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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Alcohólicos no tan anónimos

 

Sacar a relucir la cuestión del creciente alcoholismo en la Isla es simplemente hablar solo de un elemento del problema

 

Alejandro Armengol, Cubaencuentro

 

Los cubanos ya no son alcohólicos anónimos: salen en la tediosa Mesa Redonda y en el aburrido diario Granma. Un experto acaba de declarar en el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba que el elevado consumo de alcohol en Cuba, sobre todo entre los jóvenes, constituye “uno de los mayores retos” de salud pública en la Isla. En septiembre del pasado año, el programa Mesa Redonda Informativa inició una serie sobre las causas, consecuencias, actitudes y comportamientos nocivos que se vinculan al consumo excesivo de bebidas.

 

Detrás del problema del alcoholismo hay otro mucho más grave: el deterioro social y económico que en ocasiones lleva a la ingestión de bebidas alcohólicas adulteradas. Entre el 29 de julio y el 2 de agosto de 2013, se intoxicaron 99 cubanos por el consumo de alcohol metílico, que habían adquirido en el mercado negro -entre ellos una niña de dos años y medio debido a la leche del pecho de su madre, una de las bebedoras- y 11 fallecieron. A mediados de este mes un tribunal sentenció a penas de hasta 30 años de cárcel a 13 involucrados en la sustracción y venta del metanol que produjo la intoxicación.

 

Sacar a relucir el alcoholismo es simplemente hablar solo de un elemento del problema. Como cuando el gobernante Raúl Castro se refirió a las malas costumbres que imperan actualmente en la población de la Isla, el carácter soez, la chusmería, la falta de educación y la baja moral. En última instancia, es parte del juego del régimen.

 

Si la prensa en Cuba trata el asunto ahora, es porque al parecer ha encontrado una respuesta al llamado de ser más crítica, a tratar los problemas existentes y no referirse solo a un panorama idílico de cumplimiento de metas y consignas al uso.

 

Es tomar al pie de la letra lo expresado por el primer vicepresidente del Consejo de Estado, Miguel Díaz-Canel, cuando calificó de “quimera imposible” prohibir la circulación de noticias cuando estas pueden llegar a la opinión pública a través de las redes sociales y páginas en internet. Así que las noticias sobre el problema del alcoholismo de pronto han adquirido luz verde.

 

Por supuesto que el problema existe. Comenzó a agudizarse durante el llamado “Período Especial”, que es evidente no ha concluido. Lo que ejemplifica es que a la escasez -imperante en mayor o menor medida desde el 1 de enero de 1959- se ha añadido una miseria creciente.

 

Durante décadas resultó imposible comprar en Cuba -en establecimiento alguno salvo los reservados a extranjeros y de venta en divisas- una botella de ron nacional. Eso para no hablar de bebidas extranjeras. Si acaso la botella ocasional de vino procedente de algún país con una alianza política de moda -del campo socialista o en su momento de Chile- y el socorrido vodka que aparecía en los convites con los técnicos y asesores soviéticos.

 

Si no una literatura, hay al menos una nomenclatura de residuos de nombres exóticos -mejor sería llamar rastrojos- que fueron apareciendo con el tiempo: “Chispa’e tren”, “Salta pa tras” y muchos más que se sumaron al benigno vino “Pancho el bravo” que ofrecían las “pilotos” -unos locales mugrientos creados alrededor del fracaso de “la zafra de los diez millones”- y al aligeramiento de los excesos de la “Ofensiva Revolucionaria”.

 

Todo ello no fue más que consecuencia de otro fracaso: esa especie de “ley seca” que imperó durante la “Ofensiva” y donde el consumo de alcohol se limitaba a una cerveza por comida y si acaso un coctel o un jaibol en un restaurante de lujo.

 

Por años, en el país estuvo casi prohibido beber -o prohibido por completo en algunos momentos- salvo para militares de rango, dirigentes políticos con posiciones encumbradas y funcionarios de altura.

 

Porque si por décadas hubo una distinción clara en la Isla, fue entre quienes podían o no beber.

 

El ejemplo más notorio: quien ahora preside la nación. Raúl Castro era nuestro “bebedor nacional”. Si lo continúa siendo es parte de los “secretos de los generales”.

 

Días atrás, el periódico el Nuevo Herald publicó un artículo de Juan Tamayo sobre el caso Ochoa, en el que quien fuera el principal guardaespaldas de Fidel Castro en esa época, el teniente coronel Juan Reinaldo Sánchez, afirmó que durante el proceso a los militares y miembros del Ministerio del Interior acusados de alta traición a la patria y narcotráfico, Raúl Castro estaba tan deprimido y se emborrachaba tanto, que con frecuencia se orinaba y se defecaba en los pantalones.

 

Es posible que la edad, la responsabilidad de la presidencia y la advertencia de su hermano mayor que cuenta Sánchez han atemperado el gusto de Raúl Castro. Pero el general “tiene un historial documentado de beber mucho cuando está bajo presión”, como afirma Tamayo. De ese historial hay muchos testigos y no solo el testimonio de Sánchez, por lo que resulta una afirmación válida.

 

Beber, y no cualquier cosa: Royal Salute single malt de Chivas Regal, para ser más exactos.

 

El ejemplo de Raúl era -y aún debe ser- seguido con fidelidad por colaboradores cercanos. Generales que a diario consumían una botella, tras sus faenas cotidianas, en medio de ellas o por las noches.

 

Así que en Cuba, tras la llegada de Fidel Castro al poder, siempre han existido dos tipos de alcohólicos: los de “Chispa’e tren” y los de Chivas Regal. Ahora han llegado a la prensa los primeros.

 

El alcoholismo no es, por supuesto, un asunto que se limita a Cuba, pero sus características sociales reflejan un problema nacional: frustración, desamparo y desesperanza. No se bebe por placer, se bebe para evadir por unas horas la miseria cotidiana y la ausencia de un futuro mejor.

 

Curiosamente, fue algo que también persiguió a los mandatarios soviéticos, que no solo eran grandes tomadores, sino que en diversas ocasiones se vieron obligados a enfrentar la cuestión.

 

La decadencia del Imperio Soviético se caracterizó por un aumento creciente del número de alcoholizados. Era común verlos en Moscú, las calles cubiertas de nieve, a la puerta de diversos locales, a la salida y entrada de las estaciones de metro. Aquí también hay un paralelismo que no debe pasarse por alto. La historia se repite: una vez como vodka ruso y otra en su dualidad de “Chispa’e tren” y Chivas Regal.