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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

¿Armas para qué?

 

Alejandro Armengol, en Infolatam

 

Es demasiado fuerte el escándalo, y el Gobierno cubano estaba obligado a reaccionar de inmediato.

 

El Ministerio de Relaciones Exteriores emitió una declaración en que señala que las armas son viejas, pertenecen a Cuba y que eran enviadas a Norcorea para ser reparadas. Describe además el armamento, en una lista mucho más amplia que lo que se conoció de inmediato.

 

La declaración de La Habana trata precisamente de parar el escándalo. Nada de contrabando de armas, basta de especulaciones sobre el destino del buque, adiós a los rumores de terrorismo. Es una acción de un país soberano, cuyo gobierno considera necesario actualizar su “armamento defensivo obsoleto”, que especifica fue “fabricado a mediados del siglo pasado”. Poco más y dicen que eran machetes de los mambises.

 

De soberanía trata el asunto, y vamos por un momento a creerle al Ministerio de Relaciones Exteriores. Se puede agregar, para beneplácito de quienes mandan en la isla, que los gobiernos latinoamericanos, tanto de derecha como de izquierda, invierten millones y millones todos los años en la compra de armamento.

 

Hasta aquí se puede llegar, en el viejo rol de abogado del diablo. Queda ahora lo más importante: ¿por qué y para qué?

 

¿Por qué tiene Cuba necesidad de actualizar su armamento, si desde hace decenas de años no enfrenta amenaza real alguna?

 

¿Para qué enviar en estos materiales bélicos a Pyongyang, cuando Norcorea está considerado, a nivel internacional, como un régimen que amenaza la paz mundial y uno de los peores sistemas de gobierno del planeta?

 

Limitarlo todo a un problema de soberanía no es una razón que convence. Es un argumento clásico al que recurren los sistemas totalitarios. En otra época lo utilizó la Alemania nazi, la Unión Soviética estalinista, la Italia fascista. No se trata de establecer comparaciones. Es simplemente definir un patrón de conducta.

 

Nadie puede cuestionar que Costa Rica es un país soberano, y en San José no solo hay el menor interés en modernizar misiles, sino que simplemente no hay misiles.

 

La Plaza de la Revolución cree que tiene que actualizar sus armas, y recurre para ello el hacerlo con el peor país del mundo y de la forma menos adecuada. Como se diría en la escena del crimen: con premeditación, alevosía y ocultamiento.

 

El primer punto en cualquier análisis de lo ocurrido es que los hechos señalan el aislamiento del gobierno de los hermanos Castro. Ni Rusia ni China, Corea del Norte. Como una familia mafiosa venida a menos, los Castro han perdido influencia, ya no tienen políticos a quienes sobornar y se ven obligados a recurrir a los matones de barrio. Porque eso es el régimen norcoreano: un grupo de militares corruptos que ejercen el poder a través de la intimidación y la bravata. El destape ocurrido en Colón no hace más que poner de manifiesto las afinidades entre Pyongyang y La Habana.

 

La esencia del asunto radica en que la cúpula militar cubana es similar a la norcoreana. Negocios turbios, enriquecimiento ilícito y dictadura sin contemplaciones. Lo demás es propaganda y engaño.

 

Lo que llama la atención es la torpeza con que el gobierno de Raúl Castro ha manejado el asunto. ¿A quién se le ocurre pensar que con tanto viaje de delegaciones militares de alto nivel de Corea del Norte a Cuba los radares no estuvieran encendidos? ¿Cómo pudieron imaginar que un barco norcoreano con armas iba a transitar sin problemas por el Canal de Panamá?

 

Si de lo que se trata es de crear un incidente internacional, para utilizarlo en una mesa de negociaciones, al estilo precisamente norcoreano, la táctica está destinada al fracaso: Cuba no es Corea del Norte, ni para Estados Unidos ni para nadie.

 

La única conclusión que cabe es que, para Raúl Castro, el mantenimiento de la cúpula militar es la razón de Estado. Por supuesto que no es nada nuevo, pero una verdadera torpeza recordárselo al mundo: ¿Armas para qué?