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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba cambiará en la medida que los cubanos cambiemos

 

Dimas Castellanos, en Diario de Cuba

 

Los mandatarios de Cuba y Estados Unidos acaban de anunciar el primer y más importante resultado del proceso de normalización de las relaciones entre los dos países: la reapertura de sus embajadas en Washington y La Habana.

 

Los 196 días transcurridos entre el 17 de diciembre de 2014 y el 1 de julio de 2015 es cien veces menor al que transcurrió desde aquel 3 de enero de 1961, cuando el presidente Dwight D. Eisenhower decidió romper las relaciones diplomáticas con el gobierno de Cuba. Por su significación ese breve tiempo quedará grabado en la historia de las dos naciones, pero especialmente en la de Cuba, al crearse un escenario favorable para los cambios que la mayor de las Antillas necesita con urgencia.

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El paso del tiempo dirá cuánto durará recuperar lo que se destruyó en más de medios siglo. En ese sentido la apertura de las embajadas es sólo el primer paso de un largo y complejo camino, pues la magnitud del daño antropológico sufrido llevará mucho tiempo, esfuerzo y voluntad para su recuperación. Pero, sin dudas, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas tendrá un impacto inevitable a mediano-largo plazo en las libertades fundamentales y la reconformación del ciudadano, que constituyen las dos mayores carencias del pueblo cubano.

 

Enero de 1959 irrumpió en la historia de Cuba pletórico de esperanzas, pero el giro hacia el totalitarismo, sufrido por el proceso revolucionario en materia de libertades ciudadanas retrotrajo a Cuba a una época tan alejada como 1878 (1). Ese retroceso, que constituye la causa primera del estado deplorable de la sociedad cubana, desde la economía hasta la vida espiritual, es un ejemplo paradigmático de lo que nunca debió ser, cuyo lado positivo está en que nos indica lo que no debe y no puede repetirse en nuestra historia.

 

Por eso más útil que señalar culpables -aunque los hay-, en la visión de presente y futuro es destacar la cuota de responsabilidad de todos o de casi todos los cubanos. De igual forma que el desconocimiento de las leyes no exime de responsabilidad al violador; todos los que de una u otra forma, por causas que van desde la ignorancia hasta la perversidad que encierran algunos egos, en mayor o menor medida, somos corresponsales de lo ocurrido. Quiero pues, en escasas líneas, destacar uno de nuestros males ancestrales, la responsabilidad personal devenida indiferencia social.

 

A la pregunta acerca del significado del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, las respuestas conforman un espectro que abarca desde los que consideran que se resolvió el problema hasta los que opinan que aquí nada va a cambiar; pero lo más generalizado en las respuestas es la ausencia del papel del cubano como ente activo en ese proceso, un dato importantísimo que no puede ignorarse si se quiere entender y transformar nuestra realidad.

 

Los cubanos, despojado de las libertades y los espacios que conforman el oxígeno del ciudadano, perdieron la noción de responsabilidad cívica. Su participación durante más de medio siglo quedó reducida a apoyar o rechazar lo inducido por el poder. Los que hoy cuentan con 70 años de edad tenían sólo 14 en aquel 1959 lo único que han conocido hasta hoy ha sido la subordinación a un poder totalitario. Por tanto resulta lógica la indiferencia generalizada ante los actuales sucesos.

 

En el evangelio de Marcos (1.14-15), se narra una de las experiencias cristianas que hoy tiene tanta validez como la tuvo hace dos mil años. Según Marcos cuando Jesús regresó a Galilea empezó a anunciar las buenas noticias de Dios, decía: Ya ha llegado el momento, el reino de Dios está cerca. Cambien su manera de pensar y de vivir, crean en las buenas noticias.

 

Desde esa óptica, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos puede ser un factor importante para la recuperación de las libertades perdidas y de la condición de ciudadano. Pero ese factor resultará nulo sin el cambio en la manera de pensar y de vivir de los cubanos. Parafraseando a Jesús ya ha llegado el momento, el cual tiene que ser acompañado, como él lo hizo, con acciones dirigidas, en primer lugar, al cambio de conducta, que incluye asumir una responsabilidad en el cambio.

 

Por tanto, la trascendencia histórica del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos depende de la medida en que seamos capaces de cambiar para recuperar la condición de ciudadano, que a su vez, es una necesidad insoslayable para salir del estancamiento en que vivimos.

 

Los discursos del mandatario estadounidense, desde el 17 de diciembre hasta hoy, no exigen las libertades ciudadanas como condición para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Contienen una renuncia explícita a mantener una política fracasada y el reconocimiento de que si algo no funciona podemos cambiarlo y lo cambiaremos. Con ese giro, sin renunciar al compromiso con los derechos humanos, se despoja al gobierno cubano de los argumentos de “plaza sitiada” y de  “enemigo”, que le permitió anular toda manifestación contraria dentro de Cuba. Ahora, en el nuevo escenario, los cambios que realmente Cuba necesita, dependen del cambio de conducta, similar a la contenida en las palabras de Jesús en Galilea.

 

Si el paquete de medidas anunciadas por la Casa Blanca abre un proceso de transformaciones favorables al renacimiento y fortalecimiento de la sociedad civil, el resultado depende de la disposición, capacidad e inteligencia de los cubanos para aprovechar un escenario que a mediano-largo plazo removerá las bases que permitieron al Gobierno decidir la suerte del país y de cada uno de sus habitantes.

 

Lo anterior le brinda a la reanudación de relaciones diplomáticas -aunque sea sólo el primer paso de un largo y difícil camino- una dimensión que la ubica como el hecho de mayor trascendencia política en Cuba después del primero de enero de 1959.

 

Sin desconocer los grandes obstáculos a superar, el restablecimiento aleja una salida que amenazaba con la violencia y con una emigración masiva hacia los Estados Unidos, a la vez que removerá las bases que permitieron al modelo totalitario decidir la suerte del país y de cada uno de sus habitantes. Por eso la decisión es útil a los intereses estadounidenses; útil al gobierno de la Isla y útil al pueblo cubano, siempre y cuando seamos capaces de cambiar y saber aprovechar ese escenario favorable para el empoderamiento.

 

Por tanto, el éxito de las medidas anunciadas por la Casa Blanca y de la reanudación de las relaciones diplomáticas, no dependen tanto de la voluntad del régimen como del pueblo cubano; algo que no puede suplir Obama ni ninguna fuerza externa: Cuba cambiará en la medida que los cubanos cambiemos.

 

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(1) Con la firma del Pacto del Zanjón, con el que finalizó la Guerra de los Diez Años, se instituyeron un conjunto de libertades cívicas y políticas que dieron nacimiento a la sociedad civil cubana, refrendada legalmente.