Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Controlar vidas, recursos, espacios

 

Ileana Fuentes, Miami, en Diario de Cuba

   

La Iglesia cubana ha claudicado frente al poder castrista.

 

Empiezan a salpicar los wikiliqueos a los que más "liquean" en Cuba. Hace par de días estaban en el tintero el tema de la corrupción general y el acomodo de la Iglesia Católica cubana a la conducta del régimen.

 

Fui una de las primeras personas en señalar, en los años noventa, la capitulación de la Iglesia cubana ante el poder castrista, postura totalmente contraria a la de la Iglesia polaca, a la que no por fundamentalista y retrógrada puede quitársele el mérito de su postura valiente y vertical en contra del comunismo.

 

Cuando Juan Pablo II visitó a Cuba en 1998 escribí sobre ese tema que ahora leemos en palabras del actual jefe de la Sección de Intereses de EE UU en La Habana, Jonathan Farrar, y también de su predecesor, Michael Palmry. Ambos confirman, en cables confidenciales y ahora públicos, que la actitud timorata y de empatía de la jerarquía eclesiástica cubana ante el gobierno cubano tiene fama.

 

Dicho de otra manera: están en la misma salsa. Siempre he descrito el poder de la Iglesia en términos de "el [poder] totalitario original", del cual el poder totalitario comunista —su discípulo— aprendió las reglas. Obediencia o Infierno es lo mismo que Obediencia o Paredón.

 

Fe o Muerte (candela eterna en el otro mundo, aunque en tiempos inquisitoriales era muerte real en calcinada carne propia) es lo mismo que Patria o Muerte. Los autos de fe de la Inquisición se repitieron en todo el mundo comunista durante el siglo 20 contra cientos de miles de personas —y también en Cuba— en cada confesión de culpas por pecados de librepensamiento, como por ejemplo la de Heberto Padilla. (De ello escribí en 1992.) Comandante y Cardenal se ponen de acuerdo, se abrazan, se sonríen entre ellos porque se entienden en el ejercicio totalitario del poder. Piensan en el mismo idioma.

 

Se trata de controlar vidas, recursos, y espacios. De ejercer incuestionables, cada uno por su lado —¡o juntos!— el ordeno-y-mando sobre la sociedad. De darse un eventual acomodo —transición tramitada entre Partido, Ejército e Iglesia, las únicas instituciones que existen dentro de la Isla—, los veremos repartirse ese control absoluto. ¡Sálvese el que pueda!

 

En su primera visita a Miami años atrás, Jaime Ortega Alamino declaró que la revolución en realidad no había practicado una política anticlerical. ¿Cómo dijo? Pensé entonces en los curas y las monjas expulsados de Cuba a principio de los 60, tanto los americanos, como los españoles y franceses. Pensé en las escuelas religiosas intervenidas; en los Testigos de Jehová y los pentecostales internados y atropellados en los campos de trabajo forzado de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) y en un seminarista llamado Jaime Ortega a quien también encerraron allí; en los sacerdotes llevados al presidio, como fue el caso del Padre Miguel Ángel Loredo; en las iglesias clausuradas, transformadas en centros seglares, o simplemente vacías —como el edificio de las Dominicas Americanas, mi antigua escuela, en 5ta y D en El Vedado, convertido en sede del Ballet Nacional, por ejemplo—; en los cubanos creyentes a quienes se les prohibió estudiar en las universidades, o que fueron expulsados de sus aulas; en la gente que no bautizó a sus hijos por miedo a represalias; en los santeros y babalaos que tuvieron que trabajar clandestinamente.

 

Estamos ante una nueva alianza de césares y curia para recuperar terreno y mantener las comodidades materiales que se disfrutan a pesar de ser el cubano el segundo pueblo más pobre del continente. Que me perdonen el arzobispo Pedro Meurice y el Padre Conrado, y otros sacerdotes que han pasado —y pasan— hambre junto a su feligresía y han denunciado desde el púlpito la desesperanza.

 

No es a ellos a quienes me dirijo. Que me perdonen las abnegadas monjitas que cuidan a los ancianos y enfermos en los asilos. Tampoco me dirijo a ellas. Que me perdonen los laicos que son consecuentes con su fe a pesar de los actos de repudio. Es a la jerarquía insular que se pliega por conveniencia siguiendo las instrucciones del poder extranjero a quien responde —el Vaticano— a quien me dirijo, a esos que andan gestionando influencias presentes y futuras. A ellos —y a sus jefes en Roma— les digo: ¡Vergüenza!