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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba: aires revolucionarios

 

Distensión, apertura y tolerancia parecen ser las nuevas banderas de un país que busca cortar con el aislamiento. De forma llamativa, la Iglesia Católica y la religión han adquirido un protagonismo crucial en el nuevo escenario.

 

Pablo Stefanoni, Clarín

 

Cuba ha vuelto a la escena regional. El presidente Raúl Castro asumió la presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), La Habana es sede de las decisivas reuniones de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC y la isla está rodeada de un clima regional amigable que contrasta con los años 90, cuando cayó la Unión Soviética, su principal sostén, y la ola neoliberal invadió América Latina. Pero esta vuelta está lejos de los tiempos en los que Cuba era vista por millones de latinoamericanos como un laboratorio del que podría nacer un socialismo de nuevo cuño. El modelo cubano parecía combinar antiimperialismo, igualitarismo social y un conjunto de líderes rebeldes que estaban en las antípodas de los grises burócratas soviéticos o europeos orientales: desde la tapa de una revista global hasta la tribuna de la ONU, pasando por diversas iconografías, Fidel y el Che constituían una renovada fuente de mística para la izquierda mundial. Pero la historia posterior es conocida: lejos de las originales ansias libertarias, el régimen se fue volviendo crecientemente autoritario y la economía devino cada vez más dependiente de la soviética. El bloqueo/embargo y los constantes ataques estadounidenses terminaron de convertir a la isla del Caribe en una fortaleza sitiada. El socialismo devendría así, ya no en una vida nueva, sino en pura resistencia heroica.

 

Como ha señalado Elizabeth Dore, coordinadora de un proyecto de historia oral en Cuba, eventos como el “período especial en tiempos de paz” –que remiten a traumas como el de los balseros– y no momentos épicos de la revolución enseñados en la escuela, como Playa Girón, los que se instalaron en la memoria colectiva de muchos jóvenes cubanos para quienes socialismo fue siempre sinónimo de escasez y privaciones. Sin embargo, la memoria tiene sus vericuetos y no son pocos quienes manifiestan añoranza por esa época en la que “todos éramos iguales” incluso si no había mucho para consumir.

 

Es en ese complejo –y móvil– terreno de las percepciones sobre el pasado, el presente y el futuro en el que Raúl Castro debe timonear una complicada transición en la que las cosas cambien pero no exploten. Parte de la lentitud se vincula al temor de la dirigencia a que Cuba transite el camino soviético, en el que el reformismo gorbachoviano acabó no sólo con el régimen sino con la propia URSS. Por eso China o Vietnam –con sus modelos de socialismo de mercado, estabilidad política y partidos únicos– atraen a gran parte de la elite cubana, aunque su realidad caribeña difiera tanto de la asiática. Mientras chinos y vietnamitas se embarcaron en un “comunismo capitalista” hiperproductivo, Raúl Castro advierte a los cubanos que “hay que borrar para siempre la noción de que Cuba es el único país del mundo en que se puede vivir sin trabajar”. Es conocido el chiste: el Estado hace como que nos paga y nosotros hacemos como que trabajamos. Pero más allá del modelo por venir, los cubanos buscan dejar atrás el instalado hace más de cinco décadas, bajo el cual deben importan la mayor parte de los alimentos que consumen pese a la cantidad de tierras fértiles pero ociosas.

 

Raúl Castro no suele edulcorar sus opiniones, sobre todo cuando se trata de poner de relieve el agotamiento del sistema económico cubano. Detrás de unas formas mucho menos ampulosas que las de su hermano mayor, buscó dejar claro que la economía de comando ultracentralizada (incluso más que en muchos países de Europa del Este) ya no va más: “ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, o rectificamos o nos hundimos”, declaró en 2010. Con ese tipo de expresiones –reforzadas por carteles publicitarios con su foto que rezan “para tener más hay que producir más”– Raúl buscaba preparar el terreno para el decisivo Sexto Congreso del Partido Comunista Cubano celebrado en 2011, donde se decidió un verdadero viraje. Se decidió permitir el cuentapropismo, alguna vez símbolo de individualismo burgués y hoy elogiado por la prensa oficial, en gran medida para edulcorar la reducción de la plantilla estatal: en lugar de despedidos, los trabajadores quedan “disponibles” para el cuentapropismo.

 

Para el economista Carmelo Mesa Lago –autor de Cuba en la era de Raúl Castro (2012)– tras la renuncia de Fidel en 2006, Raúl logró avanzar con éxito en cuatro cuestiones esenciales: una sucesión rápida y pacífica en un país gobernado casi medio siglo por el mismo líder, el reemplazo de varios funcionarios de alto rango nombrados por su hermano por cuadros leales, el reordenamiento de la elite política –mediante una compleja coalición de revolucionarios históricos militares, secretarios provinciales del PCC, tecnócratas y gerentes– y, finalmente, la incipiente formación de una nueva generación que más temprano que tarde suceda en el poder a la vieja guardia comunista. No obstante, esta elite siempre fue inestable, como lo demuestra la caída en desgracia de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque o Roberto Robaina, todos promesas de cambio generacional de un régimen cada vez más envejecido.

 

Los llamados “talibanes”, jóvenes promovidos por Fidel en el marco de la Batalla de las ideas, salieron de juego. En paralelo, los militares asumieron un rol sin precedentes en la economía cubana, tanto en las empresas estatales estratégicas como en las firmas mixtas. El Ministerio de Defensa (MINFAR) es un enorme actor económico, mediante el Grupo de Administración Empresarial S.A. Generales y comandantes buscan expandir el “sistema de perfeccionamiento empresarial”, aplicado con éxito desde los años 80 a iniciativa de Raúl, cuando fungía como ministro de Defensa, a varias empresas claves de la isla, sobre todo el turismo. En este campo, las iniciativas rompen con las últimas barreras ideológicas: la última gran apuesta es el turismo de lujo, para lo cual se prevén inversiones mixtas en campos de golf, y se diseñó un combo que incluye título de propiedad y visa de residencia para los extranjeros que quieran invertir. Esto, según algunos analistas, está generando resistencias al interior del PCC.

 

Estos crecientes vínculos entre la economía estatal y la transnacional ya han dado lugar a resonados casos de corrupción como el de la firma militar Tecnotex en 2011. Pero no se trata solamente de la “gran corrupción”. La imposibilidad de los cubanos para vivir con sus magros salarios estatales alimentó históricamente un sistema generalizado de pequeñas ilegalidades que los cubanos llaman “inventos”. Si bien estas actividades ilegales pueden liberar en parte a los cubanos de la tutela estatal su efecto es más complejo. Como ha observado el investigador Vincent Bloch, coautor de Cuba, Un régime au quotidien (2011) la tolerancia estatal –siempre selectiva– funcionó también como medio de control social: al estar casi todos los cubanos “en algo”, ello los obligaba a mostrar una permanente adhesión a los “valores de la revolución”, como la participación en marchas e incluso actos moralmente más cuestionables, o simplemente a evitar meterse en problemas criticando al gobierno.

 

Lentamente, las reformas avanzan. El gobierno liberó los viajes al exterior con la eliminación del permiso de salida. Por primera vez, Yoani Sánchez no recibió un no como respuesta a su solicitud sino un “vuelva en 15 días a buscar su pasaporte”. Pero el centro de la cuestión no está en que la bloguera pueda salir de Cuba y hacer declaraciones críticas, lo que por otra parte ya hace desde el diario El País y su blog Generación Y, sino en la visualización de la enorme diáspora cubana como fuente de recursos. Como apunta el sociólogo Haroldo Dilla, experto en migraciones, buena parte de los ingresos de los cubanos provienen hoy de remesas y la diáspora es fuente potencial de enormes recursos hoy desaprovechados.

 

Más muestras de distensión. El año pasado, el premio nacional de literatura fue otorgado a Leonardo Padura, autor de El hombre que amaba a los perros , un libro que, además de novelar la vida de Ramón Mercader –que asesinó a Trotsky en 1940 por orden de Stalin–, plasma con gran fuerza narrativa el devenir antiutópico de la revolución cubana. Temáticas como el racismo y la negritud son debatidos con cada vez más visibilidad; revistas como Temas, Criterios, Espacio Laical ponen en agenda cuestiones antes discutidas en espacios marginales, y cubanos de la isla y de fuera –incluso de EE.UU.– comparten mesas y debates académicos. Desde hace algunos años, Mariela Castro lidera desde el Centro Nacional de Educación Sexual una campaña en defensa de las minorías sexuales y puede decir –en un país donde los homosexuales fueron considerados antisociales y “reeducados”– que “la sociedad cubana está lista para la unión entre personas del mismo sexo”. Claro, ser la hija del presidente en un país como Cuba, la vuelve una activista bastante especial.

 

En paralelo, se observan cambios sociopolíticos en Miami, espejo de la isla. Los anticastristas radicales de viejo cuño, como Jorge Mas Canosa, van desapareciendo por razones biológicas y las nuevas generaciones de cubanoamericanos ya no apoyan el embargo como años atrás y comenzaron a votar a los demócratas cuando tradicionalmente lo hacían en bloque por los republicanos.

 

A su vez, Raúl Castro encontró un imprevisto aliado en la Iglesia católica, como lo dejó en claro la última visita papal y las posiciones moderadas del cardenal de La Habana Jaime Ortega, que suele desautorizar a los opositores más radicales. Durante la visita de Benedicto XVI la prensa oficial no escatimó en elogios al “sucesor de Pedro” (así lo llamó). Fue posible incluso leer artículos titulados “Patria y fe” en el diario Juventud Rebelde, donde se escudriñaban las raíces católicas de la cubanidad, y el Partido Comunista participó en las peregrinaciones por el IV centenario de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. “En el intento por quitarle voltaje político a la visita (papal) y resaltar su significado espiritual, el gobierno montó una sala de prensa envidiable con proyecciones de cortos sobre el quehacer del Vaticano, el proceso de proclamación de santos y hasta ameniza la faena periodística con el Ave María aunque también se ofrecen a la venta libros sobre Fidel y el Che Guevara. Ni en las súper católicas Polonia e Irlanda, cuando fue por primera vez Juan Pablo II, se llegó a tanto”, escribió entonces el enviado de Clarín, Sergio Rubin.

 

“Todo esto no habla de un renacimiento de la religión que haya llenado las iglesias de nuevos feligreses. La Iglesia católica ha adquirido más importancia en la isla por razones exclusivamente políticas”, apunta Samuel Farber, autor de Cuba Since the Revolution of 1959: A Critical Assessment. Sin duda, en medio de la crisis de valores del socialismo real, la doctrina social de la Iglesia parece llamada a jugar un papel importante en la ideología del nacionalismo poscomunista en construcción, claramente antiliberal. En la lucha contra “el egoísmo, la exclusión social y la destrucción de los valores espirituales” por parte del capitalismo, el Papa y Raúl Castro están más cerca de lo que parece. Sobre todo en una transición que nadie sabe con certeza adónde va y que nadie duda que no ha hecho más que comenzar.