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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cómo viví la Primavera Negra

 

En aquel entonces, el autor de la crónica era periodista independiente en Cuba Press y escribía crónicas e historias para la página digital de la SIP

 

Iván García, especial para Diario Las Américas

 

LA HABANA.- El miércoles 19 de marzo de 2003 mi cabeza estaba en otra parte. No tenía un centavo en el bolsillo y a mi hija Melany de apenas mes y medio de nacida, debía comprarle un complejo lácteo vitaminado que costaba 4 dólares.

 

Entonces, era periodista independiente de Cuba Press, agencia dirigida por el poeta y periodista Raúl Rivero. Escribía crónicas e historias para la página digital de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y también para Encuentro en la Red, web realizada en España por cubanos emigrados

 

Pero el pago a los artículos llegaba cada dos o tres meses. Y el día que el gobierno desató la razia contra 75 opositores y periodistas libres, yo andaba con la billetera vacía.

 

Marzo venía caliente. La invasión a Irak por parte de Estados Unidos era inminente. La noche anterior, había regresado tarde a mi apartamento en la barriada de La Víbora. Tenía un cansancio de siglos y las ojeras por el piso. Cuando doblé por la esquina, vi a mi madre, Tania Quintero, que desde el balcón me hacía señas incomprensibles. Al llegar me detalló las malas noticias.

 

A lo largo del día 19 supe que se estaban produciendo detenciones masivas y que a casi 80 disidentes los habían detenidos y registrado a fondo sus casas.

 

En cualquier momento esperábamos que vinieran a buscarnos. Tania preparó unas jabitas de nailon, pero por si acaso me detenían en la calle, andaba con un cepillo de dientes y una cuchara a cuestas. Esperé al 20 de marzo para hablar con mi esposa y decirle que en cualquier momento podrían arrestarme.

 

Estábamos con el corazón en un puño. Fueron días cargados de espanto. Por decreto estatal, amigos periodistas como Raúl Rivero, Jorge Olivera, Pablo Pacheco y Ricardo Gonzalez dormían en celdas tapiadas.

 

Escuchaba radio por la onda corta y la denuncia del mundo era espectacular. Fidel Castro, en su calculada estrategia, creía que con la guerra de Irak, desviaría la atención sobre la amplia operación represiva en Cuba. No fue así.

 

Con el paso de los días, una poderosa ráfaga de ataques se desató en los medios oficiales contra la oposición. Y comenzó el circo. Juicios sin garantías y una serie de agentes infiltrados en la disidencia y el periodismo salieron a la luz. Recuerdo que hubo siete peticiones fiscales de penas de muerte.

 

El delito: disentir y escribir artículos críticos con el gobierno. La fiscalía presentaba como “pruebas contundentes”, libros, laptops, radios y dinero confiscado. No se ocupó ni una sola arma de fuego o material explosivo.

 

Estaba convencido de que Castro había enloquecido. El Proyecto Varela del opositor Oswaldo Payá Sardiñas lo tenía más arriba de los cojones. Casi todos los mandatarios de países democráticos de paso por La Habana, le pedían que cumpliera con las leyes de su propia Constitución, que autorizaba a realizar reformas jurídicas tras la recogida de 10 mil firmas.

 

Hasta el propio ex presidente Jimmy Carter, en un discurso en el aula magna de la Universidad de La Habana, le pidió cumplir con los requerimientos legales. Esto acabó por exasperar a Fidel, quien además tenía encarcelado 5 espías en Estados Unidos y ninguna maniobra jurídica había hecho posible la condonación de la sanción. Decidió jugar fuerte.

 

En 2002, a la carrera, realizó reformas en la Constitución, que perpetuaban su sistema político. Años antes, había promulgado la Ley 88, conocida por ‘ley mordaza’, que te podía encarcelar por más de 20 años, solo por disentir o escribir. Y, encima, la acusación de estar al servicio de una potencia extranjera.

 

A partir de abril de 2003, concluidos los juicios, ningún opositor o periodista estuvo seguro. Mi madre, mi hermana y mi sobrina tomaron una dura decisión: partir al exilio. Yo preferí quedarme en Cuba. Quería estar al lado de mi hija y verla crecer en el país donde nació, el mismo de sus padres y abuelos. Eso no me lo iba impedir Fidel Castro. Incluso a riesgo de ir preso.

 

A 10 años de la Primavera Negra, poco ha cambiado en Cuba en materia de libertades políticas. El General Raúl Castro, elegido a dedo por su hermano, gobierna siguiendo las mismas estrategias represivas hacia los que disienten.

 

Ahora mismo, desde hace un año duermen en prisión los opositores Sonia Garro Alfonso y su esposo Ramón Alejandro Muñoz. Se encuentran en un auténtico limbo jurídico.

 

En el aire de la República sigue flotando la intimidante Ley 88. A estas alturas de la revolución, los Castro están decididos a perpetuarse en el poder hasta la muerte. Nadie los va hacer cambiar de idea.