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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Aprendiendo de la revolución cubana

 

¿Cómo podemos evitar los errores del pasado?

 

Jorge A Sanguinetty, Miami, en Diario de Cuba

 

Nadie aprende en cabeza ajena, dice el refrán. Aunque no sea siempre válido para casos individuales, creo que sí lo es para sociedades enteras. Yo por ejemplo todavía observo con tristeza cómo la experiencia de los cubanos con el castrismo no parece haber sido útil para alertar a los venezolanos sobre la debacle del chavismo.

 

La máxima de George Santayana de que "aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo" viene al caso, con el agravante de que la revolución cubana está muy en el presente y muy cercana en la geografía. La revolución cubana ha sido un cataclismo, con pérdidas humanas y materiales de una magnitud imposible de medir, pero sin duda más cuantiosas que las de muchas catástrofes de origen natural.

 

Uno puede preguntarse, ¿por qué si la primera clase de catástrofe es mucho más dañina que la segunda, no llama tanto la atención como la otra? La respuesta reside en que el fenómeno natural, por ser fulminante e inesperado, causa un pavor de gran magnitud y profundidad, algo que la más lenta evolución de la catástrofe social no induce en el ser humano.

 

Aquí cabe traer a colación la diferencia entre el pensamiento intuitivo y el pensamiento deliberativo, investigada por los sicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, y que está revolucionando la manera de pensar de los economistas y otros científicos sociales en cuanto a cómo el ser humano evalúa las situaciones a su alrededor y toma las decisiones que guían su comportamiento ulterior.

 

Tanto ha sido la trascendencia del trabajo de estos científicos que Kahneman ganó el Premio Nobel de Economía en el 2002. Desafortunadamente, Tversky murió antes del galardón y no pudo compartirlo. Posteriormente Kahneman publicó un libro bajo el título Thinking, Fast and Slow cuyo título en la publicación en español es Pensar rápido, pensar despacio.

 

Lo que este modo de estudiar el comportamiento humano nos ayuda a comprender en los casos de Cuba y Venezuela es precisamente por qué las lecciones de la historia que nos parecen importantes no se aprenden a tiempo para prevenir catástrofes sociales. El pensamiento rápido de Kahneman consiste en el pensamiento intuitivo, el cual acaba siendo superficial en la evaluación de situaciones de alta complejidad. El grado de complejidad del fenómeno social es generalmente superior al del fenómeno natural, característica agravada por el hecho que el primero está regido por factores intangibles difíciles de observar, medir o predecir, mientras que el fenómeno natural, aun cuando sea de alta complejidad, es generalmente tangible y por lo tanto más observable, mensurable y predecible.

 

Estas consideraciones no invalidan la máxima de Santayana. Por el contrario, sirven para confirmarla y hasta explicarla. El ser humano tiende a olvidar el pasado por su complejidad y su lejanía en el tiempo y en el espacio. Generalmente cuando nos damos cuenta de que estamos repitiendo algo indeseable del pasado, ya es demasiado tarde para evitarlo. Además, lo que hay que recordar del pasado hay que analizarlo por medio del pensamiento deliberativo, no sólo la intuición.

 

A muchos cubanos les pasó por ignorar la historia de algunas dictaduras notables, en especial las comunistas. Creo que también se puede decir que muchos cubanos todavía no saben cuál pasado fue el que ignoraron, en especial los que eran muy jóvenes en 1959 o nacieron después. Lo mismo por supuesto se puede decir de los venezolanos en relación a los acontecimientos actuales.

 

Pero la cuestión que se desprende de estas consideraciones es: ¿cómo podemos evitar la sentencia de Santayana? ¿Es realmente evitable? ¿Qué clase de educación deben recibir (y buscar) los ciudadanos de toda sociedad que no quieran ser víctimas de una dictadura, un régimen totalitario o hasta un genocidio, guerra u holocausto?

 

Todo esto está conectado con otra máxima fatídica, la de Joseph de Maistre: "Toda nación tiene el gobierno que se merece". ¿Quién se merece vivir en una sociedad totalitaria? Aun cuándo aceptemos que la ignorancia del pasado es la causa del merecimiento de la generación que no pudo o no supo evitar la catástrofe que sufren, ¿por qué van a ser merecedoras de un gobierno malo las nuevas generaciones?

 

La revolución cubana, como tantos otros cataclismos y fenómenos sociales, representa un conjunto de experiencias cuyo estudio nos permitiría evaluar y contribuir al avance de la democracia en el mundo. Pero ¿cómo hacer para que la experiencia histórica se internalice en las sociedades para que sean capaces de evitar el despotismo político y el estancamiento secular de sus economías?

 

La respuesta está en las muchas formas de impartir educación, pero para lograrlo es preciso creer que los pueblos pueden aprender de la historia. Si no mejoramos la calidad de los ciudadanos para que individual y colectivamente puedan organizarse y crear las instituciones que garanticen sus derechos y libertades civiles, la maldición de Santayana seguirá vigente, con la secuela de inestabilidad y miseria que ya conocemos.