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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

¡Buen viaje, Sr. Presidente!

 

Juan Antonio Blanco, Miami, en Diario de Cuba

 

Los objetivos de cualquier política hacia Cuba deberían ser: primero, obstaculizar la modernización del autoritarismo; segundo, promover su alejamiento de alianzas estratégicas con otros regímenes hostiles a Occidente; y tercero, facilitar una transición a una sociedad abierta, moderna, democrática y próspera de mercado en alguna de sus múltiples modalidades. Una  estrategia que persiga esos objetivos debería comenzar por ganarle la guerra de percepciones al Estado cubano.

 

EEUU puede y debe adoptar una política que sirva de forma simultánea a sus intereses de seguridad nacional y a la aspiración cubana de alcanzar la prosperidad con democracia. Sin contribuir a ese interés de los cubanos no logrará asegurar los propios. En el siglo XXI es cada vez más improbable lograr una armoniosa coincidencia -como buscaba Franklin Delano Roosevelt con Somoza- de los intereses de una dictadura con los de EEUU.

 

El viaje de Obama a Cuba puede ser muy positivo o terriblemente negativo para los intereses de los cubanos y de EEUU. Todo depende de lo que haga y diga allí.

 

Si cuando Obama viaje a Cuba pidiera perdón en nombre de EEUU por haber provocado la temprana opción totalitaria de los Castro y los padecimientos económicos sufridos a lo largo de este medio siglo por la población, estaría consolidando la añeja narrativa oficial de los hermanos Castro.

 

La lógica del marketing político coyuntural no debe imponerse en este caso al riguroso pensamiento estratégico. Lo que hoy puede considerarse "políticamente correcto" por un sector del Partido Demócrata tendrá un impacto contraproducente y de largas consecuencias sobre los legítimos intereses de cubanos y estadounidenses. Semejante errático "gesto de buena voluntad" hacia sus anfitriones sería inapreciable para la fábrica de percepciones de Raúl Castro. El general presidente ya ha afirmado que los yanquis han finalmente reconocido su fracaso. La moraleja implícita para los cubanos es inequívoca: "Si ellos no pudieron contra nosotros, olvídense ustedes de intentarlo".

 

Hay otro problema. Si EEUU por boca de su actual presidente asumiera todas las culpas por la depauperada situación de la sociedad cubana se estaría concediendo legitimidad al reclamo por decenas de miles de millones de dólares en indemnizaciones que reclama La Habana. Desconsiderada herencia para futuros moradores de la Casa Blanca.

 

Ojalá que durante su estancia en la Isla el presidente de EEUU encuentre la lucidez y audacia necesarias para hacer una exhortación democrática a los líderes cubanos como aquella que hizo a sus contrapartes en África durante la visita que realizó a ese continente el pasado año.

 

Obama pudiera anunciar en La Habana el fin del unilateralismo estadounidense en sus concesiones al Gobierno cubano y explicar -en vivo- ante el pueblo de la Isla las razones de esa decisión.

 

Sería una oportunidad única para pasar revista de todo lo que generosamente ha concedido de forma unilateral y subrayar que el bloqueo a los sueños de los cubanos proviene  -inequívocamente- del Estado cubano, cuyas empresas son las únicas sometidas todavía a sanciones.

 

Para que se aprecie de manera positiva el pretendido "legado cubano" de Obama -y no se convierta en una sombra que lo persiga después- no puede ser el de haber contribuido a la modernización del autoritarismo en Cuba, sino el de haber encontrado una vía eficaz para facilitar que sean los cubanos quienes se encarguen -por sí mismos- de desmontarlo.

 

Lo que necesita EEUU es el debate sereno sobre diferentes opciones para alcanzar ese objetivo en lugar de confrontaciones binarias que oscilan entre reiterar el status quo anterior o la aceptación acrítica, incluso apologética, de los pasos que viene dando Washington hacia la Isla. Posicionarse solamente a favor o en contra del embargo es un falso dilema.

 

El embargo nunca pretendió ser la política hacia Cuba, sino instrumento complementario de alguna de ellas, como fueron el roll back o el containment. Mantener el embargo o levantarlo es un debate ceñido a una sola herramienta de política exterior. Oponerse a la sacralización del embargo no supone aceptar la sacralización del 17D. Por otro lado, cambiar una política no implica que la que viene a remplazarla sea mejor.

 

La debilidad conceptual en el análisis de las opciones respecto a Cuba no es una excepción. Desde hace algún tiempo existe un vacío de doctrinas estratégicas en el campo de la política exterior de EEUU. El anuncio de la llamada "Doctrina de Paciencia Estratégica" es un intento de la Administración Obama por evadir esa crítica, no por darle solución. Ese vacío conduce a una peligrosa cadena de decisiones ad hoc ante Rusia, China, Irán, Corea del Norte, Cuba y otros actores.

 

En este caso se impone -al menos- identificar los objetivos y herramientas de una genuina política integral hacia la Isla que vaya más allá del simple sostenimiento del embargo o de insistir en el proceso de capitulación unilateral que se viene tejiendo con una cadena de concesiones.

 

Darle la razón a la lógica del adversario y acceder a sus demandas no va a resolver el conflicto bilateral. De ese modo no se dará respuesta a los intereses legítimos de EEUU ni los del pueblo cubano.

 

A menos que Cuba se transforme en una sociedad abierta, moderna, democrática y próspera no se le dará solución definitiva al conflicto interno ni al bilateral. Esa sería la única garantía sólida de estabilidad democrática en la Isla. Es responsabilidad primordial de los cubanos lograrlo. Cierto. Pero sería deseable que Washington, si no va a ayudarlos, al menos no obstruya ese propósito fortaleciendo el régimen cubano actual en la apuesta de que funja como gestor de una estabilidad represiva.

 

¿Lo tiene claro el presidente Obama? No voy a prejuzgar su viaje. Le toca a él demostrarlo con su actuación en la Isla. El modo -acertado o no- en que se conduzca durante este viaje tendrá consecuencias sobre millones de cubanos. También dejará un saldo positivo o mancha indeleble en la manera que sea recordado por futuros historiadores.

 

Buen viaje, Sr. Presidente.