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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Controvertido viaje papal por Cuba y México

 

Fidel Castro pregunta a Benedicto XVI: "¿qué hace un papa?".

 

Carlos Malamud, Infolatam

 

El primer viaje del papa Benedicto XVI por países americanos de habla hispana ha generado abundante polémica, especialmente a la hora de valorar sus logros y actividades. Como en otras visitas papales, incluyendo las de su antecesor Juan Pablo II, los fines estrictamente pastorales se mezclaron con otros que intentan garantizar un papel destacado de la iglesia católica en el futuro de los países visitados, como educación, y con algunos objetivos mucho más políticos. Precisamente, la difícil separación entre los primeros y los últimos es lo que dificulta realizar un balance ponderado de la gira pontifical por México y Cuba.

 

En México, las críticas se centraron en su visita a un país sumido en plena campaña electoral y en el potencial respaldo otorgado al presidente Felipe Calderón y con él a su partido, el PAN. También se le echó en cara su negativa a entrevistarse con los perjudicados por las aberrantes conductas de Marcial Maciel, quien durante décadas lideró a los autoproclamados “legionarios” de Cristo.

 

En Cuba, el encuentro con Fidel Castro fue la gota que colmó el vaso de todos aquellos opositores a la dictadura castrista, a quienes prefirió no incluir en su agenda “por falta de tiempo”. Fue tal la frustración de los numerosos antagonistas al castrismo y de los defensores de derechos humanos que Yoani Sánchez escribió en su twitter: “Lamento decirlo: el manto papal no nos protegió a todos”.

 

Por el contrario, en el haber de la visita se señala la gran movilización popular producida en ambos países, el respaldo a las jerarquías eclesiásticas y los mensajes contra la violencia en México y a favor de las libertades en Cuba. Precisamente, en la misa que tuvo lugar en la Plaza de la Revolución en La Habana, frente a un gran mural de Ernesto Guevara, se escuchó corear a buena parte de los asistentes: “¡Benedicto, los jóvenes cubanos son de Cristo!”.

 

En otra época se hubiera podido pensar que quienes gritaban que los jóvenes cubanos son de Cristo no son de la Revolución, pese a ser sus hijos. Pero en los tiempos que corren los límites entre iglesia católica y régimen castrista se han vuelto más difusos, especialmente en lo que se refiere al papel que está jugando el cardenal Jaime Ortega, obispo de San Cristóbal de La Habana, uno de los principales apoyos exteriores al régimen de la política de reformas, “actualización”, de Raúl Castro. El “cardenal”, como se le conoce, intenta mover hábilmente sus peones de modo con el fin de garantizar a la iglesia un papel relevante en el postcastrismo.

 

Uno de los hechos más llamativos de la visita de Benedicto XVI a Cuba fue su encuentro con Fidel Castro. Se especuló, igualmente, con la posibilidad de que se entrevistara con Hugo Chávez, de paso por Cuba para recibir radioterapia en su lucha contra el cáncer que lo aqueja. Sin embargo, esto último no se produjo. Es de suponer que la evaluación hecha por los responsables vaticanos es que de haberse materializado tal encuentro, las críticas contra el papa hubieran arreciado en intensidad, especialmente si mantenía, como mantuvo, su negativa a recibir a los opositores.

 

De todos modos, es posible trazar un cierto paralelismo en las visitas de los presidentes latinoamericanos a Cuba con la del papa Benedicto. En los últimos tres o cuatro años hubo un gran número de “peregrinaciones” de mandatarios latinoamericanos a Cuba, incluyendo la consabida entrevista con Fidel Castro, uno de los momentos estelares de la visita. Y esto ocurría pese a que el “líder supremo de la revolución” ya no ocupaba ninguna posición de mando político efectivo en la estructura gubernamental y partidaria.

 

Sin embargo, parecía obligado para todos los mandatarios latinoamericanos visitar a Fidel y rendirle pleitesía. Esta visita se acompañaba, según las exigencias del guión elaborado por el gobierno cubano, con la exigencia de no recibir a ninguna figura de la oposición, los llamados “disidentes”, a quienes se quería convertir por obra y gracia del deseo gubernamental en invisibles. Se buscaba que nadie hablara de ellos o, si lo hacía, hablara lo menos posible y generalmente con eufemismos.

 

En el caso de Benedicto XVI ocurrió algo similar. Es verdad que se refirió a la necesidad de ampliar las libertades, que recordó el sufrimiento de los presos políticos y de sus familiares y que mandó varios recados contundentes, pero también es verdad que el lenguaje que utilizó no se caracterizó por su simplicidad y contundencia. Algunos dirán que los usos y costumbres de la diplomacia vaticana obliga a ese tipo de circunloquios, mientras que otros hubieran preferido una postura más solidaria con quienes se enfrentan cotidianamente al régimen.

 

Según La Nación, de Buenos Aires, “el Papa pronunció [en La Habana] la homilía más fuerte de toda su gira, de claro contenido político”, al sentenciar que “Cuba y el mundo necesitan cambios”. Como se dice coloquialmente, dio una de cal y otra de arena cuando afirmó: “Que nadie se vea impedido de sumarse a construir una sociedad de amplios horizontes, renovada y reconciliada, por la limitación de sus libertades fundamentales, ni eximido por desidia o carencia de recursos materiales. Situación que se ve agravada cuando medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país pesan negativamente sobre la población”. Lo último, una clara alusión al bloqueo o embargo ejercido por Estados Unidos y un deseo de equilibrar las críticas con ciertas disculpas y matizaciones.

 

Visto lo visto, se comprueba una vez más la dificultad de negociar con los hermanos Castro, inclusive para la diplomacia vaticana. Hay que reconocer que con el actual gobierno cubano de poco sirve la política de la mano extendida o la del puño cerrado. Ellos van a lo suyo y lo defienden a cualquier precio, aunque para ello tengan que preguntar retóricamente, como hizo un muy desmejorado Fidel Castro con Benedicto XVI: “¿qué hace un papa?”.