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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba del Norte

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

Se dice que algunas cosas no cambian nunca. Tal afirmación, que en primera instancia parecería quizás demasiado pesimista, podría ilustrar perfectamente la actitud de un sector de los cubanos emigrados, residentes en Miami, que insisten en remedar a su manera los mismos procederes de la dictadura isleña que dicen condenar. Me refiero, por supuesto, al boicot que algunos grupos organizaron contra el concierto de Pablo Milanés en esa ciudad, incluidas las amenazas directas a quienes osaran participar en el mismo.

 

Entre incrédula y sorprendida, le comenté a un amigo cercano -un opositor de vieja data- sobre el caso, expresándole mi confusión acerca de que en una comunidad que ha escapado del totalitarismo insular, de los mítines de repudio y de las exclusiones, se aplicaran igualmente métodos fascistas de coacción y amenazas, incluyendo en algunos casos hasta ciertas versiones de mítines de repudio en las que no ha faltado alguna vez la quema pública de discos musicales (esta vez una aplanadora triturando discos de Pablo fue la novedad); a lo que mi amigo, impertérrito y con un ligero encogimiento de hombros, me dijo con la naturalidad de quien se sabe el cuento: “Miami es Cuba del Norte; solo que una Cuba sin Fidel”. Ignoro si la frase es suya o de otra autoría, pero no se me ocurre una definición más exacta.

 

Es harto conocido que el sistema de exclusiones de la Isla alcanza cada esfera de la creación o de la vida social: escritores, artistas, científicos…  Todos, en algún momento deben declarar fidelidad al gobierno y resultan verdaderamente escasas las excepciones de aquellos que han decidido eludir el bocadillo de adhesión política y salir airosos de la prueba. Incluso los deportistas vencedores en cualquier lid han tenido que enfrentar la muy manida pregunta: “¿A quién dedicas esta medalla?”; que tiene como objetivo inducir una respuesta prácticamente obligada: “A nuestro comandante Fidel Castro y a la revolución”.

 

Parecería que el sistema basado en el elemental principio de parametración ideológica que aplica tabla rasa tomando en cuenta la contraposición revolucionario-contrarrevolucionario, sólo tendría cabida en Cuba. Sin embargo, no se trata aquí de un producto genuino del castrismo, sino que rebasa nuestras limitadas fronteras geográficas y persiste allí donde se asientan comunidades de cubanos. Se trata, ni más ni menos, de un curioso proceso de difusión cultural que ha llevado a otras latitudes no solo nuestras virtudes (que también las tenemos), sino además las deformaciones históricas propias de nuestra naturaleza e idiosincrasia. En muchos sentidos siempre hemos sido un pueblo intolerante y proclive a la violencia, donde el más guapo y el más gritón es el que se impone… mientras otros se pliegan; lecciones de incivilidad que seguimos pregonando aquí y por el mundo. Afortunadamente hay un nutrido sector que marca la diferencia.

 

Está lejos de mi intención limitar el derecho de cualquier cubano a simpatizar o no con un artista, un escritor, un intelectual o cualquier otra personalidad pública. Lo que no me parece honorable es legitimar la parametración a la inversa y exigir a un artista de la Isla que se pronuncie políticamente o que reniegue de sus tendencias o posiciones anteriores como condición para no ser sometido a un mitin de repudio en Miami.  Se puede elegir entre apreciar o no la creación musical de Pablo Milanés, cuestionarnos sus posturas o criterios en torno a un tema de la realidad cubana en general, compartir o no sus opiniones y simpatías políticas, asistir o no a su concierto o tenerlo o no entre los cantautores que preferimos; pero me parece totalmente desafortunado aplicarle los mismos métodos que emplea la dictadura sobre sus oponentes y declararle la guerra en un escenario cuyo público es mayoritariamente cubano, entre los cuales un alto porciento alguna vez simpatizó o formó parte del proceso revolucionario de la Isla, sin que hoy sufran presiones o amenazas por ello.

 

En definitiva, si se mira con objetividad, a Pablo Milanés se le quiso castigar por parte de un sector de emigrados (llámense exiliados si así lo prefieren) por no ser un fundamentalista y porque en su calidad de figura pública, sus posturas no han tenido la protección del anonimato que sí envuelve a otros. No goza de impunidad porque ha sido visible. Peor aún, se le niega el mérito de haber rectificado abiertamente ciertas posiciones y hasta se olvida deliberadamente que fue uno de los pocos que tuvo el coraje de no comulgar con los asesinatos de tres jóvenes cubanos en 2003 desde dentro de la Isla. Por mi parte, prefiero juzgar a las personas por sus buenas obras, Pablo incluido, sobre todo sabiendo que ninguno de nosotros -de “aquí” o de “allá”- puede permitirse el lujo de reclamar pureza política o cívica. En todo caso, Pablo eligió mejorarse como ser humano, lo cual me vale más que la elección de torquemadas postmodernos por la que han optado sus inquisidores de Cuba del Norte. Y si este post me va a costar una parametración y algún que otro mitin de repudio virtual, que así sea: no sería el primero al que sobrevivo… ni el último.