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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Aquel 5 de agosto

 

Luis Cino

 

No supe del Maleconazo hasta  entrada la noche de aquel 5 de agosto de 1994, cuando mi amigo El Coqui llegó a mi casa a  ver si seguía vivo y no me había muerto de la depresión, como era de esperar en un tipo de 38 años a quien su esposa de 22 lo había dejado sin más explicaciones hacía poco más de de una semana, o me habían metido preso, lo que tampoco hubiera sido raro, habida cuenta de mis “graves problemas ideológicos” y las explosiones de rabia que tenía cada vez que quitaban la luz.

 

Pero ese no era el caso. Esa noche no quitaron la luz, para que la gente pudiera ver por la televisión como el Comandante se paseaba por el Malecón, horas después de que sus esbirros lo controlaran todo, a palos y tiros, pero sin muertos. De milagro. El Comandante fue aclamado por algunos de los mismos que minutos antes gritaban contra él y su gobierno.

 

En realidad, no vi la escenita. No sólo porque no tuve estómago para eso, sino porque no tenía entonces ni televisor. Unos días antes,  cuando estaba para el trabajo, mi mujer y mi suegra se  llevaron el televisor junto con la grabadora, todos los casettes excepto los míos de jazz, un ejemplar de la edición Casa de las Américas de Rayuela del año 1969, las sábanas, las toallas, los cacharros de cocina, etcétera. O sea, que estaba en la más completa desolación. Solo, con los discos y los libros que no había tenido que vender, y mi gato Freddie, que meses después devoraron ciertos hijos de puta hambrientos que nunca supe quienes fueron por suerte para ellos.

 

El Coqui aquella noche me rescató de la soledad -“someone saved my life tonight”, hubiese cantado Elton John- y me avisó de lo que había pasado esa tarde en La Habana.  Mientras tomábamos un café recalentado que sabía a rayos, me contó mi amigo de los cientos de gentes que tiraban piedras, rompían vidrieras y gritaban ¡libertad! y ¡abajo Fidel! por el Malecón, Galiano e Infanta.

 

“Parecía que se iba a caer el gobierno”, me dijo. Por mí, tan jodido como estaba, como si se caía pal carajo, no sólo el puñetero gobierno, sino el mundo entero y parte de la Vía Láctea. Aunque para ser sincero, el fin de la dictadura me hubiese consolado bastante…

 

Esa noche, salimos a caminar por La Víbora a tomar un poco de fresco, pero tuvimos que regresar al poco rato. La policía andaba nerviosa y pedía carnéts y registraba a los pocos que andaban por la calle. Por la Calzada de Diez de Octubre pasaban, en uno y otro sentido, carros patrulleros, camiones y jeeps con militares armados.

 

Recuerdo que la mañana siguiente, cuando iba para el trabajo, por la avenida de Porvenir pasaron rumbo a la Avenida del Puerto varios jeeps con ametralladoras y tripulantes con uniformes de camuflaje y caras de pocos amigos.

 

Con el paso de los días supe de los cientos de heridos y detenidos. Pero la gente ya no quería o no se atrevía a hablar más del Maleconazo. Solo hablaban de irse del país. El Comandante había anunciado su decisión de no vigilar más las costas. Se veía en la calle gentes con tablones, tanques de acero, gomas de camiones. Todo lo que sirviera para hacer una balsa y lanzarse al mar. Hablando a gritos. Buscando un carro, un camión, que los llevara a alguna playa. A cualquiera. Como si de repente, todos se hubieran vuelto locos por largarse y no tuvieran que ocultarlo más de chivatos y policías. Y a mí me dolía, me daba asco y me deprimía más. Si es que era posible estar más deprimido.

 

He explicado otras veces que, casualidad o mañas de Dios para ayudar a sobrevivir, los momentos más duros de las últimas tres décadas invariablemente los pasé tan inmerso en mis propios problemas, casi siempre borracho, saltando de cama en cama, de una decepción en otra, cansado como un perro de trabajar en la agricultura o la construcción, que no pudieron provocarme más pesadillas de las habituales. Así estaba en agosto de 1994. No sé por qué me ha dado por escribir del Maleconazo. Será que por estos días se cumple otro aniversario de aquellos sucesos. Hoy que en cierta forma siento una atmósfera de desesperanza parecida a la de aquellos días, o peor, porque ha pasado más tiempo y barbaridades y nada, quise compartir mis recuerdos con ustedes. Siquiera por desahogarme y no reventar.