicas implementadas por el gobierno de Raúl Castro, sentó las bases para el establecimiento de unas relaciones cordiales y de respeto mutuo, que nos han llevado a la situación actual, marcadora por un giro en la actitud europea, que ha marcado el paso hacia un más que posible fin de la tan perversa como inútil Posición Común.

 

Hoy parecen soplar otros aires, y el estado de opinión anuncia el deshielo de las relaciones. Estados europeos como Holanda o Suecia, que siempre habían mostrado con vehemencia la negativa a flexibilizarlas, han suavizado considerablemente su discurso. Ya en la I Cumbre CELAC-UE de Santiago de Chile se oyeron voces de uno y otro lado del océano partidarias de comenzar a trabajar en una nueva línea de mutua colaboración, en la que Cuba ocuparía un papel primordial. Han pasado tres años desde entonces, y la decisión parece estar tomada por parte de los 28, que han fijado la meta en 2015 para consensuar un nuevo marco común sobre el que construir unas nuevas relaciones políticas y comerciales encaminadas a sacar el máximo provecho a una realidad evidente: por un lado, la UE, como segundo mayor socio comercial de Cuba, debe adelantarse a EEUU o Brasil y buscar una posición privilegiada en un mercado que, inevitablemente, será más abierto. Para ello es imprescindible, por un lado, llamar a las puertas de la inversión y la isla, dejando las nuestras abiertas a los productos cubanos; y por otro, en relación con lo anterior, ampliar los fondos de cooperación al desarrollo superando la limosna del Sistema de Preferencias Generalizadas.

 

Pero no son pocos ni fáciles los escollos que deben salvarse para avanzar definitivamente hacia la normalización de las relaciones. Las autoridades cubanas han visto con buenos ojos el nuevo discurso europeo. Son conscientes de la necesidad de diversificar el riesgo, abriéndose a nuevos mercados y nuevas inversiones que terminen de impulsar una economía cuyo motor pasa hoy por los dólares de la inestable Venezuela y el impredecible Brasil. Sin embargo, a pesar de contar con asentadas relaciones bilaterales con algunos Estados miembros, otros como las mencionadas Suecia y Holanda o la República Checa, mantienen serias dudas acerca de la idoneidad de flexibilizar los vínculos sin que haya gestos radicales por parte del gobierno cubano. Así y todo, creo que no caben dudas en la necesidad y la decisión de dar un giro a la política europea sobre Cuba, y estoy convencido de que habrá novedades importantes y muy positivas para ambos actores a lo largo de este año.

 

En efecto, parece que 2014 ha comenzado con grandes esperanzas para Cuba. La voluntad política por parte de Estados Unidos, la Unión Europea y la propia Cuba, dejando atrás este infausto periodo de bloqueos y tensiones, parece clara. Los obstáculos internos y externos no son pocos, pero las posiciones aperturistas tienen una baza a su favor: la evidencia del absoluto y rotundo fracaso de las políticas mantenidas hasta hoy. Es más que posible que este año sea el del inicio de una nueva época para las relaciones de EEUU y la UE con la más grande de las Antillas. Una nueva época que, quien sabe, pueda quedar marcada en los libros de historia como la de mayor prosperidad para un país y una sociedad incomprendida e injustamente tratada por el resto el mundo desde que en sus valles, sus llanuras, sus sierras, sus manglares, sus playas y sus ciudades quedara marcada la cicatriz de una guerra entre dos superpotencias que no acaba de curar del todo.